"La convertibilidad fue una fantasía colectiva"

Economía

Entrevista de Fernando Arfaras y Walter Naumann

Durante la vigencia de la convertibilidad casi nadie se animó a criticarla, y menos en los inicios de la misma. Eduardo Curia, fue uno de los pocos economistas, que si bien compartió la idea de que era necesario un sistema rígido como el que se instauró en 1991 para contener la inflación, advirtió que desde su concepción el régimen de convertibilidad tenía errores que debían ser corregidos.

En diálogo con ámbito.com, Curia repasó en detalle cómo la Argentina llegó a la convertibilidad, su implementación, desarrollo y final de la que fue una de las décadas que más marcas dejó en la sociedad y que sin duda será una de las más recordadas en la historia del país. A continuación los pasajes más destacados de entrevista:

Periodista.: ¿Cómo se llega a la convertibilidad?

Eduardo Curia.: En un contexto de hiperinflación, desequilibrios fiscales y monetarios de primer orden, problemas de endeudamiento externo, una degradación tremenda de la economía, había que recurrir a un mecanismo que atacara a los fundamentos básicos de la economía. Había que realizar una especie de reconstitución monetaria, cambiaria y fiscal también, por eso surge la convertibilidad. Se puede decir que es un esquema que lo tiene a uno constreñido, lo alimenta pero lo constipa, pero sin embargo creo que en aquel momento esa extrema rigidez era funcional para la problemática argentina. Más allá de que en los '90 fui de los más duros críticos de la convertibilidad junto con Eduardo Conesa, para el momento que se atravesaba era recomendable implementarla, en ese momento fui un defensor de la convertibilidad. Como viceministro de Economía, fui el primero que puso sobre la mesa el tema de la convertibilidad en el año 1989.

P.: ¿Había otra alternativa a la convertibilidad?

E.C.: En ese momento se tenía la opción de un mecanismo como el de la convertibilidad, que era un esquema, a mi criterio, más completo, y otras alternativas que eran más deflacionarias como podían ser los mecanismos de punción monetaria, como fue el plan Bonex que salió entre gallos y medianoche. Cuando es cancelada la propuesta mía de convertibilidad de 1989, de repente, y porque algo había que hacer, se exhuma rápidamente el plan Bonex que era una punción monetaria de títulos públicos, esa era la otra vía en el momento. Estudié con mi equipo cómo eran las opciones, pero me parecía que dentro de lo que había que atacar en ese momento, la convertibilidad era más completa y que una vez establecida tenía un sentido de impulsión económica que la otra vía no tenía. Así que, dentro de lo limitado que se estaba a implementar elementos tipo cepo, la decisión más halagüeña era la convertibilidad.

P.: ¿Qué opina sobre cómo fue implementada la convertibilidad?

E.C.: Lo mío a fines de 1989 fue una propuesta que el entonces presidente Carlos Menem acepta primariamente pero después suceden una serie de acontecimientos y reacciones, hubo gente que se opuso, entre ellos Cavallo que en esa época era Canciller. En cuanto a la convertibilidad, éramos varios que estábamos proponiendo un esquema de ese tipo, estaban Gabriel Rubinstein, Walter Graziano, entre otros, no crean que Cavallo descubrió el mundo. El entonces ministro de Economía, Antonio Erman González, no se dio cuenta a tiempo de que quién aplicaba la convertibilidad se llevaba el rédito. Si bien al principio lo convencí y a Menem también, al final Erman González dudó, se dejó arrastrar por presiones. Se demoró la aplicación de la convertibilidad, debería haberse realizado a fines de 1989. Al año siguiente, en el que estuvieron los dos González, Antonio Erman González como ministro de Economía y a la vez presidente del Banco Central entre marzo y junio de 1990 y Javier González Fraga que lo sucedió en el BCRA desde junio, se produjo un proceso de apreciación cambiaria feroz. Fue terrible como pasamos de un dólar altísimo a una situación de apreciación cambiaria, en lo que yo denomino la flotación incierta de González Fraga. Después, hay un problema original en la convertibilidad cuando se aplica, y es que cuando Cavallo toma la posta en 1991, él debería haber seguido con el proceso que venía, no clavar todavía el tipo de cambio, adaptarse y crearse un colchón, si es que el esquema de convertibilidad iba a ser temporal y no definitivo. Me da la sensación de que Menem es quien le exige a Cavallo que clave el tipo de cambio, porque el entonces Presidente ya venía con dos recidivas hiperinflacionarias, y estaba cansado. A mi entender, la convertibilidad en cuanto al tema cambiario, comienza de entrada mal, y de esa manera el problema ya estaba desde el inicio. Yo estuve a favor de que se aplicara la convertibilidad, lo apoye a Cavallo pese a lo que había hecho antes, fui de los pocos que en el comienzo apoyó, porque toda la ortodoxia estaba del otro lado, aunque sí dije en ese momento que la moneda estaba sobrevaluada y que eso era un problema. Durante unos meses esperé a ver qué pasaba, pero a fin de 1991 veía venir el problema de la rigidez y a fines de ese año ya comencé a plantear que era necesario el deslizamiento de la convertibilidad. A partir de allí postulé una salida ordenada del régimen pero a través de una serie de reformas sistemáticas.

P.: ¿Qué paridad se debería haber fijado en ese momento?

E.C.: Para la situación en la que estaba el país, teníamos que tener en términos reales algo muy superior. No quiero decir una relación de cambio que la duplicará en términos reales, pero tenía que ser sustantivamente mayor, con lo cual había que trabajar nominalmente en la devaluación previa para que, en la carrera con los precios, poder llegar a fijar un tipo de cambio mejor. Cavallo no hace eso y sale con el 1 a 1, que tiene ese aspecto simbólico y que hizo también un poco al maquillaje.

P.: Quedó muy arraigado en la sociedad el 1 a 1...

E.C.: Notablemente. Si bien soy un fundamentalista del dólar alto, soy neodesarrollista, la sociedad en general es más proclive al dólar barato. Si se hiciera un referéndum entre los argentinos, la idea del dólar barato es lo que está arraigado a derecha e izquierda. Aquel momento tuvo toda una acción marketinera muy importante. Además había un fuerte apoyo externo, el famoso Consenso de Washington, Cavallo parecía el mago Mandrake, y reconozco que es un tipo capaz, no comparto sus ideas pero sin dudas es capaz. Como la convertibilidad funcionaba al inicio, se creó una fantasía colectiva, imaginaria. Con lo cual más que económica, la cosa con el tiempo se volvió casi psiquiátrica.

P.: ¿Cómo se podría haber producido una salida ordenada de la convertibilidad?

E.C.: Para salir de la convertibilidad, se tenía que tener una serie de políticas porque obviamente no era fácil. Se debía tener una política fiscal, de ingresos, también planteamos, como uno de los ítems que se debían incluir, la desdolarización de la economía, tanto del esquema de tarifas como de los rubros financieros. En el transcurso de los '90, la salida en teoría podría haber sido más fácil y gradualista, pero a la vez estaba tan arraigada la convertibilidad que fue imposible. Salimos del régimen cuando ya su degradación, decrepitud, corrosión, era total. Como dijo el expresidente Eduardo Duhalde, la salida no fue una opción. También se puede ver cuando en 1993 lo propuso Alsogaray, muchos lo miraban irónicamente y le decían: 'Ingeniero, así que usted dice que tenemos que salir de la convertibilidad'. Y les respondió: 'No, no se confundan, es la convertibilidad la que nos va a dejar a nosotros'. En rigor, la contumacia de los argentinos, de las dirigencias del país de toda clase, política, sindical, empresarial, nos llevó al momento final de la convertibilidad casi cuando nos estábamos por enterrar en la tumba con la misma. Cavamos y queríamos incluso meternos con el cadáver. Entonces ahí se produjo un espasmo infernal, fue el sinceramiento de ese proceso.

P.: ¿Quiénes han tenido mayor responsabilidad en la salida desordenada?

E.C.: Es un problema de las diversas dirigencias, tanto políticas como sociales. Hubo excepciones, pero la verdad que había una especia de coincidencia sacrosanta sobre el tema de la convertibilidad. Era un vestal, un tema de trascendencia metafísica por decirlo de alguna manera. Siempre era tirar la pelota para adelante. Cuando se prepara el reemplazo de De La Rúa por Menem, con Eduardo Conesa teníamos la visión de que se iba concretar la salida ordenada de la convertibilidad, hasta se lo propusimos a la que iba a ser la futura administración más allá de que no éramos parte de ese gobierno, pero no, la respuesta era seguir y seguir. Cada vez la cosa se hizo más complicada. Fue un emperrarse.

P.: ¿Qué sucedió después?

E.C.: Con semejante cepo como el 1 a 1, y con una situación que estaba deteriorándose porque ya había crisis internacional, los tigres asiáticos, Rusia, Brasil, se produjeron esfuerzos desesperados de algunos colegas por defender el régimen. Realmente me quedaba atónito ante ese intento tan desesperado que no tenía sentido. También lo fue luego el intento de Cavallo, al que le reconozco que murió con las botas puestas, y pese a que hasta negó las reglas mismas de la convertibilidad en un esfuerzo desesperado, se hundió con ella. Es un reconocimiento, aunque no a la dirección de sus ideas.

P.: Realizó diversos intentos Cavallo por salvar la convertibilidad...

E.C.: Cavallo le dio vueltas al tema. Como con la canasta de monedas, el denominado Factor de Empalme, los programas de competitividad, pero fueron grageas. Lo que pasa es que cuando usted está en un lodazal, con desequilibrios pavorosos, y siempre subestimó el asunto, de pronto abre la puerta y reconoce que ahora hay un problema pero viene con una mísera gragea, la cuestión es contraproducente porque quiere decir que realmente hay un flor de problema, que la solución propuesta es una bicoca que no alcanza y se lo lleva puesto. Y esto es lo que pasó. Por eso en el 2001, empecé a hablar de las tres D que eran default, devaluación y desdolarización, pero ya como elementos que estaban a la vista.

P.: ¿La solución ya tenía que ser radical?

E.C.: Sí, radical en el sentido de profundidad, a punto tal que emerge un esquema alternativo que para mí va de 2003 hasta 2007, que es un conato de modelo alternativo, neodesarrollista, que a mi criterio es una de las páginas más brillantes de la historia económica argentina, pero que luego sufre un desgaste y ya quedó en el pasado. Pero la salida de la convertibilidad fue radical, con un corte virulento, un sinceramiento estruendoso, y posteriormente con un cambio en las reglas de juego muy fuerte.

P.: ¿Por qué habla de un esquema hasta 2007?

E.C.: Si bien toda la década ha sido de mucho crecimiento, incluso en 2010, en cuanto a la matriz macroeconómica rigurosa yo diferencio: una cosa es hasta 2007 y otra después. Si bien observo aspectos de buen funcionamiento de la economía en la actualidad, también hay elementos que no me resultan satisfactorios en un enfoque macro. Aquel de 2003 a 2007, que yo denomino el modelo competitivo-productivo, me parece que era la matriz robusta que uno entiende como la estrategia neodesarrollista.

P.: ¿Qué se fracturó desde 2007 a la actualidad?

E.C.: La matriz se fue disolviendo, porque su eje era el dólar alto, y esto ya no existe. Hoy tenemos una visión competitiva mucho más alicaída, yo la denomino más púdica, donde decimos que somos competitivos porque nos comparamos con el real brasileño que es una de las monedas más sobrevaluadas del planeta. En aquella matriz inicial uno tenía que tener, y se tuvo, una política fiscal más bien anticíclica durante la expansión económica. Hoy se tiene una política fiscal con bastante fuerza que es procícilica. Cuando se tiene un crecimiento como el de esos cinco años a casi 9 por ciento anual, con mucha demanda, tipo de cambio competitivo, con una política fiscal contracíclica, se debe tener una política de ingresos muy orgánica y explícita, donde puede fijarse una pauta de distribución del ingreso, pero se debe atender mucho que los costos laborales unitarios conjuguen con la idea de productividad y competitividad, porque si todos estos elementos se descompaginan, a lo que se suma un tema como el Indec que es otro stop obviamente, la matriz se va a deteriorar. Entonces, se llega a que en la actualidad el ancla de la inflación más seria es el tipo de cambio a través de un dólar casi fijo, si bien está también el tema tarifas en menor magnitud. Para el esquema del 2003-2007, el dólar alto era locomotora y no ancla. El ancla tenía que ser la política fiscal contracíclica y una política de ingresos más orgánica que lamentablemente no se dio.

P.: ¿Por qué el Gobierno ata tanto el valor del dólar?

E.C.: Creo que actualmente tiene un esquema que le funciona, y digamos que hasta resulta atractivo como producto puesto en el marketing electoral. Es una economía que se mueve muy expansivamente, donde se pone mucho acento en la demanda interna, con el consumo incluso apalancado por el crédito, con el gasto público cebando la bomba, procíclico en la expansión. En este esquema, que insisto, funciona, pero con una puja distributiva bastante fuerte que no es fácil encuadrar, si bien es cierto y me parece muy bien, que la Presidente esté buscando encausarla, aunque por ahora no ha tenido mucho encuadre, no cabe la menor duda que el ancla de la inflación es el tipo de cambio. Una vez que uno define todas estas variables y tiene una política monetaria endógena o acomodaticia que se adapta a la actividad económica, a cierto nivel inflacionario alto, a ciertos requerimientos fiscales, la deducción lógica, el corolario inapelable, es que el ancla sea el tipo de cambio. En los '90 también el tipo de cambio era el ancla. ¿Y que ocurre ahora?, y esto también pasó en el 1991, la inflación que viene con inercia no se poda en 24 horas, en 48 o 72, la inercia sigue y va minando o carcomiendo la paridad real.

P.: De mantenerse, ¿no es sostenible?

E.C.: Es complicado. Pero en definitiva, más allá de estar pensando en el resultado electoral hay que estar pensando en profundidad la economía que viene a partir de 2012.

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