20 de diciembre 2000 - 00:00

El mayor problema es que la Argentina no es competitiva

El mayor problema es que la Argentina no es competitiva
Llevamos ya diez trimestres consecutivos de recesión. En el mejor de los casos, el crecimiento económico de este año será nulo, y ello ni siquiera revela estancamiento ya que si solamente hubiéramos sido capaces de mantener el nivel de actividad de fines de 1999 (es decir, por mero «arrastre estadístico»), el año 2000 debería estar cerrando con un crecimiento de 1,2%.
En otras palabras, en tér-minos de nivel de actividad, durante este año no hemos hecho más que «caer» (los cuatro trimestres de 2000 presentan tasas de crecimiento negativas respecto del período anterior desestacionalizado).


Duración


En ese caso, cuesta atribuir una recesión tan prolongada -que, por otra parte, nada permite predecir que vaya a terminar en forma inmediata-a una fase cíclica. Cuando se repasan los ciclos económicos argentinos, se comprueba que esta recesión (1) es la más larga de los últimos veinte años (la de fines de los '80, que incluyó la hiperinflación, duró ocho trimestres, y la del tequila sólo tres).

Ante la pregunta de cuándo salimos de la recesión, desde hace meses los economistas hemos acuñado una expresión bastante misteriosa para el resto de los mortales:
«Hace falta un shock de expectativas». Claro está, esa solución es consistente --porque los economistas somos, ante todo, consistentescon el diagnóstico de que las «expectativas negativas» son la «causa» del estancamiento. Así, hemos atribuido la «mala onda» de los consumidores a un presunto impuestazo que afectó a 3,5% de la población o, si se prefiere, a 13% de los hogares más ricos (aquellos cuyos ingresos son alcanzados por el Impuesto a las Ganancias) y a un ajuste del gasto público que afectó a 1% de la masa de trabajadores (empleados públicos con ingresos superiores a $ 1.000). Más rudimentariamente, también se atribuyó la falta de inversión a la presunta falta de «creatividad» del equipo económico o a la aparentemente deficiente «estrategia comunicacional» del gobierno.

En dicho diagnóstico, quizás hemos olvidado dos fenómenos más evidentes y que tienen mayor poder explicativo sobre el letargo del consumo y de la inversión:
a la hora de endeudarse y comprar televisores o manteca, el desempleo superior a 15% y la pobreza cercana a 30% afectan mucho más la «confianza» de los consumidores que «la cara de un ministro»; mientras que la «regla de oro» de un inversor es la tasa de retorno esperada de su capital, que difícilmente decida radicar en un mercado donde tiene altos costos impositivos, laborales y de infraestructura, donde la demanda interna languidece y donde la demanda externa es tan volátil como el precio del petróleo.

Problema central

En otras palabras, más allá de que el «discurso» y la política económica oficial no aportaron la certidumbre aconsejable, el problema central es la competitividad, y todas las explicaciones antes citadas no son más que «eufemismos». Algunos datos sirven para ilustrar que la falta de competitividad es ya un problema estructural:

*Entre 1996 y 2000, el PBI nominal se expandió $ 13.600 millones. En igual lapso, el gasto público consolidado trepó $ 13.200 millones. Es decir, 97% del crecimiento nominal del último
cuatrienio se explica por aumento del gasto público.  Respecto del inicio de la recesión (mediados de 1998), hoy cada argentino produce 8% menos, consume 5% menos e invierte 25% menos. También en términos per cápita, el producto de fines de 2000 es idéntico al de fines de 1996 y apenas 1,4% superior al de fines de 1994 (antes del tequila), mientras que la inversión es 10% inferior a la del cuarto trimestre de 1996 y 13% inferior a la de 1994.

*En términos reales (o, si se prefiere, de cantidades físicas), en el bienio 1999-2000 las ventas externas decrecieron 0,1% anual (mientras que en el quinquenio 1994-'98 habían crecido a un ritmo de 11% anual), poniendo en evidencia los problemas de competitividad que enfrentan nuestros productos a la hora de competir en el mercado internacional
.

Desconcierto

Bajo esta hipótesis de estancamiento estructural, se comprende mejor por qué no funcionaron los sucesivos planes aplicados hasta aquí para «revertir las expectativas», ya que éste no es el problema sino la falta de competitividad; o, si se quiere, las expectativas no son un problema psicológico (como increíblemente pareció calificar el FMI al mostrarse desconcertado por la falta de crecimiento) sino que los agentes responden a estímulos reales.

En ese caso, las expectativas sólo mejorarán en la medida que la mayor competitividad permita vislumbrar a los consumidores un aumento en sus ingresos futuros, a los capitalistas mayores márgenes de ganancia sobre sus inversiones, y a los productores mayores ventas internas y externas
.

Habiendo agotado el recurso de las privatizaciones y del endeudamiento, cuesta imaginar cuál será el atractivo para que nuestra economía vuelva a captar capitales en forma masiva.


Por el lado de la demanda, sin el consumo y la inversión rezagados de principios de los '90, las exportaciones no tienen los suficientes «caballos de fuerza» para erigirse en el nuevo «motor» de crecimiento, tanto por su baja participación en el producto como por su escaso dinamismo.


Como el problema es estructural, la solución debe ser estructural, y no pasa por mejorar la «estrategia comunicacional», por pequeños paquetes «pro-inversión», o por un cambio de nombres en el gabinete.
Descartada la herramienta devaluatoria, bajas pronunciadas y simultáneas del gasto público, de la presión impositiva, del precio de los no transables que estén regulados (servicios públicos), y de los aranceles externos, de modo de generar una deflación importante y, por esta sola vez, es la única política de shock que permitiría garantizar una tasa de crecimiento sostenido suficiente para aumentar el bienestar (mayor a 5%).

Hechos fortuitos


En caso contrario, el salto de competitividad requerido no se logrará «de un día para otro», y la «velocidad crucero» (o tasa de crecimiento de largo plazo) de la economía argentina será muy baja. Sólo una combinación de hechos fortuitos ajenos a nuestra voluntad (como una suba de precios de los commodities, que Brasil compre todo lo que vendamos, que el dólar se deprecie, que llueva lo justo y necesario para una cosecha extraordinaria, que baje la tasa de interés inter-nacional, etc.) nos permitiría crecer a 4% o 5% en un año en particular, pero podemos estar seguros de que ésa no será una tendencia sostenible.

(1) Definida como la distancia entre «pico» y «valle», y requiriendo al menos dos trimestres consecutivos de suba desestacionalizada para entrar en una fase de recuperación.

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