7 de noviembre 2001 - 00:00

La paradoja argentina

En 1999, el presidente De la Rúa ganaba la elección con un objetivo de gobierno muy claro: durante su mandato presidencial llegar al «investment grade».

Dos años después, la Argentina pasó a ser el país más riesgoso del mundo, habiendo llegado al destino exactamente contrario al que se pretendía.

Hace un mes, el 10 de octubre, con 1.891 puntos en el índice que elabora JP Morgan en base a la cotización de los bonos de cada país, superó a Nigeria que tenía 1.859, país que durante los últimos meses fue considerado el más riesgoso.

La Argentina ha llegado a una situación extrema, la región se encuentra también en un momento delicado, si bien en los últimos días el fuerte incremento del riesgo que el lunes 5 de noviembre llegó a superar los 2.500 puntos, no se trasladó al resto de los emergentes y en particular Brasil, que logró mantenerse por debajo de los 1.200 puntos.

La misma semana de octubre en la cual el país se transformó en el más riesgoso del mundo en este índice, la consultora Standard & Poor's le degradó la calificación al grado más bajo CCC+ (riesgo sustancial), en la perspectiva de largo plazo.

Dos días después, Standard & Poor's rebajó la calificación de 38 empresas y 10 bancos argentinos -los más importantes del país-y las de las provincias de Buenos Aires y Mendoza.

Sobre el conjunto de 90 países que son calificados por esta consultora, con la triple C sólo hay tres: Ecuador e Indonesia -los dos entraron en default a fines de los años noventa-y ahora la Argentina.

Es así como la Argentina durante la segunda semana de octubre en forma coincidente país a ser el país más riesgoso en el índice de JP Morgan y a estar entre las naciones menos confiables en un universo de 90 para Standard & Poor's.

Días después, el gobierno de los Estados Unidos sacó al país de la lista para acceder a los créditos del Eximbank, por su incierta situación económica.

Al finalizar octubre, con el riesgo acercándose a los 2.500 puntos básicos, Standard & Poor's bajó títulos de la Argentina a la categoría CC, en una muestra más de la crisis de credibilidad que sufre el país y otras calificadoras hicieron lo mismo.

La paradoja es que pese a todo, la Argentina sigue siendo la nación con mayor ingreso per cápita de América latina y con un nivel educativo y cultural claramente por encima del promedio de la región.

Currículum

Pero la incoherencia es aún mayor, cuando se analiza el currículum de quienes tienen a su cargo la conducción del país.

El presidente De la Rúa fue el primer promedio en el secundario y se recibió con medalla de oro en la Universidad de Córdoba. Además, realizó un posgrado en Derecho Penal en Bolonia, donde egresó con muy buenas calificaciones, siendo el primer presidente argentino con este tipo de estudios en el exterior. Ningún primer mandatario de América latina tiene este récord académico.

El ministro de Economía, Domingo Cavallo, graduado con PHD en Harvard donde fue un alumno destacado, es además el economista más reconocido de América latina por su éxito al frente de la cartera económica en los noventa.

En la Cancillería está Adalberto Rodríguez Giavarini, un economista de gran prestigio, considerado uno de los mejores ministros de Relaciones Exteriores de América latina por los gobiernos del mundo occidental.

La paradoja es que con un equipo de gobierno que bien puede ser calificado como el mejor de América latina por sus antecedentes académicos, la Argentina tiene el peor riesgo-país del mundo y la calificación de confianza económica más baja.

Se trata de una dramática incongruencia, que sigue dando actualidad a aquella frase del filósofo español José Ortega y Gasset, quien al observar a los argentinos en los años treinta, sintetizó su mirada crítica en la frase «argentinos a las cosas».

Decía este sagaz observador hace ya siete décadas, que los argentinos se caracterizaban por ser personas muy cultas e inteligentes, con gran capacidad para el debate, la discusión y la conversación, pero que cuando tenían que resolver problemas concretos fracasaban estrepitosamente.

Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero el fracaso argentino del año 2001, da plena actualidad a la afirmación del filósofo español.

Cabe recordar que un año atrás, el 10 de noviembre el Presidente inauguraba el coloquio anual de IDEA, con una situación que parecía «límite», con el riesgo-país llegando a los 1.000 puntos y saqueos violentos en el norte del país, anunciando el programa para el «blindaje». Entonces el país crecía a 1,5% anual y la tasa de desempleo superaba 14 por ciento.

Un año después, se inaugura la reunión anual de la entidad, con el riesgopaís a más del doble que entonces, el PBI cayendo a 3% anual y desempleo acercándose a 20%, siendo la reestructuración de la deuda el programa con el cual se intenta conjurar la crisis.

Sólo una enérgica actitud que vuelque las energías al hacer, dejando a un lado las diferencias, las pugnas y los debates inconducentes, puede sacar a la Argentina de la aguda crisis que está viviendo.

Sin un marco político y social que refleje este cambio de actitud, no es fácil que las medidas lanzadas en los primeros días de noviembre, puedan convertirse en el punto de inflexión de la crisis argentina.

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