No hay que ser keynesiano, sino aplicar el sentido común

Economía

Las ventas minoristas en los comercios pymes vienen cayendo sistemáticamente desde 2012. En seis años, solo en 2015 hubo un repunte, pequeño, y en los demás siempre fueron más comercios en baja que en alza.

Según el indicador mensual de CAME, en 2017 se vendió 14,5% menos que en el año 2011 cuando las ventas alcanzaron un valor máximo (a precios constantes). Y de continuar la tendencia desfavorable de este año, a fines de 2018 se estaría vendiendo 17% menos que aquel año.

Cuando se miran esos números, no queda muy claro ¿cómo es posible que haya bajado tanto el consumo de bienes en esos comercios? Pero sí. Y son varios los factores que empujaron esa caída. Uno es la transferencia de ventas desde las pymes hacia los grandes comercios. Si bien es cierto que muchos grandes también registraron caídas importantes de rentabilidad, en todos estos años tuvieron mejores acuerdos con los bancos para captar ventas, mejores políticas de precios permitidas por sus escalas, y se apalancaron gratuitamente en sus proveedores pymes, pateándoles pagos, imponiendo peores condiciones de compra, y obteniendo así margen para ganar participación de mercado con mejores estrategias de venta.

Basta mirar los datos de consumo en supermercados y shoppings del INDEC: desde 2012 siempre les ha ido mejor que al comercio pyme. Y eso no se modificó en 2018.

Mientras las ventas en los comercios pymes acumulan una caída de 3,2%, en los shoppings acumulan un aumento de 9,1% y en los supermercados, aunque más leve, suben 1,3%. Algún intérprete de números optimista podría cuestionar las estadísticas de los comercios minoristas. Y cierto que no es fácil relevar el comercio pyme, donde los resultados son muy heterogéneos. Pero cualquier sondeo hoy va a encontrar predominancia de comercios en baja y una minoría en alza.

Mercados informales

En el otro extremo, también hubo un crecimiento fuerte desde 2012 sobre todo, del comercio informal. Un recorrido por Buenos Aires, el conurbano y el interior, muestra la cantidad de mercados sociales, ferias ilegales (las llamadas saladas o saladitas) y muchas otras ferias reguladas desde los municipios para contener el desempleo, que hoy son un centro de consumo de muchos sectores sociales que no pueden acceder a los precios formales del comercio. Ahí está buena parte del desempleo encubierto que no captan las cifras de desocupación del INDEC. Una de las paradojas de esta economía pobre, porque también ahí se pueden encontrar parte de las ventas que perdieron las pymes.

Hay más cuestiones que explican la situación critica del comercio. La primera, es que las familias de clase media y clase media alta, que son las que más demandan de ese segmento de empresas, vienen desde 2016 destinando un porcentaje mayor de sus ingresos al pago de servicios (luz, agua, transporte, combustible entre otros), y la incertidumbre además, los hace resguardar los pesos que les sobran en dólares, ya sea para protegerse de subas en el tipo de cambio o por temor a perder su empleo. El comercio no estaba preparado para perder esas ventas, porque en su dinámica actual, necesitan altos volúmenes de rotación de productos para cubrir sus costos y sostener la rentabilidad.

La segunda, es la diferencia de precios con países vecinos como Chile, Paraguay, o economías cercanas como EE.UU. Si bien el nuevo tipo de cambio desalentó ese turismo-shopping, durante varios años (y parte del actual) el comercio pyme perdió ventas en esos mercados porque las brechas de precios eran muy altas, y posiblemente esa situación volverá a repetirse en el futuro cercano. Lo sufren especialmente los comercios de ciudades de frontera.

Y la tercera, posiblemente de más peso hacia adelante, es que durante años las familias anticiparon consumo y acumularon deudas con los bancos que hoy se les dificulta pagar. Más aún, consumir con las tasas actuales, que superan al 70% con tarjetas de crédito, llegan al 100% en bancos de primera línea para un crédito personal y superan al 200% en entidades de segunda o tercera línea, implica pérdida de bienestar garantizada, pérdida de ventas del comercio y una mayor transferencia de ingresos desde las familias al sistema financiero.

No hay que ser keynesiano

Es cierto que cuando caen tanto las ventas del comercio pyme, los números parecen exagerados. Y siendo realistas, puede existir cierta sobreestimación de la caída sobre todo en el comercio más chico, que suele medir más intuitivamente. Pero punto más punto menos, la realidad del comercio es extremadamente delicada y hay que atenderla.

Detrás del comercio pyme, hay 1,3 millones de empleos formales, sumados a otro medio millón de informales. La caída de ventas los encuentra con poca liquidez, con altos costos y rentabilidad muy baja en la mayoría de ellos. Algunos innovadores le encontraron la vuelta, otros más audaces incorporan nuevos procesos, otros prudentes eficientizaron gastos, pero el 80% quedó inmóvil frente a la crisis, porque no le encuentra la vuelta, por falta de recursos, porque las deudas lo apremian, porque el desánimo le ganó de mano, porque no pudo reaccionar a un mercado que se está concentrando cada vez más en manos de quienes están en mejor posición financiera y sacan ventaja de la crisis. Porque esperan una recuperación que no llega mientras se van descapitalizando y su capacidad de reacción cae.

El Estado, en su comprensible necesidad de bajar el déficit, no está reparando en ellos, al contrario, los acosa y asfixia más desde la AFIP. Sacó una moratoria que es tan confiscatoria con sus tasas como un crédito bancario. Si reparara en ellos, usaría su mejor herramienta, la tributaria, para descomprimir esa carga, evitar que sigan cerrando negocios, que se sigan concentrando el mercado, que siga creciendo la informalidad, proteger el empleo, y empujar el crecimiento. Hay que poner la economía a rodar. Y cuando el mercado no tiene fuerza, se necesita del Estado. Eso no lo dice Keynes. Lo dice el sentido común (al menos el de algunos).

* Es investigadora de la UBA y directora de CERX

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