8 de marzo 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

De qué modo se habrán de solventar bonos que corrigen por inflación, si ésta se recalienta, es una linda pregunta con vistas al modo de honrar compromisos en el futuro por parte de quienes los desconocieron en el pasado. Claro, esto es un problema -si se presenta para quienes sigan tomando papeles de deuda de quienes pueden repetir el plato bajo cualquier pretexto (por caso, los apremios internos). Si, además, el recurso legal solamente se puede resolver ante tribunales locales, estos bonitos resultan una caja de sorpresas, aunque casi no hay sorpresa si se piensa en el fallo...

En fin, imaginar un escenario donde el ritmo inflacionario tome otra graduación (ya no se pueda colocar un porcentual imaginativo) implica problema mucho más drástico que determinar la suerte de un bono. Ninguno de los serios traspiés que nos han abordado en estos años es comparable con lo que sucedería con nosotros en caso de retornar «la vieja dama» inflacionaria. Por más que también se imagine la primera reacción oficial, tratando de poner cepo con controles, eso solamente significaría el principio del fin. Lamentablemente, salvo por contabilizar como positivo el haber ganado experiencia, en nuestra economía todos los males han sido probados. Unas veces de a uno, otros dispersos, en zonas terribles todos a la vez. Nada nos tiene que ser contado por algún libro de texto o traducido de otro idioma; vivimos, según la edad de cada uno, todas las instancias o solamente varias de ellas. Pero las tuvimos de cuerpo presente y teniendo que aguantarlas con el lomo, inventando anticuerpos y colocándole la manija para seguir subsistiendo.

Antes, en tiempos no muy lejanos, se pensaba en los mercados que el gran riesgo pasaba por los títulos privados y la seguridad por los de renta fija, soberanos. A la luz de los acontecimientos, nosotros hemos invertido tales calificaciones en nuestro propio «Manual de Activos Argentinos», y para comprar un título oficial pretenderíamos más nivel de renta asegurada, que cualquier acción empresarial de cualquier calibre. Pero como resulta casi un delito -según el concepto de nuestros preclaros gobernantes- hacerse de un papel que prometa renta bastante más alta que los de países sólidos, tampoco es aconsejable tratarse: si existe mucho «premio», es probable que no se lo quieran pagar y hasta lo reten porque usted debería saber que no había que comprarlo. Nadie explica cómo demonios puede nuestro magullado papel de deuda atraer interesados sin retorno suculento. Para un rendimiento «normal», el inversor puede acudir a títulos que no contengan legajos tan pesados como los que forjamos.

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