El G-8 apunta a los alimentos

Economía

Ya es oficial: la suba formidable del petróleo y las materias primas constituye un «desafío global» a los ojos del influyente Grupo de los Ocho (G-8). En otras palabras, amainada la tormenta en los mercados financieros, se la considera la principal amenaza que sobrevuela a la economía internacional. Para naciones como la Argentina -que recibe su empuje como un impulso de cola extrayendo cuantiosos beneficios netos del alza- convendría tomar nota. Países como Arabia Saudita ya lo han hecho. Su respuesta -un aumento rápido de la oferta de crudo- procura verter más producción para suavizar el trance. Ocurre que, en el pasado, arrinconar al G-8 y forzarlo a contener la demanda agregada significó estrangular, cuando hizo falta, a la gallina de los huevos de oro en aras de reconquistar la estabilidad de precios.

Los ministros de finanzas del G-8, reunidos el fin de semana en Osaka, estamparon su intención de tomar acciones para conjurar las presiones inflacionarias globales. En forma «individual y colectiva». Si bien los banqueros centrales esta vez no fueron convocados a la cita (y por ello no se habló del dólar y las divisas), la frase los representa de lleno. No es un secreto para nadie: la política monetaria participa del viraje que se anuncia en la política económica. Es, en rigor, su punta de lanza. Así, donde se mire -en EE.UU., en la Europa del euro, en Canadá o en Gran Bretaña- la rosa de los vientos giró de súbito y apunta a una mayor restricción. Las decisiones fueron individuales -y la magnitud de los cambios que se prometen no son uniformes- pero todas ellas comparten un mismo ánimo colectivo. Después de todo, las perturbaciones que genera el alza incesante de la energía y los alimentos son una fuente común de preocupación profunda.

  • Proyecciones

    Tómense como guía las cifras aun frescas de la inflación minorista en los EE.UU. En mayo, los precios aumentaron 0,6%. En los últimos doce meses, la cuenta trepa a 4,2%. La nafta es lo que más empuja del carro: trepó 5,7% sólo el mes pasado. Junio, por cierto, no traerá ningún alivio: despunta un avance adicional de 8/10% (si los valores del crudo se calman). Así las cosas, los diarios en los EE.UU. encabezarán pronto sus titulares con una inflación de 5%. No es la mejor ambientación para elegir un presidente en noviembre. Razones más o menos similares abundan fuera de los EE.UU. Las protestas por los mayores precios de la energía (y los alimentos) son un factor que gana rápido protagonismo. Y en el sensible terreno de la opinión pública, es mejor prevenir que curar.

    De todos las fuerzas de ofertay demanda que se conjugan para propulsar la vorágine de las materias primas, las autoridades del G-8 (o al menos del G-7 ya que la alineación de Rusia es brumosa) confían en que hay por lo menos una que ellos pueden enderezar ya. Se trata del dólar débil. Acometer esa faena no resultó una negociación sencilla. Su propio emisor fue el menos interesado en corregir la trayectoria de declive que comenzó en 2002. En los últimos diez días, en cambio, Ben Bernanke, el propio presidente Bush y el secretario Paulson (que mentó la posibilidad de la intervención cambiaria) manifestaron su apoyo a un dólar estable. El mensaje sobreactuado caló hondo. El consenso espera que el Banco Central Europeo aumente sus tasas en julio y, quizás, que la Fed responda con movimiento similar recién en agosto u octubre. Las tasas de corto plazo son, hoy por hoy, dos veces más elevadas en el Viejo Continente. Sin embargo, el dólar subió de motu proprio sin necesidad de mostrar los dientes. El «no» irlandés al Tratado de Lisboa, por cierto, facilitará el trámite posterior.

  • Intereses

    Las tasas de largo plazo también escucharon el mensaje más áspero. A diferencia de lo que aconteció con el famoso «conundrum» (enigma) de los tiempos últimos de Alan Greenspan cuando se mostraron indiferentes al ajuste monetario. La tasa de diez años quebró rauda el umbral de 4% y el viernes se instaló en 4,26%. Subió casi un punto completo desde que la Fed rescató a Bear Stearns. Aun así, su nivel apenas coincide con la inflación registrada en el último año. Este aspecto revela otra amenaza que eriza la piel: si el desborde de las materias primas lesiona las expectativas de baja inflación -y la credibilidad en los bancos centrales zozobra en el camino- sería una catástrofe. Si la inflación actual se considerase permanente, las tasas largas tendrían que empinarse entre un punto y medio y dos para mantener el mismo rendimiento real que hoy le prometen a los inversores. Acomodar tasas largas por encima de 6% no dejaría espacio para la bonanza -ni de las materias primas ni de ningún otro activo de largo plazo-. Un dólar firme y tasas de interés en ascenso es el cóctel que prepara el G-8. Con un sistema financiero convalesciente y economías frágiles, la medicina deberá suministrarse en pequeños sorbos. El propio BCE debió subrayarlo cuando envió un emisario -el consejero Stark- a puntualizar que no tiene en mente una ráfaga de suba de tasas.

  • Cerco

    Por eso, hasta el presente, los bonos y las acciones se han visto más afectados que sus verdaderos destinatarios. Pero el cerco se estrecha. Y si la energía y sus nuevos sucedáneos (como el maíz) lucen irrefrenables, otros compañeros de ruta ya no aceleran en alza. Es el caso del oro. Cada vez que la inflación se percibió como el problema prioritario a resolver para los bancos centrales (por ejemplo, cuando asumió Bernanke en 2006) el oro no la pasó bien. No puede refugiarse en manos de una demanda insaciable: fuera de su rol como activo financiero alternativo, su utilización es acotada. No puede guarecerse detrás de los avatares adversos de su producción corriente. Como no se consume ni desgasta con el uso (ni se torna obsoleto), la oferta que cuenta no es la que se suma en un período sino la acumulada a lo largo de los años.

    Bajo esas condiciones, el oro es el mejor patrón de referencia. Después de todo, ha sido el talismán de moda contra la inflación. Que su demanda se aplaque cuando el problema de veras aprieta revela la percepción de que los bancos centrales retienen la llave de la solución; que la inflación avanza sólo si tienen las manos atadas.
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