16 de enero 2004 - 00:00

Entre el mito y el primer rescate exitoso de países

Ronald Reagan dijo en 1983 que el plan Marshall fue el primer rescate exitoso de un país a una región en la historia mundial. Según Helmut Kohl, en declaraciones del 1989, sólo se trato de «un mito muy sobredimensionado».

El plan le debe su nombre al general George C. Marshall, que en enero de 1947 reemplazó a James Byernes como secretario de Estado en el gobierno de Harry Truman. Consistía básicamente en un programa de ayuda de 12.000 millones de dólares de esa época para la reconstrucción de Europa. Fue la contrapartida económica de la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la alianza militar pensada por primera vez en 1945 y que se concretó en 1949. Este proceso significó el definitivo abandono del aislacionismo militar de los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial. Según declaró Henry Kissinger: «El plan Marshall estuvo destinado a poner en pie económicamente a Europa. La OTAN velaría por su seguridad».

Antes de que se pensara en el plan Marshall, hubo un cambio ideológico fundamental en el mundo, sin el cual ningún esquema de recuperación habría dado resultado. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el perdedor de una contienda armada era el responsable de pagar los daños, tradición que venía desde la antigüedad. Esto había ocurrido también luego de la Primera Guerra Mundial, generando una combinación de crisis económica y política extrema en Alemania, Italia y los países de Europa del Este, lo que, a su vez, sirvió de caldo de cultivo para la aparición de experiencias totalitarias y revanchistas como el nazismo. Ese era el criterio de los vencedores del '45, sobre todo, según la visión de Franklin D. Roosevelt en las cumbres de Yalta y Postdam. Allí, el presidente norteamericano convenció al premier inglés Winston Churchill de que la mejor salida no era la de volver a castigar a los perdedores económicamente, sino integrarlos a los procesos democráticos y pensar en algún tipo de salvataje económico. Todo esto, junto con una ocupación militar.

El cambio era radical; el dinero no tendría que salir de los perdedores hacia los ganadores, sino al revés. El soviético Joseph Stalin no aceptó el proyecto y directamente se dedicó a instalar el comunismo en la mitad europea que le quedó en la repartición territorial de Postdam, girando dinero de estos países hacia Moscú.

Entre el '45 y el '47, el proyecto de recuperación económica integral de Europa no volvió a tratarse. La ayuda se destinó casi exclusivamente a planes sanitarios, alimentarios y a la reconstrucción de la infraestructura básica de las ciudades más afectadas, en especial, a las francesas, alemanas e italianas. En 1946, Gran Bretaña ya había recibido un préstamo directo de más de 8.000 millones de dólares desde los Estados Unidos para su reconstrucción, sobre todo, para Londres y el sur inglés; muy castigado luego de los bombardeos alemanes.

En el '47, y luego de las muy buenas elecciones hechas por los Partidos Comunistas (en esos días, pro soviéticos) en Alemania, Italia y Francia, el gobierno norteamericano de Harry S. Trumann decidió poner en práctica un plan de ayuda económica para «la reconstrucción de la devastada Europa».


Su idea era original: que sean las empresas norteamericanas las protagonistas, en un esquema muy similar al que hoy impulsa George W. Bush para Irak. Trumann tuvo que girar el proyecto al Congreso, dominado por los demócratas. Allí, el proyecto cambió radicalmente y se convirtió en un programa económico donde se reservaba un rol fundamental al Estado como asignador de prioridades de gasto. Así fue. El Congreso aprobó en 1947 el giro de 10.000 millones de dólares para el plan, cifra que se elevó a 12.000 entre 1948 y 1951. El dinero no fue mucho en realidad, pero estuvo acompañado de una intensa campaña propagandística, elaborada por técnicos norteamericanos que colaboraban con Trumann, y que incluía giras y conferencias del propio George Marshall en toda Europa occidental. Para muchos, este dato en realidad fue lo más importante del proyecto, ya que habría sido el factor fundamental para fomentar la confianza de los europeos en la recuperación de la economía. Para 1950, el consumo había crecido de manera exponencial, y en 1954 el ministro de Hacienda alemán, Ludwig Erhardt, pensó las primeras medidas para aplacarlo. En definitiva, resultó un impulso a la reactivación, vía demanda.

Para 1954, el programa estaba prácticamente desmantelado, por dos motivos fundamentales: el comunismo ya había comenzado a ser una fuerza política marginal en Europa Occidental y los Estados Unidos cambiaron su visión política, girando a la ortodoxia económica bajo la gestión
Dwight Eisenhower.

Un nuevo impulso positivo a la economía europa comenzó en realidad luego de 1955, cuando comenzaron a verse los primeros resultados de la
«economía social de mercado» que tuvo su copyright en Alemania y en la era Adenauer-Erhardt. Francia, Gran Bretaña, Italia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Austria y, en menor medida, España tuvieron sus propias versiones del plan Marshall y alternativamente registraron tasas de crecimiento de entre 4% y 7% entre la última parte de los '50 y la mayor parte de los '60.

Hubo otro impulso importante a la economía continental. A fines de los '50, Francia y Alemania comenzaron a negociar la posibilidad de integrar parte de sus mercados energéticos y siderúrgicos. Esto derivó en el tratado del «carbón y del acero», por el cual los dos productos se intercambiarían comercialmente sin el pago de aranceles. Fue la génesis del
Pacto de Roma de 1962 y luego de la Comunidad Económica Europea (CEE).

En un principio, EE.UU. invitó formalmente a la Unión Soviética a ingresar en el plan Marshall.
En la mira para la ayuda se encontraban Stalingrado, Varsovia, Sofía, Praga y Budapest, todas prácticamente destruidas hacia el 1946. Stalin formalmente rechazó la ayuda el 2 de julio del 1947, bajo el argumento de la «intromisión norteamericana», y lanzó su propia versión, el plan Molotov, el 5 de octubre, con del cual comenzó a girar dinero a sus satélites. La gran diferencia entre el plan Marshall y el Molotov fue que el soviético se convirtió a los pocos años en un estímulo destinado a recrear la industria del armamento. El Molotov luego derivó en el Comecon, que amalgamó las economías de Europa del Este con la economía soviética, convirtiendo a países como Polonia, Bulgaria, Rumania y Checoslovaquia en complementos menos desarrollados de la URSS.

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