24 de diciembre 2003 - 00:00

No se necesita plan económico

Dado el historial de planes y «paquetes» económicos que tuvimos y a veces sufrimos en nuestro país, empecemos por entender que el reclamo de un plan económico es lo que, según algunos, haría falta para lograr el crecimiento tan esperado.

Desde el punto de vista de los mecanismos para lograr ese crecimiento existe una vieja discusión en la economía que aparece como una dicotomía y que no es tan real: si el impulso se provoca a través de un aumento de la demanda agregada, o si lo es a través de un impulso a las inversiones.

Este punto de vista, para el cual se utilizan ejemplos de varios países en distintos momentos históricos, parece acrecentar las diferencias y justificarse desde un punto de vista teórico. No pretendo participar de esa discusión, justamente porque es fácil de entender que un aumento en la demanda puede provocar un crecimiento sólo coyuntural si no es acompañado por un crecimiento también de la inversión, y a la vez, es dudoso suponer que se tomen decisiones de inversión si no se prevé transformar el crecimiento coyuntural en un aumento de demanda.

No es casualidad que la ecuación básica de las cuentas nacionales esté representada por la suma de consumo más inversión (más gasto del gobierno más exportaciones, menos importaciones, y otros elementos proporcionalmente de menor incidencia). Los dos conceptos aparentemente en pugna hacen al ingreso, y si no alcanza con el ahorro nacional, se debe recurrir al ahorro (inversión) externo.

Lo que no se puede confundir es que, si se pretende reactivar la economía vía un aumento de la demanda, debe ser de la demanda medida en términos reales, esto es, por un aumento del poder adquisitivo de los ingresos. Este poder adquisitivo disminuyó, con la inflación que se produjo como efecto de la devaluación, en 45,5%, para la canasta básica, y los aumentos nominales que se dieron a los trabajadores formales no alcanzan ni mucho menos para compensar la disminución de la demanda agregada en la economía.

• Efecto principal

Esto es una forma clara en la que se demuestra que el efecto principal de una devaluación es la caída del salario real, que a la vez es el «impuesto» más regresivo, porque afecta a los sectores de menos recursos, ya que aumentan más los productos que más consumen esos sectores de la sociedad. El problema, en reducidas cuentas, es que para provocar un verdadero aumento de la demanda sería necesario un aumento mayor de los ingresos, que harían esterilizar la devaluación ya que si se traducen en aumento de precios domésticos por aumentos en los costos (esto no es una regla de hierro, pero es un riesgo), harían bajar el tipo de cambio real, y terminarían provocando nuevas presiones devaluatorias.

Por el lado de las inversiones la cuestión es otra. En primer lugar, lo que hace falta es reconocer que hacen falta, tanto nacionales como extranjeras, y luego, alentarlas dándoles ciertas garantías. Lo menos que puede pretender alguien para decidir hacer una inversión es cierta seguridad de mantenerla y además, claro, de obtener beneficios. De ninguna manera hablo de garantías del Estado, muy por el contrario, ya que la actividad privada tienes sus riesgos.

La cuestión es que no se cambien las reglas de juego, que se respeten los contratos y las leyes que regían cuando se decidieron hacer las inversiones. Es bueno tener en cuenta además que la famosa «fuga de capitales» no es por individuos delincuentes que subrepticiamente se llevan capitales mal habidos sino exactamente por el efecto contrario que provoca atraer a las inversiones: así como la seguridad genera el ingreso de inversiones, la inseguridad genera su éxodo, para resguardarlas.

Esto es lo que me lleva a pensar ahora no tanto en si tenemos o no un plan económico sino en si hace falta uno. Y mi opinión es que no. Claro que se pueden tomar algunas medidas como la apertura económica para favorecer el comercio internacional, otras medidas para favorecer el empleo, sobre todo con las pymes que son las que más lo generan, otras para reducir la evasión, algunas para mejorar la seguridad social (jubilaciones), etcétera.

Pero me permito una sugerencia: por favor, no se les ocurra hacer un «paquete» económico rimbombante, y mucho menos bautizarlo (plan austral, primavera, convertibilidad, devaluación competitiva, etcétera). Simplemente copiemos, pero copiemos lo bueno. En marketing se llama «benchmarking» a una metodología basada en imitar las medidas exitosas de empresas a las que les fue bien. Hagamos eso, simplemente eso, sin inventar nada.

El verdadero y novedoso plan económico que necesitamos no tiene nada de novedoso y poco de económico, inclusive podríamos no tener Ministerio de Economía, como en muchos países. El mejor plan económico hoy sería tener un plan jurídico que además sería sencillo. En pocas palabras, el respeto a la Constitución y a las leyes.

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