4 de noviembre 2005 - 00:00

No estamos en proceso inflacionario clásico

Los aumentos de costo de vida actuales contienen aspectos singulares que conviene aquilatar detalladamente. La inflación clásica está originada en una huida del dinero, hacia el dólar y los bienes: oferta excedente de pesos y demanda excedente de divisas y bienes. En cambio, los aumentos de precios actuales vinieron acompañados por una huida del dólar al peso. Tuvimos demanda excedente de pesos y oferta excedente de divisas, una tendencia a la apreciación del peso, desequilibrio contrario al alza de precios. Por eso es que no enfrentamos una inflación clásica. La demanda excedente de pesos siempre presiona los precios hacia la baja.

¿Por qué suben los precios, entonces? Porque prevalece otra fuerza: el crecimiento relativo de la demanda global de bienes, servicios e insumos, especialmente los no transables internacionalmente, contrapartida de la mayor confianza. Nótese que incluso las exportaciones arrastran la demanda de insumos locales, antes menos solicitados. Entonces, muchos recursos que estaban desocupados están siendo requeridos, con mejores retribuciones. ¿A qué se debe este fenómeno? Para entenderlo, debemos repasar nuestro pasado reciente, recurriendo a la información del INDEC.

•Inflación reciente

El cuadro I muestra que los índices de precios eran ligeramente inferiores en 2001 a los de 1996. Contrariamente a las versiones difundidas por opinadores destacados, los precios relativos entre ambos índices no mostraban distorsiones ostensibles, en 2001. Otra observación interesante es que, en el período 1996-2001, en total libertad de precios y funcionamiento de las instituciones democráticas, sin acuerdos sectoriales ni comisarios de precios, no hubo alzas sino disminuciones de precios. El supuesto culposo poder oligopólico de los grandes supermercados no se hizo notar.

En este sentido, experimentos de laboratorio confirman la consistencia del equilibrio competitivo en mercados con sólo tres o cuatro oferentes, contrariando la teoría neoclásica, como expongo en el libro «La Riqueza de los Países y su Gente. Las tremendas asimetrías de ingresos», recientemente publicado. Esos experimentos le valieron el Premio Nobel a Vernon Smith, en 2002. Los supermercados y otras empresas no son más que mensajeros de una situación.

La devaluación de enero de 2002 altera dramáticamente el cuadro y la inflación muestra su horrible cara. Pero lo hace de modo harto desigual. Mientras los precios mayoristas casi copiaron el recorrido de la devaluación, 153% contra 200%, los precios al consumidor quedaron bien rezagados, apenas 68%.

Los salarios nominales evolucionaron como lo muestra el cuadro II. El poder adquisitivo de los salarios del personal registrado en el sector privado no sufrió pérdidas, si se los compara con el IPC. En cambio, el de los no registrados y los empleados del Estado se contrajeron en 26% al mes de agosto de 2005. Pero el alza de los precios mayoristas, a un ritmo doblemente más veloz, convirtió en inaccesible la canasta mayorista para todos los asalariados, cosa que no ocurría en 1996-2001.

• El dólar es referente

No obstante la opinión de muchos expertos, el dólar es la unidad de referencia de los argentinos. Una vez devaluada la moneda -el dólar multiplicado por tres- no puede sorprender que los precios copien esa variación, desfasados en el tiempo según evolucionen la demanda, oferta e instituciones. Los bienes y servicios transables retornan rápidamente la normal relación -confirman los precios mayoristas- porque tienen mejor acceso a la protección de los mercados custodiados por las leyes del Primer Mundo. En cambio, los no transables, irremediablemente sometidos a nuestras cambiantes normativas, quedaron desprotegidos y desocupados. Ahora, a medida que recuperamos la confianza en los sistemas de pagos y el régimen de propiedad privada, nos damos crédito, concretamos nuevos negocios. Se expanden la demanda y oferta globales -esto es, la propiedad-, suben los salarios, los menos ocupados vuelven a producir. Los precios al consumidor buscan retomar el equilibrio perdido. En esas circunstancias, intentar contener la demanda global, dejando caer el tipo de cambio, o decidiendo otras medidas restrictivas, impondría una nueva alteración de expectativas que volvería a expulsar a miles de seres humanos con ninguna responsabilidad en su falta de trabajo.

•Conclusiones

1. No estamos frente a una inflación tradicional, sino a una recuperación económica que irrumpe para restablecer los equilibrios de precios y salarios. Los precios al consumidor y los salarios están aún muy rezagados tanto en términos de precios mayoristas como de dólares.

2. La demanda monetaria excedente está incidida por expectativas, instituciones, sistemas de pagos, superávit fiscal y la política financiera. De ocurrir cambios de éstos, se alteraría la situación y la marcha de las variables principales. Insistir en contener los precios minoristas es una batalla perdida, si se mantiene la recuperación de la confianza. Si se contuviesen esos precios, millones de desocupados, marginales y de la clase media quedarían sin esperanzas.

3. La causante principal de los mayores precios es la devaluación decretada en 2002. No fueron los supermercados ni otros actores económicos, que no tienen poder para elevar los precios, como demostraron la experiencia de la convertibilidad y los datos de laboratorio mencionados. La recuperación de la actividad conlleva restablecer equilibrios perdidos en este lapso, la plena vigencia de las instituciones y libertades de nuestra Constitución.

4. Es sumamente peligroso para la democracia que funcionarios del Estado interfieran la marcha libre de las actividades. Evoco palabras del prestigioso periodista norteamericano Walter Lippmann: «En una sociedad libre el Estado no administra los negocios humanos. Administra la Justicia entre hombres que conducen sus propios negocios». Atacar a una actividad sobre la base de preconceptos neoclásicos desmentidos en laboratorios reputados mundialmente es contrario a las funciones del Estado y muy costoso para nuestra gente. Los mecanismos de precios transmiten información muy valiosa para los agentes económicos. Intentar contener sus mediciones impone obstrucciones a la producción global-y riqueza.

5. Los funcionarios del Estado critican asiduamente a las empresas privadas y califican como desproporcionados a sus precios. Pareciera que en nuestro país fuese mucho más sencillo ser empresario que funcionario. Pues no aplican igual criterio para evaluar el costo y calidad de los servicios que ellos prestan, como seguridad, educación, salud. La ciudadanía debería exigirles el uso cuidadoso de los recursos confiados para poder reducir el costo del Estado y, así, hacer algo efectivo para contener los precios.

6. Uno de los bienes públicos más sustanciales es la estabilidad de la unidad de cuenta. Cansados de promesas incumplidas, los argentinos convirtieron al dólar en su unidad de medida. Presionar con artilugios transitorios para mantener los precios internos y salarios devaluados en dólares sólo trae pérdidas del ingreso global, para beneficio de sectores estrechos. A pesar de una recuperación tan favorable, como la de 2002-2005, nuestro ingreso por habitante en dólares corrientes es todavía la mitad del de 1998.

Dejá tu comentario

Te puede interesar