La devoción por el propio verdugo
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El gobierno desechó la posibilidad de cooptar a Cavallo pero no la tarea de presentarlo públicamente como un factor imprescindible de la estabilidad económica. Los funcionarios lo hicieron de manera tan sincera que subrayaron más los méritos de Cavallo. A tal punto que la cercanía o distancia del economista con el oficialismo se convirtió en una especie de indicador subliminal del riesgo-país (por decirlo simpáticamente) o, por lo menos, de las posibilidades que tendrá la gestión actual de sacar a la Argentina de la depresión.
Agigantado de esta manera el problema por quienes lo padecen, De la Rúa optó por un camino intermedio: mantener a Cavallo en un limbo tributario, que permitiera a su gobierno presentarlo como oficialista sin darle poder. En palabras vulgares, el Presidente ensayó la doctrina de la mujer «medio embarazada». Como es obvio, ese pacto político es imposible. Porque Cavallo es un candidato a presidir el país, no a dar sangre técnica a un gobierno ajeno, experiencia que ya hizo con Menem. Su objetivo es gobernar ya --sue-ña con ser vicepresidente elegido este año- o que lo deseen para el futuro.
Como no le piensan ofrecer lo primero porque sería una especie de entrega anticipada del poder (disimulada, claro), él ayer optó por lo segundo. Durante dos semanas dejó que se hablara de una comisión que le crearían a medida nada más que para tener la oportunidad de rechazarla. Ayer lo hizo, era obvio.
Extraviado en su propio laberinto, al gobierno le queda por resolver todavía otra dificultad. Es la que está maquinándose en el PJ. Allí Carlos Menem y Carlos Ruckauf coinciden en que lo mejor que les puede pasar como opositores es que Cavallo sea incorporado al oficialismo.
Canto de sirena
«Primero destruirá la Alianza, después al propio gobierno», vaticinan. Desde hace una semana Menem y Ruckauf encargaron a Carlos Corach que entone el canto de sirena de un gran acuerdo político que termine con la inoculación del virus Cavallo en el poder. La oferta no es tan cruda: viene en el envoltorio de una agenda de gobernabilidad capaz de garantizarle a De la Rúa una mínima paz post electoral si fracasa en las urnas de este año.
Storani fue el primero en admitir esa salida, como todo lo que viene de su antecesor. Raúl Alfonsín todavía no la termina de aceptar, aunque sus prevenciones respecto de Cavallo han descendido vertiginosamente: no sólo por el rencor que comenzó a acumular contra Machinea, también porque lo han convencido de que sólo con el ex ministro de Menem sería posible salir de la convertibilidad con el dólar, que él calificó como más dañina que la represión ilegal de los '70.
A Alvarez no es necesario convencerlo: su dificultad es firmar algo junto a Menem pero Corach está a punto de encontrar el modo de llegarle al corazón. Falta De la Rúa. Aunque como siga dedicándole incienso a una deidad cada vez más imprescindible y esquiva, la incorporación de Cavallo ya no será asunto suyo. La decidirán los demás, la crisis.



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