Si se reduce el conflicto desatado entre Brasil y Bolivia por la nacionalización de hidrocarburos dispuesta por Evo Morales a una cuestión de dinero, la cumbre que se realizará hoy en Puerto Iguazú debería estar reducida a los mandatarios de esos dos países. Lo que está en discusión es el precio del gas boliviano que consume el mercado paulista. Es un problema grave, sin duda. Pero Morales se vio obligado a aclarar que no habrá desabastecimiento para los consumidores brasileños. Y sus subordinados del sector, desde el ministro Andrés Soliz Rada hasta el presidente de la estatal YPFB, Jorge Alvarado, hicieron acotaciones más amigables. A tal punto que la prensa se sintió habilitada para referirse a una «nacionalización negociada».
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¿Por qué, entonces, en la reunión de hoy estarán también Néstor Kirchner y Hugo Chávez? En el caso de Kirchner, es cierto que la Argentina depende, aunque en una medida mucho menor que Brasil, de la provisión del gas boliviano y que el precio de ese producto está atado al que paguen los clientes de San Pablo. Pero el Estado nacional no está involucrado patrimonialmente en el problema. Al contrario, Alvarado ayer mencionó que ENARSA, la todavía fantasmagórica compañía que acuna el gobierno argentino, será parte del nuevo régimen que se le quiere imprimir desde La Paz al negocio energético.
Si en el caso de la Argentina la participación presidencial en el encuentro luce algo exagerada, en el caso de Chávez no llega a explicarse en la decisión boliviana de nacionalizar el gas y su comercialización.
En cambio todo cobra un sentido más armónico si se advierte que la cumbre de hoy está destinada a evaluar un problema político que se fue agudizando durante el último año: existe en Sudamérica una crisis de liderazgo que viene aprovechando Chávez de manera llamativa y riesgosa. De eso van a hablar hoy los presidentes en Puerto Iguazú de manera «franca», lo que en el lenguaje diplomático quiere decir «dura».
La escena del ejército boliviano ingresando en los campos de la estatal Petrobras integra, con todo su dramatismo, una secuencia en la que el gobierno brasileño quiere ver un movimiento deliberado de Chávez. Hace apenas un año, la diplomacia de Itamaraty soñaba con una Comunidad Sudamericana de Naciones que, liderada por Brasil, sería la base territorial capaz de justificar el ingreso del país al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas como miembro permanente. Contra el consejo de opositores como Fernando Henrique Cardoso y quien fuera su canciller, Luiz Felipe Lampreia, el Planalto reclamó explícitamente el liderazgo de la región. La salida de escena de los Estados Unidos, cuyo gobierno está más que atareado en liquidar disputas en otras zonas del planeta, parecía favorecer esta vocación por prevalecer de Lula y su ministro Celso Amorim.
Al cabo de tan poco tiempo, aquel procesode integración ofrece resultados muy distintos a los esperados. Y no por la acción de factores inevitables sino por la intervención deliberada de Chávez. El presidente de Venezuela comenzó por involucrarse en la política interna de otros países. En la Argentina hay organizaciones completas de piqueteros que dependen de su generosidad, como se demostró en la fatídica « anticumbre» que organizó para él Kirchner en noviembre pasado. En Perú, esa tendencia a gestionar una política exterior facciosa terminó en la escena desopilante del bolivariano mostrando un billete por televisión para confesar su temor a que, en cualquier cumbre presidencial, Alan García se lo robe si se convierte en mandatario de su país en lugar de su ahijado, el nacionalista Ollanta Humala. Si la Comunidad Sudamericana de Naciones iba a ser la articulación entre la Comunidad Andina y el Mercosur, Chávez se encargó de astillar a ambos bloques. De la CAN se separó él mismo, insultando al gobierno de Perú y alejándose del de Colombia, inquieto por las pérdidas comerciales que representarían para Venezuela los tratados de libre comercio que en esos países negociaron los Estados Unidos. Al Mercosur le introdujo una dosis adicional de discordia echando sal sobre las heridas de paraguayos y uruguayos en contra de Brasil y la Argentina, hace dos fines de semana. Este rosario agregó otra cuenta el sábado pasado, cuando Chávez -es la sospecha de todos- terminó de decidir a Morales sobre la conveniencia de nacionalizar los hidrocarburos sin aviso previo, ofreciéndole el auxilio de los ingenieros de PDVSA que, por otra parte, trabajan en La Paz desde la llegada al poder del cocalero.
Ante este panorama, la pregunta que hay que formularse es sencilla: ¿quién lidera la región? Hace un año, la diplomacia brasileña se hubiera señalado el pecho, aún para que Kirchner y (por entonces) Bielsa salieran a quejarse de que «Lula quiere poner hasta al director técnico» de un imaginario seleccionado internacional. Ahora la respuesta es muy distinta: Chávez ejerce el liderazgo, sólo que por la vía de la inestabilidad y la disolución. Dicho en otros términos, su billetera de petrodólares exhibe una capacidad de operación internacional que deja en desventaja a cualquierotro gobierno. A tal puntoque hoy uno de los ejes de la disputa por el poder en México es el auxilio financiero que el venezolano está dando al candidato opositor Andrés Manuel López Obrador. Que el dinero del emirato bolivariano fluya por la política mexicana determina problemas ya no en el Mercosur o en la CAN sino que rasguña las espaldas de los Estados Unidos.
Estas novedades deben haber sido decisivas para que Condoleezza Rice dijera ayer, desde el Council of the Americas, junto a Tabaré Vázquez y casi con sorna, que esperaba la ayuda latinoamericana para frenar al nuevo populismo que avanzaba por la región de la mano de Chávez y Fidel Castro. Eso sí, no mencionó a Morales. Pero es posible que tuviera presente la cumbre de Puerto Iguazú cuando habló de ese modo.
Los presidentes que se reúnen hoy a las 10 discutirán el problema del orden sudamericano a partir de este conflicto por la supremacía que ha planteado Chávez. No están claras las razones por las cuales su aspiración se ha visto tan facilitada. Hay quienes sospechan que, una vez que estalló el escándalo de corrupción conocido como «mensalao» en Brasil, Lula y su gobierno debieron abandonar cualquier ensoñación internacional y limitarse a controlar el juego interno para evitar la caída. En el caso particular de Bolivia, se agrega la miopía con la que Brasilia y Buenos Aires encararon el problema del comercio energético. El presidente de Repsol, Antoni Brufau, se lo debe haber dicho una vez más a Kirchner ayer, cuando lo visitó para clausurar un ciclo de malos entendidos. Fue una charla clave para el viaje que el Presidente emprende hoy: Repsol es otra víctima importante de Morales.
Pero también en esa hostilidad hacia el presidente boliviano Lula y Kirchner parecen haber sido, paradójicamente, víctimas de Chávez. Intentaron correr con la vaina de un fantasioso gasoducto originado en el Caribe a un líder indígena que, como Morales, está amenazado no sólo por la caída en las encuestas (12% desde que llegó al poder) sino también por los atisbos de secesión de Santa Cruz de la Sierra, donde se extraen las riquezas del subsuelo del país (razón principal de la intervención militar del lunes sobre los campos de explotación). En el caso del gobierno argentino, hasta se ufanó de poder prescindir del gas de Bolivia sustituyéndolo, con costos siderales, por el que fluiría desde Camisea en Perú. Una broma de Ricardo Lagos en la que Kirchner cayó gracias al candor -llamémosle así- de su ministro Julio De Vido. Claro, el venezolano tiene gas suficiente como para jugar con el malhumor aimara. Y el chileno no podía aspirar a ese tesoro. En cambio Kirchner y Lula dependen de él.
Sin embargo estas debilidades y torpezas tal vez no alcancen a explicar la crisis regional que se ha desatado. Hoy Kirchner y Lula harán un nuevo esfuerzo para reponer el vínculo Brasilia-Buenos Aires como eje estabilizador de la región. Pero seguramente necesitarán otras operaciones para recrear el orden anterior. En principio, recuperar la calidad técnica de la diplomacia en una Sudamérica demasiado sometida a la improvisación de líderes adinerados y, en general, demagógicos. En el caso de Lula, acaso valga la pena que examine otro desafío: el de alinear su política exterior con los intereses de un país cuyas empresas pretenden internacionalizarse. A la larga, una gestión regional como la de Lula, que se inhibió poco por sembrar ínfulas revolucionarias entre los vecinos -¿quiénes invitaron a Venezuela al Mercosur?- descuidó el entorno de estabilidad que requieren los negocios. Una contradicción que se hizo ostensible en las últimas 48 horas, cuando fue difícil distinguir si la política internacional de Brasil debe ser la conexión revolucionaria que demanda la carrera electoral del empañado PT o si, en cambio, es la que exigen las urgencias capitalistas de Petrobras, cuyo presidente les aseguraba ayer a los mercados que llevará al cocalero Morales a los tribunales de Nueva York.
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