3 de junio 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Además de dar material a diario, como para llenar páginas y páginas de los medios con el tema electoral de octubre -un poco lejos, como será cuando estemos cerca- y a tal punto de anularle una visita programada a un presidente africano, nos preguntamos: ¿se estará tratando, evaluando, en la esfera gobernante, qué derivaciones podría tener el desencuentro del euro?

Algún lector, seguramente, se estará sonriendo frente a lo que le suene como una inocentada. Pero, en caso de suceder lo que imaginamos (que nadie se hace cargo de estimar efectos y plantear estrategias) es otra cuestión que puede agregarse a lo poco serio de una gestión. Por momentos parece haber tiempo para todo, hasta para ir en persona a inaugurar un colegio barrial, pero no parece haberlo para tratar los asuntos que hacen a la base de la Nación. El caso del euro es como para desgranarlo con sapiencia, con conocimientos profundos de política internacional, y como para ya estar elevando un informe a la Presidencia con las hipótesis y las alternativas. Si Francia queda sola en su posición, si se le agregan varios otros, si solamente será Holanda. ¿Qué puede ocurrir con los siguientes pasos de semejante región unificada, en el caso de que suceda «A», o en el de «B»? ¿Qué debería ya estar elaborando la Argentina, frente a lo que puede ser un cambio tenue, o radical, de escenario? ¿Cómo quedarían nuestros intereses, respecto de un reacomodamiento entre las divisas? Nada parece suceder, como si todavía estuviera gobernando un Sarmiento y enterándose de las noticias por barco: o desesperado, como lo hizo, queriendo inaugurar el telégrafo. ¿Se están dando cuenta nuestros políticos, en especial los gobernantes, de que existen otras cuestiones además de si Cristina o Chiche?
 
Si le preguntamos a nuestro mismo sonriente lector dónde nos llevará esto, suponemos la simple respuesta: a lo de siempre. En tales casos de ostracismo, ante el contexto, y la energía solamente dispuesta por un objetivo, que no es el primordial para un país, nos viene a la memoria de inmediato la definición que daba Ambrose Bierce sobre el fanatismo: «Es redoblar el esfuerzo, cuando se ha olvidado el fin». La finalidad, creemos, es gobernar. Es estar vigilando la pantalla del mundo, para poder estar atentos a todo aquello que pueda cambiar el ritmo de la Nación. Imbricado en sucesos locales de primera prioridad, para proteger lo económico y lo social.

Estamos saturados, al menos nosotros, de gobiernos que han tenido todo como para hacer lucir sus períodos y, por un mal querer, se han perdido un buen poder. Por luchas palaciegas, por estúpidas confrontaciones o arranques personalistas. Es la triste historia repetida, desde el retorno de la democracia.

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