30 de septiembre 2008 - 00:00

Nadie se suicida frente a la urna

John McCain
John McCain
Sorpresa, temor sobre el futuro, comparaciones con la crisis argentina de 2001-2002, aclaraciones al público preocupado sobre la garantía con la que cuentan los depósitos de hasta 100.000 dólares... Una mezcla vertiginosa de sentimientos, datos e información sobre el derrumbe de los mercados financieros entregaban ayer a la tarde los medios de comunicación estadounidenses, confundidos tras el rechazo de la Cámara de Representantes a un plan de salvataje bancario que apenas 24 horas antes había sido presentado como un acuerdo bipartidario a prueba de díscolos. Lo que no se calculó es que la política metería la cola. Hay que tener en cuenta que faltan sólo 35 días para las elecciones del 4 de noviembre, y que en ellas no se votará sólo por los nuevos presidente y vicepresidente de Estados Unidos, sino que se renovarán las 435 bancas de la Cámara de Representantes y 34 de las 100 del Senado. Así, fueron muchos los legisladores que ayer pensaron en su necesidad de ser reelectos y que no quisieron correr riesgos ante los electores de sus circunscripciones, que los abrumaron con llamados telefónicos y mensajes de correo electrónico en los últimos días para protestar contra un plan que, sienten, rescata a los irresponsables de Wall Street a costa de sus bolsillos. Esa fue la percepción pública sobre el plan que describieron las encuestas en los últimos días, percepción influida (en la Argentina lo sabemos bien) por el hecho de que la crisis no ha llevado a la quiebra todavía a un gran banco minorista ni ha licuado depósitos o fondos de pensión.

El jueves pasado, cuando ya quedaban más o menos claros los lineamientos de lo que se votaría en el Capitolio el fin de semana, reformando el proyecto inicial de George W. Bush y Henry Paulson, un sondeo difundido por la agencia «Associated Press» indicaba que sólo 30% de los consultados apoyaba el rescate, contra la oposición de 45%.

La rebelión de ayer de los diputados resonó fuerte en la Casa Blanca, en los liderazgos legislativos de los dos partidos y, acaso lo más significativo, también en los cuarteles de campaña de John McCain y Barack Obama, quienes, aunque sin apasionamiento, habían apoyado públicamente el paquete abortado. La aspiración de Bush de liderar aunque sea mínimamente ya es una causa perdida, pero seguramente inquieta a los candidatos la violencia de la tormenta financiera que deberán capear, así como las dificultades que encontrarán para alinear a sus propias tropas legislativas en caso de llegar al poder. El mensaje les llegó ayer demasiado claramente.

Son sólo doce votos los que habría que torcer en las nuevas negociaciones encaradas en la Cámara baja norteamericana tras el fracaso de ayer. El no al plan de rescate para Wall Street naufragó por 228 votos contra 205 y un cambio de postura de esa cantidad de legisladores implicaría, en una nueva votación, un ajustado triunfo del sí por un solo voto.

¿Pero, alcanzaría a esta altura con un consenso tan exiguo para alumbrar un paquete de volumen sin precedentes y sin garantías plenas de que vaya a funcionar?

De esos 228 rebeldes, 133 fueron republicanos y 95, demócratas. Esto significa que, aunque la revuelta fue especialmente dura en el partido de gobierno (su legisladores actuaron casi asumiéndose como oposición a partir del 4 de noviembre) en realidad se trató de un fenómeno bipartidario. Explicable, como se dijo, por motivos políticos y electorales, pero también ideológicos.

Los republicanos conservadores que votaron no, alegaron que no pueden tolerar una intervención tan masiva del Estado en el funcionamiento del mercado, tan gravosa para los contribuyentes y que dará lugar a nuevas y severas regulaciones. Para los demócratas ubicados más a la izquierda era inaceptable rescatar a Wall Street con dinero de la gente y, con ello, permitir que se salieran con la suya los «traders» y ejecutivos irresponsables y la permisiva administración Bush. En definitiva, ni a unos ni a otros les preocupó demasiado que sea el desacreditado mandatario el que pague todos los platos que se le rompieron en las manos.

Luego, claro, hubo reproches cruzados. Puerilmente, el liderazgo republicano de la Cámara culpó a la líder demócrata, Nancy Pelosi, por haber pronunciado un discurso demasiado «partidario» que espantó a muchos legisladores oficialistas. Luego, McCain acusó a Obama de haberse antepuesto a los intereses del país, y el segundo le respondió afirmando que las «airadas diatribas» de su rival «no lo excusarán de su errática respuesta a la mayor crisis financiera de nuestra época». Pero, ¿qué dirán ahora uno y otro de sus intentos de presentarse como los artífices del acuerdo cuando, pocas horas atrás, nadie sospechaba que éste se caería? Bush, los bancos de Wall Street y los norteamericanos y no norteamericanos que enfrentarán lo que se viene no serán las únicas víctimas de la crisis. Esta también le costará las ilusiones a uno de los candidatos. E, incluso al que gane, lo atormentará en buena parte de su gestión.

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