4 de enero 2001 - 00:00

La devoción por el propio verdugo

El gobierno de Fernando de la Rúa ha demostrado una creatividad extraordinaria para agregar obstáculos a los que ya de por sí aparecen en su camino y, lo que es más insólito, para tropezar lastimosamente con ellos. Ejemplos sobran: desde el Ministerio de Infraestructura y Vivienda, que el Presidente creó al parecer con la única intención de disolverlo (y pelearse de paso con su íntimo amigo Nicolás Gallo), hasta la peripecia procesal de los presos de La Tablada, cuya resolución por Carlos Menem rechazó De la Rúa, en apariencia para tener la oportunidad de mortificarse él mismo durante un año para decretar finalmente la conmutación de penas. La última prueba de este refinado masoquismo político se ofreció ayer: Chrystian Colombo demostró que el gobierno creó una comisión de reforma tributaria para que Domingo Cavallo rechazara la invitación a integrarla.

Henry Kissinger, viejo zorro a quien De la Rúa conoce bastante bien, recomienda que en política no deben formularse preguntas cuyas respuestas no se conozcan de antemano. Es lo que hizo ayer el jefe de Gabinete. El error no se le puede imputar a él sino parcialmente. Quien comanda la «operación Cavallo» es el Presidente. Nada contra Federico Storani pero es mejor soslayar piadosamente sus inasistencias: no estuvo el día que se firmó el acuerdo con los gobernadores, tampoco ayer, cuando el presidente de un partido de la oposición visitaba al gobierno.

La serie de errores expuestos hasta aquí resulta frívola, apenas destinada a entretener, si se la compara con un desacierto más grosero: el de la política que ha seguido el gobierno en su relación con Cavallo. De la Rúa, Carlos Chacho Alvarez, Colombo, en su momento Fernando de Santibañes y hasta el mismo José

Luis Machinea aceptaron desde temprano que la credibilidad del ex ministro en materia económica era un problema para el gobierno. El mercado financiero, las empresas, el público en general identifican a Cavallo desde hace meses, como una solución para la larga recesión.

Definición

Una vez puesta en esta dimensión la figura de Cavallo, el paso siguiente que le correspondía dar al gobierno era definir qué haría respecto de él. Podría haberlo incorporado al esquema oficial cuando esa opción lucía políticamente lógica: en momentos en que la crisis del default se precipitaba. De Santibañes, Colombo, Enrique Nosiglia actuaron en ese sentido, lo mismo que algunos poderosos empresarios que mediaron personalmente entre De la Rúa, Alvarez y Cavallo. Pero finalmente esa decisión no se tomó por el costo político que representaría para el Presidente ceder una dosis importantísima de poder a uno de los dirigentes que compitió con él en 1999 y que piensa volver a hacerlo en 2003. En otras palabras, se advirtió que Cavallo no reemplazaría tanto a Machinea como al propio De la Rúa, aunque fuera de mane-ra oblicua, sugerida, no institucional.

El gobierno desechó la posibilidad de cooptar a Cavallo pero no la tarea de presentarlo públicamente como un factor imprescindible de la estabilidad económica. Los funcionarios lo hicieron de manera tan sincera que subrayaron más los méritos de Cavallo. A tal punto que la cercanía o distancia del economista con el oficialismo se convirtió en una especie de indicador subliminal del riesgo-país (por decirlo simpáticamente) o, por lo menos, de las posibilidades que tendrá la gestión actual de sacar a la Argentina de la depresión.

Agigantado de esta manera el problema por quienes lo padecen, De la Rúa optó por un camino intermedio: mantener a Cavallo en un limbo tributario, que permitiera a su gobierno presentarlo como oficialista sin darle poder. En palabras vulgares, el Presidente ensayó la doctrina de la mujer «medio embarazada». Como es obvio, ese pacto político es imposible. Porque Cavallo es un candidato a presidir el país, no a dar sangre técnica a un gobierno ajeno, experiencia que ya hizo con Menem. Su objetivo es gobernar ya --sue-ña con ser vicepresidente elegido este año- o que lo deseen para el futuro.

Como no le piensan ofrecer lo primero porque sería una especie de entrega anticipada del poder (disimulada, claro), él ayer optó por lo segundo. Durante dos semanas dejó que se hablara de una comisión que le crearían a medida nada más que para tener la oportunidad de rechazarla. Ayer lo hizo, era obvio.

Extraviado en su propio laberinto, al gobierno le queda por resolver todavía otra dificultad. Es la que está maquinándose en el PJ. Allí Carlos Menem y Carlos Ruckauf coinciden en que lo mejor que les puede pasar como opositores es que Cavallo sea incorporado al oficialismo.

Canto de sirena

«Primero destruirá la Alianza, después al propio gobierno», vaticinan. Desde hace una semana Menem y Ruckauf encargaron a Carlos Corach que entone el canto de sirena de un gran acuerdo político que termine con la inoculación del virus Cavallo en el poder. La oferta no es tan cruda: viene en el envoltorio de una agenda de gobernabilidad capaz de garantizarle a De la Rúa una mínima paz post electoral si fracasa en las urnas de este año.

Storani fue el primero en admitir esa salida, como todo lo que viene de su antecesor. Raúl Alfonsín todavía no la termina de aceptar, aunque sus prevenciones respecto de Cavallo han descendido vertiginosamente: no sólo por el rencor que comenzó a acumular contra Machinea, también porque lo han convencido de que sólo con el ex ministro de Menem sería posible salir de la convertibilidad con el dólar, que él calificó como más dañina que la represión ilegal de los '70.

A Alvarez no es necesario convencerlo: su dificultad es firmar algo junto a Menem pero Corach está a punto de encontrar el modo de llegarle al corazón. Falta De la Rúa. Aunque como siga dedicándole incienso a una deidad cada vez más imprescindible y esquiva, la incorporación de Cavallo ya no será asunto suyo. La decidirán los demás, la crisis.


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