El desafío permanente que se formaliza a reglas que son inmutables pone seriamente a prueba nuestro porvenir nacional. Hasta en asuntos que suenan a menores, dado el alto grado de complejidad en que han caído la economía y la política, se puede verificar que, cuando aparecen soluciones oficiales, éstas hacen agua como el Titanic. Tomemos un caso de estos tiempos, que mucha polémica ha vendo arrastrando. Y que -de algún modo- puede tener un paralelo con nuestra materia diaria: la Bolsa. Pues bien, todo aquel que participa en el mercado aprende muy pronto que no es posible tratar de medir la tendencia sin el concurso de los dos indicadores básicos: volumen y precios. De allí en más, se reconocen las facetas del ciclo perpetuo, que van desde la zona de acumulación hasta la de distribución. Esto es inmutable.
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Cuando se trata de otro tipo de aplicación, como en el tema de los consumos de energía, parece inexcusable que se relacionen los dos factores, como son el consumo con la temperatura que prevalezca. Sin embargo, se encuentra que con un trazo lineal, primitivo, simplemente se les dice a los consumidores de la nueva temporada invernal que tendrán premios o castigos, según resulte en más, o en menos, lo que consuman este invierno respecto del pasado. Luce aberrante, con el más simple de los razonamientos. Si la otra temporada tuvimos un invierno benigno y el de ahora se presenta con marcas mucho más bajas: es necesario, imprescindible, que el consumidor utilice más energía para calefaccionarse. Porque, de lo contrario, se condena a la gente a soportar el frío so pena de castigarlos injustamente.
Un simple repaso estadístico, con los datos oficiales de un par de décadas atrás, puede señalizar objetivamente qué nivel de consumo le corresponde a una «X» secuencia de temperaturas. Y establecer, desde esa base lógica y justa, cuáles pueden resultar los pisos admisibles, para aplicar penalizaciones a los excesos. De lo contrario, esto se convierte en una simple tómbola, donde nos remitimos a la suerte de que el clima nos resulte nuevamente llevadero, o los recargos pueden ser terribles. La alternativa única a esto sería soportar un frío excesivo, con bajos consumos. ¿Cómo puede compararse simplemente el consumo de uno y otro año, disociando consumos y temperaturas de cada temporada? Es para preguntárselo a los que diseñan soluciones diabólicas de este tipo. Donde todo pierde su razón de ser y se convierte en fórmula estrafalaria. La desviación más grosera a esto, a la que no debería descartarse, sería cotejar el consumo de verano e invierno -por caso, en el gas-y penalizar tomando la base del verano, considerando exceso lo demás. Nadie, medianamente instruido, iría a juzgar al mercado bursátil solamente por los precios, porque correría los peores riesgos. Salvo que sea funcionario. Informate más
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