2 de octubre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

Si el desesperado George Bush hubiera enviado a Henry Paulson -su secretario del Tesoro- de «embajador» a algún país lejano, acaso se hubiera podido ahorrar largas horas de destilar adrenalina. Las expresiones más directas y agresivas de los legisladores, inclusive de su propio partido, delataban que querían tener un decapitado -al menos, uno-que se hiciera cargo de la factura.

Más irritativo todavía -y se expresó formalmente- pareció resultar que el candidato ideal, para subirlo a la horca política, venía a resultar el distribuidor del cheque de los 700.000 millones.

Cuesta creer que no exista una «purga» debida en el ámbito de la cumbre del poder, cuando se les dice a los contribuyentes que ésta fiesta la pagarán en el llano. No se oyó en ninguno de los mensajes, los últimos ya a la manera de un «¡help!», que Bush explicara cómo diablos se llegó a una instancia cuasi terminal y cuando hasta hace un par de meses se manejaban con absoluta displicencia y pronosticando un punto final para la crisis.

Como allá se toman su tiempo, las cosas graves se quedan en secreto por medio siglo; quizá la «caja negra» de esta crisis pueda ser consultada por otra generación. A la actual sólo le toca sufrir el desastre.  

Es cierto que «una crisis es una oportunidad», salvo para los que han quedado aplastados por ella. Y el mercado bursátil global, en especial el del Dow Jones, resulta claramente un masacrado. A nadie le importará demasiado que el misil se haya puesto en una lanzadera dentro del terreno de lo bancario/financiero. Y como la Bolsa es igual al hígado del cuerpo humano, que pase lo que pase en el organismo siempre recibe el golpe, la base que siempre le dio sustento y se mostraba con orgullo -75 por ciento de las familias norteamericanas con ahorros en activos bursátiles- yace aplastada.

Y ni qué hablar de las carteras «institucionales», casi todas en entidades relacionadas con lo bancario, donde existe un volcán que debe derretir todo activo disponible, para tapar los agujeros,

La panacea del «consumo» desenfrenado, de la tasa de crecimiento insostenible en el tiempo debería desembocar en una próxima primera etapa donde la prudencia frena a la codicia -que, después, igual volverá triunfar- y donde la «regulación» en los canales del dinero coloque un tapón a los desvíos y aventuras.

(Quienes supongan que con el cheque a votarse todo puede volver a su estado anterior, están pensando en que también las consecuencias volverán.) Entonces sí, con hacer bien los deberes puede que en esta crisis brote una nueva oportunidad.

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