4 de diciembre 2002 - 00:00

Inédito "The New York Times" contra los subsidios al agro

Cuando, como todos los días, el domingo 1 de diciembre pasado leí la editorial principal de «The New York Times» no podía dar crédito a lo que veía. El diario, uno de los más influyentes del mundo, había adoptado una posición categórica sobre los subsidios agrícolas, que coincide con la prédica con que, desde estas columnas, venimos insistiendo, desde hace años. La misma que -a comienzos de año- expuse en Washington ante inexpresivos miembros del Congreso y diplomáticos de los Estados Unidos.

El título elegido para la editorial en cuestión habla por sí mismo: «La hipocresía de los subsidios agrícolas». Su contenido es rotundo. Contundente.

Por ello, quiero resaltar sus conceptos más salientes. Porque alimentan la esperanza de que algo positivo pueda -efectivamente- salir de la «Rueda de Doha», de la OMC, en curso.Y cambie, para bien, no sólo el presente de muchos argentinos condenados a la postergación, sino el futuro de nuestros hijos. Poniendo fin a un azote de nuestras economías, que el mundo industrializado iniciara en 1964. Y que aún continúa ininterrumpidamente.

La editorial comienza por despejar un «mito» enraizado entre los norteamericanos: que ellos son grandes exportadores de productos del agro, porque cualitativamente «son los mejores agricultores del mundo». No es así, dice la editorial. La «ventaja comparativa» que les permite exportar con precios que están 20% por debajo de sus costos de producción, descansa en los generosos subsidios que reciben de su gobierno. Por supuesto.

Y, sigue diciendo el diario: «Para asegurarnos, tenemos barreras tarifarias que tornan muy difícil a los agricultores del Tercer Mundo poder vender en los Estados Unidos». Imposible, más bien. «Lo mismo -sigue- es verdad respecto de sus esfuerzos por tratar de vender en Europa y Japón. El sistema agrícola mundial está tramposamente armado a favor de los ricos». Y esto está «en el corazón mismo» de las razones que «mantienen subdesarrollado al mundo subdesarrollado», concluye. Es así.

• Primer paso

«Un saludable sector agrícola orientado hacia la exportación, edificado sobre tierra y mano de obra baratas, que muchos países tienen en abundancia, debiera ser el primer paso en la escalera hacia el desarrollo». Pero «el camino al desarrollo ha sido perversamente bloqueado por los subsidios que los Estados Unidos, Europa y Japón y otros países ricos pagan a sus agricultores y empresas agrícolas más prósperas».

«Esta producción incentiva la generación de excedentes en rubros como el del azúcar y el algodón, los que son luego arrojados a los mercados mundiales, estrujando a los productores tropicales». «Los subsidios también distorsionan los precios en los mercados mundiales de verduras, flores y cereales, muchos de cuyos productos podrían, de otro modo, ser comercializados competitivamente por los países del Tercer Mundo».

«Los Estados Unidos no son los peores en esto. Europa lo es. Pero América está en un cercano y vergonzoso segundo puesto». Es más: «Occidente no tiene voluntad para aceptar el libre comercio».

«Hay, flotando en el aire, algunas propuestas reformistas.» «La administración Bush ha convocado a una reducción coordinada de los subsidios americanos y europeos. Lo equivalente a un desarme mutuo.» Europa «ha propuesto salir de los actuales subsidios basados en los volúmenes producidos, para pasar a una asistencia basada, en cambio, en objetivos que tienen que ver con la preservación del medio ambiente». Estas propuestas «no irán a ninguna parte sin un endoso por parte de la dirigencia política y el público en general, mayor que el que ellas han recibido hasta ahora». Clavado.

«Seguir en el perverso rumbo actual alimentará la inestabilidad social y la devastación del ambiente en todo el mundo en desarrollo. Supondrá aumentar la inmigración ilegal para tratar de obtener trabajo en los sectores rurales de los países más ricos, en lugar de aumentar los puestos de trabajo -y los ingresos- en el Tercer Mundo. Cualquier esfuerzo serio para combatir la extrema pobreza, promover el crecimiento del Tercer Mundo y compartir los beneficios de la globalización más equitativamente, debe comenzar con un ataque radical a los subsidios agrícolas. Lo que debe empezar ya». Más claro, el agua.

Mientras tanto, países como el nuestro no solamente deben batallar en esa dirección, codo a codo con quienes están «en el mismo bote» sino que deben empeñarse en fortalecer su sector rural. De manera de evitar que llegue mortalmente anémico al momento en que los dañinos subsidios, que tanto daño acumulado nos han hecho, desaparezcan o se transformen de modo que quienes los paguen no los «trasladen» -como hasta ahora- sobre nuestros hombros.

Esto supone dejar de «ordeñar» -por razones políticas- desde los centros urbanos (con mentalidad «suburbana») a nuestros productores rurales. Desgravarlos. Eliminar las retenciones a la exportación. Y devolverles no sólo la posibilidad de trabajar en un «estado de derecho», sino también el crédito que hoy no tienen. Si sobreviven, podrán reabsorber trabajo y volver a poblar un campo que, con precios adecuados pueda generar oportunidades para que muchos hombres y mujeres argentinos descubran que pueden vivir más dignamente.

(*) Embajador. Ex representante permanente de la República Argentina ante la ONU. Presidente electo de la International Bar Association.

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