6 de octubre 2008 - 00:00

Cupones bursátiles

El método de «quemar vela a dos puntas» se lo adjudicaban en la vieja Wall Street a un audaz operador de mercado que jugaba siempre al límite, tanto en su faceta bursátil como en el vértigo de su vida privada. Y murió joven. Muy gráfico lo aplicado a este personaje, que no queda en la historia como de los más trascendentes, pero que acaso sirva para hacer un paralelo con el moderno mundo que vivimos. Y si uno lleva la mente atrás y se sitúa en el «antes» de que comenzaran los primeros estallidos por las hipotecas y sus derivados, lo que encuentra no es un mundo en sus cabales. Epoca, en estos años, donde hasta los países menos agraciados se ufanaban de mostrar indicadores de crecimiento raros en su historia. Daba la impresión de que la humanidad había hallado una especie de fuente de la felicidad. Y se hacían proyecciones de venir creciendo a tasas de seis, siete, ocho por ciento de modo continuado, y agregando una similar, o mejor, para el ejercicio venidero. Sucedía algo simple: ese crecer geométrico era insostenible en el tiempo.

Pero a pesar de todo allí iban las expectativas y con el sector de los commodities en un ritmo desaforado y loco, sin siquiera tomar un respiro. Si se borraran los problemas que hoy se sufren, y todo hubiera seguido como venía, a qué nivel estarían el petróleo, la soja, los granos en general. El valor de la tierra, con boom inmobiliario en casi todas partes. Y aquí es donde se puede aplicar el concepto de «quemar vela a dos puntas». De donde el mundo tenía dos sendas para tomar y ninguna de las dos conducía a nada bueno en su destino final.

Si nada pasaba, estaríamos navegando en la exuberancia atroz de la suba de valores sin control, promocionando un estallido inflacionario general. Consumo y más consumo, apalancamientos sin límite, créditos blandos, euforia por el gasto. De lo contrario, lo que sucedió: un estallido puntual que comenzó en un sector y que sirve para poder ir enfriando impulsos de otros valores.

Palabra maldita, «recesión», los políticos de cualquier parte no quieren oír pronunciar el nombre. Y hacen todo lo posible, aun lo insensato, para evitar que se mencione, aunque sea a costa de llegar a peligros mayores.  

Una «recesión» no sería tan dramática, sino que resultaría el freno necesario para bajar a los soberbios de su pedestal. El siguiente paso, la «depresión», ya es otra cuestión, y allí sí que podría emparentarse con lo de 1930. De paso, bien podría utilizarse el rebaje brusco de marcha para sacudir el árbol y dejar que caigan los frutos pasados de maduros -en todo el sistema financiero- y dejar muchas menos entidades realmente confiables. Da para elegir, si es «inflación» vs. « recesión» y qué resultará más eficaz para el paciente.

Lo peor será quedarse en el medio: cuando la vela se vino quemando a dos puntas (y sin apagar ninguna).

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