La falacia del dólar competitivo
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El dólar alto nada tiene que ver con la competitividad. Detrás de la excusa exportadora, del antifaz industrialista, se oculta el propósito recaudador: una caja desahogada con la cual domeñar a gobernadores e intendentes y subyugar a corporaciones y votantes. Si el tipo de cambio alto fuera la condición para ser competitivo, ¿qué posibilidades tendrían países como Alemania, Suiza o Gran Bretaña? Sin embargo, mientras éstas son potencias comerciales de primer orden, nuestra participación en el comercio mundial sigue cayendo. ¿O será -como proponen desde algunas usinas- que necesitamos un tipo de cambio muy competitivo? Si ello fuera así, la solución sería ¡la devaluación permanente! (O podríamos preguntarnos por qué se quedaron en chiquitas y no devaluaron, por ejemplo, 20 a 1. Si devaluar da competitividad, nos convertiríamos así en primeros exportadores mundiales. Con seguridad ya lo habríamos sido cuando disfrutábamos la hiperinflación de Alfonsín.)
Para lo que sí ha servido el dólar alto -el peso débil- es para facilitar la adquisición de las principales empresas locales por parte de sus competidoras foráneas, llevando el valor de sus activos a precios de ganga. PECOM, Loma Negra, Alpargatas, Quickfood y otras son tan sólo la punta de lanza de un proceso que recién se inicia.
Curioso nacionalismo el de los gobiernos que hunden la propia moneda, verdadero símbolo de soberanía.
Está claro que ser competitivo tiene que ver con ser productivo, con calidad sumada a eficiencia. Y poco con una simple cuestión nominal y transitoria como el tipo de cambio: para los devaluacionistas sería imposible ser competitivo en un mundo de trueque. Ellos siempre necesitan de la competitividad aportada por los asalariados mal pagos, cobrar en moneda dura y pagar en pesos débiles. Pero, agotado ya el stock de capital que se generó en los odiosos noventa y quedó ocioso con la depresión de 2001, toda devaluación sería ahora trasladada instantáneamente a los precios.
Cabe de toda formas aclarar que nuestra escasa penetración en el comercio global no responde exclusivamente a la falacia del tipo de cambio. Aberrantes derechos de exportación, indecisa política comercial y ausencia de acuerdos comerciales en los últimos años cercenaron las posibilidades de ansiada inserción.
El proteccionismo que tanto denostamos de la Unión Europea no ha impedido que constituya nuestro segundo socio comercial en cuanto a destino de las exportaciones, en especial manufacturas. El Mercosur, en tanto, ha menguado en su papel de comprador y es hoy la única contraparte con la que tenemos déficit en nuestros intercambios; de hecho, si no comerciáramos con este bloque, el saldo de nuestra balanza comercial saltaría 30%. Pese a las ventajas comerciales que nos provee nuestra condición de socios de un mercado común, hemos quedado rezagados por detrás de EE.UU. y de China como proveedores de Brasil.
Mención aparte merece Chile. Pese al destrato del gobierno kirchnerista y la forzada caída de las exportaciones gasíferas, el excedente comercial con nuestro vecino es el mayor que tenemos con cualquier bloque o país y significa un tercio del total.
El sector externo, además, es severamente dependiente de los inusitados términos de intercambio (precios relativos de lo que vendemos versus lo que compramos) y exhibe numerosas vulnerabilidades. Aunque el precio de los productos agropecuarios se mantenga a salvo del deterioro del contexto internacional, si las compras siguen creciendo más rápido que las exportaciones y la crisis energética colapsara el superávit que aportan los combustibles (36% del total), el saldo comercial del año próximo podría reducirse a menos de la mitad. Si es cierto que pretende imprimirle a su gestión una visión más abierta al mundo que la de su marido, es conveniente que algún economista políticamente correcto le advierta a la señora Kirchner que nuestra política comercial sigue el rumbo equivocado.




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