Gobierno trasladado a España
El viaje que el Presidente inicia hoy en España tiene relieve, tanto que llevó a sus más importantes ministros (Alberto Fernández, Felisa Miceli y Julio De Vido). Son claves dos hechos: el interés de España por saber qué rol quiere cumplir la Argentina en un continente teñido de «chavismo» y «evismo» (por Evo Morales) y la reunión que mantendrá Kirchner con ocho de los más importantes dirigentes empresariales de ese país.
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Era tan pobre la versión acordada en Salamanca que su bautismo no mereció ceremonia alguna y, mientras se la adoptaba, se decidía sustituirla por otra que es la que verá la luz en el viaje de hoy. Gracias a esta experiencia, los burócratas de la política exterior española incorporaron un argentinismo: hablan de un PAE «trucho».
Los contratiempos siguieron afectando esta operación que puede ser tomada como una buena prueba de la falta de profesionalismo y seriedad que caracteriza a algunos funcionarios. En marzo de este año, los ministerios de Relaciones Exteriores de la Argentina y España terminaron con el armado final de los textos. Para consagrarlos se trasladó a Buenos Aires una comitiva técnica española que revisó cada punto y cada coma hasta dar el acuerdo definitivo. Casi todas las áreas habían acordado un plan conjunto. Curioso: sólo faltaba la de Infraestructura, una de las falencias más importantes en la conexión de ambos socios. A pesar de las distintas consultas y de haber destacado a un par de funcionarios a redactar su propuesta, Julio De Vido no había mostrado interés en aportar las cuestiones de su área a la redacción final.
Cuando el ministro de Infraestructura comprendió de qué se trataba aquello que se había resistido a integrar, pidió con insistencia que se detuviera el proceso y se incorporara a su cartera. Después de consultas a ambos lados del océano, se reabrieron los documentos para De Vido. La propuesta de su ministerio llegó a España hace dos semanas. Y fue rechazada. No sólo por la forma, también por el fondo. El texto de Infraestructura estaba compuesto de cinco páginas (el promedio de los demás ministerios fue de tres cuartos de página cada uno) y proponía la creación de cinco grupos de trabajo, integrados por funcionarios y empresarios, en los que se estudiarían inversiones y asociaciones en otras tantas áreas: transportes, energía,aeronavegación, infraestructura vial y comunicaciones.
La dinámica de trabajo suponía que también las cuestiones contractuales, en especial las tarifarias, podrían ser competencia de esos equipos. La Cancillería española se negó a suscribir la sugerencia de De Vido, con el argumento de que no puede involucrar al empresariado en una iniciativa de alcance solamente estatal. Tampoco estaba contemplado que el programa llegaría a tanta minuciosidad. Y mucho menos que las regulaciones estatales sobre el sector privado estarían sometidas a aquel tipo de tratamiento diplomático. La propuesta del ministro de Infraestructura quedó cifrada en dos párrafos, uno de los cuales hace una alusión muy indirecta a la posibilidad de constituir grupos de trabajo.
El episodio, si se quiere anecdótico, permite observar dos cuestiones más relevantes. Una, la distancia que existe en la concepción del rol del Estado entre un gobierno socialista, como el español, y otro peronista, como el argentino. Aun cuando ambos hayan tributado antaño a una tradición intervencionista, la idea sobre el involucramiento que debe haber entre lo público y lo privado sigue siendo muy acentuada en el caso de Kirchner y su grupo. La otra evidencia ilustra más un momento que una mentalidad: si algo no quiere el gobierno de Zapatero -y es el mensaje que pasará su administración en esta visita- es seguir subordinando la relación con la Argentina a la peripecia de las empresas españolas en el país. Lo que, al contrario de lo que podría suponerse, no significa abandonarlas a su suerte, sino quitarles la contención política que se les impuso hasta ahora para que no abrieran conflictos con un gobierno aliado.




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