27 de febrero 2003 - 00:00

Los salarios del "nuevo modelo"

Con el actual nivel de salarios no puede haber ningún plan económico sustentable porque como dice el refrán «del mismo cuero salen las lonjas». Un salario de $ 1.000 de diciembre 2001 cayó a $ 270, medido en la misma moneda (1).

El salario debe alcanzar para pagar alimentación, vestuario, salud, educación, vivienda, transporte, servicios públicos domiciliarios, esparcimiento, sostener el Estado (nacional, provincial y municipal) y hacer frente a las deudas, privadas y públicas. Además, debería sobrar para destinar una parte al ahorro para la vejez u otros fines.

Aunque la manipulación de la opinión pública pretenda desviar su atención, gran parte de esos rubros debe afrontarse en moneda dura, cuyo valor no depende del presidente ni del Congreso. Los bienes que se importan o exportan, las deudas, las inversiones necesarias para hacer posibles los consumos, o la energía, por ejemplo, valen en moneda fuerte. Se pueden deformar los precios relativos durante un tiempo, pero no indefinidamente.

• Común denominador


En el modelo de la convertibilidad existía un común denominador para salarios, impuestos y deudas, bajo la premisa de que el Estado debe cobrar los impuestos en la misma moneda en que tiene expresadas sus deudas. Para que pueda hacerlo, los ingresos de la población deben corresponderse con la moneda en que deben afrontarse las cargas, ya que es sabido que la riqueza del Estado es derivada y no originaria, dependiendo exclusivamente de la vitalidad de la sociedad civil, del desarrollo de los negocios, del nivel de empleo, del nivel de ingresos de la población; en definitiva, de la inversión y el consumo. Ello no cambiaría aun cuando se torciera la Constitución para convalidar la pesificación confiscatoria, tanto de los depósitos bancarios como de la parte de la deuda pública regida por ley argentina, ya que aunque una parte de la deuda bajara por la aludida pesificación (la que tiene como acreedores a los argentinos), la otra parte (de la que son acreedores los extranjeros) es y será en dólares. Incluso si la parte de la deuda externa regida por ley extranjera que detentan los particulares (bonos) bajara por efecto de una quita fenomenal, la otra parte de la deuda externa regida por tratados internacionales no bajaría (FMI, BM, BID, etc.). Es de suponer, además, que los BODEN dolarizados que acaban de entregarse a los depositantes defraudados tampoco serían pesificados ni tendrían quita alguna. Y debe computarse el aumento de la deuda derivado de las compensaciones reconocidas a los bancos.

En el «nuevo modelo», en cambio, la moneda que rige para salarios e impuestos es una y la que rige para las deudas es otra. De allí su inconsistencia, que hubiera estallado desde el mismo día de su lanzamiento de no haberse confundido a la opinión pública con la pesificación, que dividió a deudores de acreedores, colando el nuevo modelo entre la confusión de cacerolas y piquetes. Los deudores que sintieron el alivio de la pesificación saben que no tendrán más crédito por mucho tiempo, pero aprovechan la oportunidad. Los acreedores (depositantes, AFJP, etc.) ven diluirse sus créditos entre la bronca y la impotencia, sólo atenuadas por el comportamiento ejemplar de la Justicia.

Además, lo que no encaja en el nuevo modelo, se patea para más adelante. Ajustes de tarifas, aumentos de salarios, fallos de inconstitucionalidad de las barrabasadas cometidas, negociación de la deuda, etc.

Pero debemos estar atentos para que toda la hojarasca no nos tape el bosque. Lo que se está decidiendo en los grandes centros financieros y en el núcleo del poder político y económico local es el nivel de salarios que tendrá el país. ¿Seremos un país de ingresos medios altos, $ 8.000 (dólares o pesos convertibles) anuales
per cápita, como ocurriera durante la convertibilidad? ¿O seremos un país de ingresos bajos, $ 2.500 (dólares o pesos convertibles) anuales per cápita, como nuestros «hermanos» brasileños?

Si respetamos nuestras reglas constitucionales, parte del capital fugado por el miedo regresará al país, y lo primero será posible. Cualquiera sea el régimen cambiario, podremos disponer de un plan sustentable que suponga crecer, desarrollarnos, integrarnos y atender la catástrofe social.

Si por el contrario se consolida el nuevo modelo de bajos salarios, y las transferencias de ingresos de los trabajadores, jubilados y ahorristas argentinos a favor de los deudores, exportadores, bancos y tenedores de dólares, se tornan irreversibles, el ahorro nacional habrá recibido un golpe fatal, el consumo doméstico tardará años en recomponerse y las tensiones periódicas impedirán construir un plan sustentable por mucho tiempo, pasando de estabilidades precarias a desabastecimientos,
tarifazos, inflación y recesión, con los encuentros y desencuentros consiguientes entre nosotros y con el mundo.

Nos enfrentamos al mismo dilema que tuvimos a fines de los ochenta y que entonces resolvimos a favor del
salariazo, que en parte fue producto de aumentos nominales, pero sobre todo fue consecuencia de la revalorización del peso. Si tomamos la decisión correcta, la apreciación del peso hará gran parte del trabajo, aunque sin duda será necesario, además, un importante aumento nominal de los salarios. Con un dólar de $ 2,50 (2), el aumento de salarios debe ser del orden de 100% para llegar apenas a 80% de lo que eran al mes de diciembre de 2001.

Si se recomponen los salarios en moneda dura, no es necesaria
pesificación alguna para poder afrontar las deudas; ni atraso tarifario de los servicios públicos, retomándose los niveles de inversión imprescindibles; ni vivir en default, encareciendo el crédito al infinito; ni carecer de lo esencial o condenar a millones de personas al clientelismo más humillante. Como acaba de decir sin pelos en la lengua Juan Llach, el lobby a favor de la devaluación del peso «es inmoral y vergonzoso».

(1) Pesos convertibles o dólares.
(2) De acuerdo con la relación de reservas/circulante, el valor es de $ 2,11 por dólar.

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