19 de abril 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Si en sus discursos el presidente Néstor Kirchner llegó a ejercer su defensa, diciendo a voz en cuello que «no somos el gobierno del default, ni somos el de la devaluación»... tal como pintan las cosas, acaso pueda anticipar que será el gobierno que dejó flotando 24.000 millones largos de dólares, de un canje al que se llamó exitoso, pero donde no se pudo consumar la resta automática de semejante cifra no adherente, que podría quedar, de hacerlo, como uno de los más increíbles actos de ilusionismo, en la historia financiera mundial. Tranquilamente, se ha declamado que el regalo de esta administración lo pasará a los que sigan detrás. Y he aquí un denominador que ha sido común a nuestras administraciones, armar bombas de tiempo que le exploten en la mano al que continúe.
De todas formas, el asunto camina hacia una encrucijada y esto va formando otra zona de gran incertidumbre: ya que también se plantea el no acuerdo con el FMI, debiendo la sociedad estar preparada para cualquier tipo de hipótesis: porque todo cabe, en un tipo de gestión que es amante de caminar por las cornisas.
Respecto de la inflación, que les viene mordiendo las pantorrillas, algunos asesores parecen haber convencido a la cúpula de que «un poco de inflación es buena». Peor todavía, que uno puede poseer un control a voluntad de ella, como para decir si la manejará en 10%, en 12%, o en lo que mejor convenga a los deseos de los gobernantes. Y esto es lo que se sostenía décadas atrás, cuando la Argentina generó inflación «baja», que pasó a «mediana», después se hizo «alta»: y terminó en dos « híper». Porque resulta que la adicción lleva a dosis cada vez más altas, hasta que se toma una que lo mata.

Conscientes de que también demuestran no conocer la idiosincrasia empresaria y asegurando que los aumentos de salarios no producen inflación, cuando todo aumento termina por ser incluido en los precios finales. Estamos en un terreno tan riesgoso, donde hay que ser tan certeros con las decisiones, y con un frente de tormenta que se subdivide en varios otros, que espanta ver aquello que -se informa- están siendo las apreciaciones de los que deben tomar las medidas. El invierno por delante, la «crisis energética» de cuerpo presente, y soluciones con castigos al consumo que resaltan apelaciones a lo más primitivo de un sistema económico. Tanto, como amenazar con retenciones mayores, o boicot, pretendiendo que eso doblará el curso de las leyes económicas: que han sido excitadas, con diversos estímulos desaprensivos, y que están prontas a dispersar sus consecuencias.

El grueso del año, para colmo con virulencia política, se habrá de desarrollar en un terreno muy pesado, casi fangoso, donde hasta las piernas más livianas pueden quedarse empantanadas. En tanto el «caos intelectual» que nos rige, prosigue en lo suyo.

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