Otro pacto diabólico: Cristina y filósofos

Economía

En estas horas Cristina Fernández, que también ha encontrado quien le arme su congreso de Filosofía, baraja borradores de los asesores que le preparan el discurso de cierre de la tenida organizada por la Universidad Nacional de San Juan que dirá el próximo 12 de julio. Tiene tanto para justificar que ha pedido ayuda a periodistas y profesores que quieran acercar argumentos que hagan pasable lo que su esposo practica desde el gobierno. El comité organizador cuenta con expertos como el gobernador José Luis Gioja y el secretario presidencial, Oscar Parrilli. Son los que ponen la plata para una reunión a la que irán, no sabiendo tampoco bien qué es kirchnerismo ni quiénes son los Kirchner, pensadores de todo el mundo. Se mezclarán con honestos profesores de la materia Filosofía que han hecho de nuevo el pacto con el diablo.

Los gobiernos autoritarios sufren una atracción irresistible por la filosofía, ciencia difusa hoy en la maraña de discursos que asfixian al público. La explica la necesidad que tienen los regímenes de pretensión hegemónica (democráticos o de los otros) de justificar la cruda aplicación de la fuerza sobre los ciudadanos. Sólo una ideología o una filosofía pueden lubricar la aspereza en el ejercicio de la voluntad de poder. La fantasía de Hegel de que el Estado alemán de su tiempo podía ser la encarnación del Espíritu Absoluto les sirvió a todos los regímenes totalitarios para dominar, merced a millones de víctimas inocentes, a medio planeta durante dos siglos. ¿Cómo podía justificar Juan Perón el autoritarismo de su primera presidencia, sin prensa libre ni oposición? ¿O Jorge Videla el régimen militar de peor memoria de la Argentina? ¿O el kirchnerismo su implantación de un pensamiento único que avanzara al ritmo del borocotismo, la pulverización del sistema político y el culto al secreto de Estado? Sólo con un grupo de filósofos amigos que les armen un congreso que sirva de tribuna al discurso del Gran Comunicador.

  • Antecedente

    En abril de 1949, Perón promovió, con motivo del centenario de la muerte del general San Martín, el Congreso Mundial de Filosofía de Mendoza. Organizado por el rector de la Universidad de Cuyo, el fino helenista Irineo Cruz, y el mejor expositor de la filosofía existencial que ha tenido el país, el sacerdote Juan Ramón Sepich, quienes reunieron junto a la Cordillera al mejor seleccionado de pensadores al que se podía aspirar en todo el mundo aquel año.

    El programa de aquel Congreso convocó nombres (presentes o con el envío de ponencias desde sus países) como Martin Heidegger ( todavía castigado en su país por su adhesión al nazismo), Karl Jaspers, Benedetto Croce, Jacques Maritain, José Vasconcelos, Nicola Abbagnano. Toda la biblioteca, se diría. Quizá ninguno de éstos supo bien quién era Perón o qué era el peronismo. Pero el General necesitaba el retablo para leer el célebre discurso inaugural que el país conoció después como el libro «La comunidad organizada». No lo escribió él, aunque fuera hombre de pluma: se lo pergeñó Carlos Astrada, un nacionalista hegeliano que imaginó que el régimen peronista era la culminación de una larga marcha que se había iniciado con los presocráticos y que llegaba a la cima con el Primer Trabajador.

  • Beneficios

    ¿Servía el rey a la filosofía o los filósofos al que manda? Beneficios mutuos. Gran cumbre del pensamiento, pero también altísima tribuna para quien pagaba la fiesta. La síntesis señala uno de los demonios de los hombres de pensamiento: la atracción que tienen los intelectuales por el poder, manía de la que sobran ejemplos en la Argentina. Un país en donde la rebeldía del radicalismo burgués se proyecta desde los medios monopólicos y las bocinas del establishment. Por eso nunca va a llegar la revolución que prometen los plumíferos.

    Treinta años después, la crudeza del régimen militar atormentaba también a la cúpula -no sólo a los ciudadanos-, y Videla encontró en los filósofos clericales la oportunidad para dar su mensaje de justificación. Fue en el Primer Congreso Mundial de Filosofía Cristiana que se hizo en 1979 en el hotel de Turismo de Embalse de Río Tercero. Lo bautizó el obispo Octavio Derisi y lo clausuró también el presidente de entonces. Las sesiones, con invitados extranjeros, buscaron una reinstalación de la filosofía tradicional para justificar desde el tomismo la mano dura del régimen. Llegaron los intelectuales de esa hora a pergeñar una nueva corriente filosófica, el «realismo intelectualista», de raíz tomista, que se opondría en las trincheras del espíritu «al inmanentismo de la filosofía moderna y contemporánea».

    Todo eso quedó en el olvido, como quienes se beneficiaron. No se ha contado aún la mezcla de uniformes y sotanas que improvisaban confesionarios en los pasillos del hotel Embalse, donde atormentados atormentadores buscaban expiación a sus culpas. El discurso de cierre lo usó Videla para dejar su legado filosófico: marcar «el error del relativismo filosófico» y hacer ver «cómo el orden político se funda en la verdad trascendente».

  • Cercanía

    No está lejos de estos intentos de los dictadores de antaño de encontrar consuelo en la filosofía el que busca esta vez Cristina de Kirchner. Hasta ahora se sabía que su alumbramiento intelectual lo había hecho leyendo a Arturo Jauretche. «Me partió la cabeza», ha explicado, con didactismo, en alguna clase que dio en una universidad neoyorquina.

    Tendrá que elevar el nivel. Se ha peleado con José Pablo Feinmann, que era lo mejor que tenían los Kirchner cerca (y es el único intelectual que le queda al país, es opositor y lee comiendo pizza a medianoche en una pizzería de Callao y Rivadavia, lo he visto yo). Y queda Google, pero es tan traicionero...
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