27 de mayo 2008 - 00:00

Dólar: la historia de siempre

La inflación -definida como el aumento sistemático del nivel general de precios- sólo puede ocurrir cuando existe un desequilibrio entre la oferta y la demanda de dinero, y como tal, es «prima facie» responsabilidad de los bancos centrales.

En muchas circunstancias, sin embargo, la inflación les ha sido impuesta de hecho a los bancos centrales por políticas llevadas a cabo por otras áreas o poderes del gobierno. Se trata de las situaciones conocidas como de «dominancia fiscal», caracterizadas por gobiernos de «mano rota» en materia de gasto público, que sin necesidad de apelar en forma directa a la emisión de dinero primario, fondean sus gastos con impuestos distorsivos y/o vía un endeudamiento agresivo.

Estas políticas provocan «atraso cambiario» (el encarecimiento exagerado de los salarios y precios de otros servicios y bienes exentos de competencia externa) y altísimas tasas de interés, fenómenos que frecuentemente resultan en el ahogo de los productores competitivos y desembocan en devaluaciones e inflación.

A lo largo del último medio siglo, casi siempre que se trató de estabilizar la moneda (o al menos morigerar la tasa de inflación) se lo hizo fijando el precio del dólar después de haber devaluado el peso sustancialmente. Casi siempre también esta estrategia produjo la esperada disminución de la inflación, pero siempre (y ahora sin el «casi») la ausencia de mejoras institucionales y/o de políticas mesuradas de gasto público provocaron distorsiones como las mencionadas en el párrafo anterior, determinando más tarde o más temprano el regreso de la inflación.

  • Prioridad

  • Debido a estas experiencias y tras la última crisis de políticas de tipo de cambio constante (2001/2002), las autoridades parecieron proponerse no repetir la experiencia, fijando como prioridad el mantenimiento de un «dólar alto» o «caro».

    Ahora bien, si es fácil intuir el potencial estabilizador de un dólar constante, igual de fácil es percibir el peligro inflacionario del «dólar caro»: en primer lugar, ese «dólar» atrae plata de afuera que viene aquí a comprar bienes, servicios e inmuebles y otras cosas baratas en dólares, generado una expansión monetaria que no siempre se esteriliza. En segundo lugar, por más retenciones que se impongan, tipo de cambio alto implica también altos precios para muchos insumos, productos y servicios exportables y todos los importables. Por último, la intensa y extensa «dolarización» mental de los argentinos lleva a todos los que quedaron «atrasados» (asalariados, jubilados, proveedores de servicios, etc.) a presionar de las más variadas maneras para lograr mejoras en sus ingresos reales.

    Aunque todas las políticas monetarias de «dólar constante» requieren esfuerzos de esterilización monetaria (vía encajes y/o ventas de títulos del Banco Central) y mucha moderación fiscal y salarial, las políticas del «dólar alto» las requerirían en dosis mucho mayores.

    En efecto, se puede entender que un gobierno despreocupado por el tipo de cambio real (cuyos ingresos, además, no dependen de las retenciones) pueda desatender los efectos de un muy rápido crecimiento de la demanda agregada y/o de los aumentos de salarios, servicios y gasto público en dólares. En la teoría económica clásica, el ajuste monetario resultante de la pérdida de reservas del Banco Central se encargará de corregir tales excesos. En la realidad, en cambio, terminará con una crisis y una devaluación.

    Pero si un gobierno preocupado por mantener el dólar alto deja «escapar» (o directamente «empuja») la demanda, los salarios, los servicios y el gasto público, ese mismo gobierno podría verse tentado a devaluar el peso mucho antes de lo que sería necesario o aconsejable en otras circunstancias. Y no sólo para mantener la protección de la que gozan las industrias ineficientes, sino también porque del «dólar caro» dependen- vía las retenciones- buena parte de los ingresos fiscales. Desde ese momento hasta caer en una espiral inflacionaria puede haber un corto trecho.

    En lo que va de este «plan» (y más allá del impacto inicial de 40% en el IPC que tuvo la megadevaluación inicial de más de 200%), la recesión, el atraso tarifario y el congelamiento de los salarios y jubilaciones del sector público, permitieron mantener la inflación relativamente baja hasta fines de 2004 (3,7% en 2003 y 6,1% en 2004). Pero al calor de la «dominancia fiscal» que nos volvió a caracterizar desde entonces, con un gasto público nominal creciendo a 30% anual, con subas salariales en los sectores sindicalizados y su impacto en los precios de los servicios y con el efecto monetario del sostenimiento del dólar caro, los precios han llegado a crecer a un ritmo bien superior a 20% anual. Para agravar aún más las cosas, desde enero de 2006 la medición oficial de la inflación ha perdido toda credibilidad.

    En el marco de tan poca colaboración por parte del resto del gobierno, son entendibles las palabras que pronunció hace algunos meses el presidente del Banco Central, cuando respecto de la inflación dijo estar «profundamente preocupado» y «no haber lugar para la complacencia».

    Pero al sostener una política cambiaria que con respecto a diciembre de 2001 ha multiplicado el tipo de cambio peso/ dólar por 3,17; el tipo de cambio peso/real por 4,23 y el tipo de cambio peso/euro por 5,55, cuando el nivel general de precios o IPC, aún bien medido, no ha llegado a multiplicarse por 2,7, es el propio Banco Central el que agrega combustible a la inflación.

    Dada la crisis de confianza que se ha generado en las últimas semanas, un intento estabilizador o antiinflacionario serio requeriría medidas contundentes, pero también ejecutores que demuestren que entre el gobierno y el Banco Central hay buena sintonía.

    Como mínimo sería necesario:

    1) que el gobierno congele el gasto público nominal y los salarios en los sectores formales;

    2) que, a fin de estabilizar la cantidad de dinero, el Banco Central anuncie que dejará de comprar divisas;

    3) que se restaure la credibilidad en el INDEC haciéndole recalcular íntegramente el IPC desde enero de 2006 con la metodología entonces vigente, y

    4) que se aleje del gobierne a los personajes más irritantes para la confianza.

    Si mediaran anuncios de tanta contundencia y ellos fueran creídos (para lograrlo, el gobierno debería hacerlo rápido y todo a la vez), la presión sobre el dólar podría ceder y hasta podría ocurrir que esa moneda, el real y el euro, bajaran de precio. En tal caso, las ventas de reservas efectuadas por el Banco Central en los últimos días estarían plenamente justificadas. Si, en cambio, el gobierno persiste en el rumbo que lleva desde que llegó al poder hace cinco años, tarde o temprano el peso volverá a ser devaluado. Entonces, quienes en los últimos días han comprado divisas habrían demostrado que tenían razón y que quien estaba equivocado era el Banco Central.

    Dejá tu comentario

    Te puede interesar