9 de octubre 2003 - 00:00

País demasiado soja-dependiente

Lamentablemente, el debate económico en el país está plagado de preconceptos, y el último año no fue la excepción: por un lado, varios adherentes al «noventismo» hicieron pronósticos pesimistas incluso sobre el corto plazo; por el otro, los «oficialistas» explican el «éxito» de la política económica merced al «cambio» de modelo.

El noventismo erró al pronosticar la espiralización inflacionaria, al creer que la política monetaria expansiva traería híper y fuga de capitales y no vio la fortísima reactivación de 2003. En respuesta, el oficialismo pretende atribuirse 100% del mérito de que 2003 sea el año con mejores indicadores macroeconómicos (en tasa de variación) desde el primer semestre de 1998.

La realidad despojada de preconceptos debe reconocer que esta coyuntura está basada en tres patas conjuntas: I) positivas herencias inerciales de los '90; II) el desarme, aunque desordenado, del acertijo económico déficit-deuda-competitividad de 2000-2001; y III) la increíble suerte internacional. Adicionalmente a un conjunto de problemas heredados que llevará tiempo arreglar, los '90 dejaron también una herencia positiva que no puede ser desconocida. Esta herencia fue paradójicamente subestimada por los propios noventistas que, a la hora de anticipar el caos, no percibieron que el país había cambiado; y sus gatillos de crisis, lo mismo. Hoy, por razones políticas, esta objetiva herencia positiva de los '90 es ignorada por el oficialismo.

Falta absoluta de inercia inflacionaria, un stock de reservas útiles para hacer política monetaria efectiva, empresas privatizadas que permitieron convivir dos años sin tarifazos, sin cortes de suministro, sin el tradicional reclamo salarial, un sector agrícola cosechando el boom tecnológico y las mejoras implementadas, una capacidad instalada en la industria que permite reactivar sin un peso de nueva inversión y un sistema bancario que no quebró a pesar de los embates a los que fue sometido son (por sólo mencionar algunas) herencias que, aun tras el colapso macroeconómico, están dando frutos.

• Acertijo

Esto no quiere decir que todo lo que se hizo en los noventa estuvo bien. La reforma noventista se fue metiendo en el mencionado «acertijo» del que no supo cómo salir, pero, de ninguna manera, se puede desconocer que quedaron herencias que suman.

La segunda pata, vista como una administración única Duhalde-Kirchner y sus implementadores, fue y es una elemental, básica y efectiva política económica de corto plazo con los siguientes condimentos: empezó con el por entonces inevitable desarme de la convertibilidad «a los ponchazos», abortó la espiralización de precios vendiendo reservas y aplicó las retenciones como ancla fiscal. Sigue con la magia de una inflación superbaja que hace que tres pesos por dólar sean todavía un tipo de cambio alto en términos reales; se desactivó la fuga de capitales y esto provoca un mercado cambiario que «abre» todos los meses con gran oferta excedente. Las retenciones generan una caja fiscal holgada. El embudo de este esquema es, con «stop and go», una política monetaria expansiva que alimenta la economía cash, produce récords de liquidez en los bancos y la tasa de interés en pesos más baja de la historia reciente.

Era obvio que estos condimentos (aun sin condiciones de fondo) traerían una fuerte reactivación, a ritmos superiores incluso a los deseados por el propio Lavagna. El error de pronóstico de, por ejemplo, el staff del FMI, que no vio estos resultados, es indiscutible.

• Problema

En 2003 la economía está rebotando a un ritmo de 7%, lo que genera retroalimentaciones positivas. La recaudación sube, y el gobierno mata dos pájaros de un tiro: aumenta el gasto y cierra los números.

La tercera pata es una enorme dosis de suerte internacional en el lugar y en el momento adecuados. El producto estrella de la Argentina, la soja, cotiza actualmente a más de 60 dólares por tonelada del precio de entre 1999 y 2001. El efecto precio significa un salto exportador cercano a los u$s 2.000 millones, más otros u$s 1.000 millones por mayor cosecha. El gobierno se apropia, vía retenciones, de aproximadamente 45 dólares por tonelada. El ajuste fiscal de la Argentina 2003 le pagó el mayor precio internacional de la soja y del petróleo, pues las retenciones explican 110% del superávit primario, y 75% de las retenciones viene de dichos productos. Tasas de interés en EE.UU. a 1% ayudan también. Sólo faltaría que 2004 sea uno de esos años cada tanto en que a Brasil le «toque» crecer a 4% (como en 1994, 1997 y 2000) para hacer «bingo» y que la ayuda sea completa.

Mientras el contexto internacional siga como el actual, mientras la política económica de corto plazo mantenga los equilibrios básicos y las críticas a los '90 sean sólo retórica verbal como hasta ahora, pero sin retrocesos en la práctica (último ejemplo, el ataque a las AFJP), la Argentina tiene para seguir rebotando, incluso más de lo esperado. El problema no es la falta de inversiones que complica el largo plazo; el sector privado invertirá en la medida en que vea que haya rentabilidad y mercado para sus productos. La causalidad irá de reactivación a inversiones. El gran problema de esta economía es la extrema vulnerabilidad a shocks macroeconómicos adversos. La Argentina es hoy demasiado soja-dependiente (tanto en fisco como en exportaciones), para que nos fallen el clima o los precios internacionales; todavía Brasil-dependiente. Necesitamos imperiosamente que la inflación siga baja sin plan antiinflacionario explícito; el sistema bancario es aún vulnerable a los comportamientos de los ahorristas.

La mejor manera de transformar la reactivación en crecimiento sostenido y no espasmódico es con una política económica que combata las vulnerabilidades y tome «el toro por las astas» en la solución de los temas de fondo, cosa que hasta ahora no ocurrió. Sólo así, cuando venga la próxima crisis, la recesión argentina será crecer a 1% o 2% como cualquier país del mundo y no caer a tasas que nos lleven de vuelta al punto de partida y a replantear toda la política económica de cero.

(*) Economistas. Estudio M&S Consultores

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