La gran diferencia, además de las que hacen a la categoría de un bono soberano respecto de una acción, entre la Enron, Parmalat y los bonos argentinos incobrables es que los directivos de los dos primeros están presos. Y es la eterna historia de gobernantes que acuden, muchas veces con desesperación, al endeudamiento público colocando emisiones en el mercado -sujetándose a sus reglas y principios-para, después, terminar despotricando contra los «atorrantes» -Kirchner-, o contra esos «yuppies que no saben nada...» (Cavallo). Pasarán aguas bajo los puentes, se renovarán autoridades, hasta que la Argentina vuelva a acudir al mercado en búsqueda de recursos. Y aceptando condiciones, admitiendo que un Fondo Monetario supervise sus políticas y otorgue -o no-el visto bueno: que es la señal con que se mueven los que recomiendan, o no, bonos de los países. Pretender cambiar el mundo de un plumazo, desde el confín de la tierra, o salir con socialismos utópicos (como Lula, queriendo cobrar impuesto a todos los capitales para «eliminar la pobreza») hace bien a la imagen presidencial dirigida a la masa. Pero cuando se va demasiado lejos y después no se puede lograr lo prometido son esas mismas masas, las que se fastidian con los que parecían ídolos. Una región que está con polvorines en carne viva, esperando una llama, antipatías y viejos litigios que salieron de los arcones, fantasmas que se menean como para convocar a grandes proezas nacionalistas y, de tal modo, ganar tiempo en gobiernos que caminan por los alambres (Bolivia) nos pueden sacar de las rutas habituales de los capitales, con total facilidad. Países enfrentados, gobernantes que declaman, desconocimientos de los compromisos, quijotadas a cuál es la mayor, no puede ser atracción para el capital. Puede que lo sea para ciertos contingentes de turistas, pero el capital no hace turismo: va donde puede haber negocio y donde no lo usen, para después vituperarlo. Se ha llegado hasta a proponer un plan Marshall, sin guerra. Y sin que resultemos una región -como Europa-sumamente estratégica para recuperarla y devolverla a los mercados, al consumo. En todo caso, el llamado y la apelación es para que reconstruyan lo que, puntillosamente, fuimos destruyendo. Una muestra más del delirio que atraviesa al Cono Sur en casi todos sus gobiernos, mientras los frentes de antipatía se siguen abriendo (la Argentina vs. Uruguay, la Argentina apoyando a Bolivia y recibiendo respuesta chilena). Sería bueno, antes de reclamar por un plan de nombre norteamericano, conocer algún plan Kirchner, en lo político y económico, por más que eso no figure en sus proyectos. Sería un modo de darle cimientos a una recuperación que se sintió muy fuerte en el mercado bursátil, pero que ve flamear los pisos de arriba al carecer de sustento abajo. Tener esperanzas es bueno, pero no se podrá siempre vivir solamente de ella.
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