Alas 15.30, cuando Roberto Lavagna y su comitiva se reúnan con Horst Köhler, el director gerente del Fondo Monetario Internacional, se sabrá si el pacto celebrado con Anoop Singh, encargado del hemisferio occidental en ese organismo, tendrá la bendición definitiva. Con Singh, las autoridades argentinas convinieron reencauzar una relación muy dañada durante los últimos 15 días. Concretamente, se propuso un método de trabajo por el cual durante esta semana se seguirán discutiendo cuestiones técnicas que todavía separan a la Argentina del entendimiento con el Fondo. Para negociar los aspectos que resulten irreductibles a ese examen, Lavagna tiene pensado viajar a Washington nuevamente la semana próxima. Hacia fines de octubre estaría redactada la carta de intención preliminar para el acuerdo. Tampoco hay que esperar nada deslumbrante: apenas la reprogramación de los vencimientos del país con los organismos multilaterales con un alcance de 9 a 12 meses. Cualquier convenio más ambicioso, que implique ayuda financiera y compromisos más importantes para el país, esperará al próximo gobierno.
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La conversación con Singh se llevó adelante el sábado por la noche, durante una comida de la que participaron, además del funcionario y Lavagna, el presidente del Banco Central, Aldo Pignanelli, el vicejefe de Gabinete, Eduardo Amadeo, y el secretario de Finanzas, Guillermo Nielsen. Por el Fondo acompañaron a Singh el encargado del caso argentino, John Thornton, y su segundo, John Collyns. Este último, pasablemente vegetariano, impuso el menú: arrollados de hongos, pescados con arroz salvaje y «cheese cake». Fue en uno de los reservados del hotel Omni Shoreham, a pocos metros del Marriot Wordman, donde se alojan los argentinos.
Singh no se hizo esperar para que sus invitados (fue quien pagó la cuenta) advirtieran que la guerra verbal desatada hace 10 días se había convertido también en un inconveniente para el Fondo. «Tendríamos que sacar la discusión de los diarios, salir de la nebulosa en la que estamos y darnos un mecanismo de trabajo rápido», recomendó el funcionario. Fue entonces cuando se acordó la permanencia de los equipos técnicos de Economía y del Banco Central en Washington, esta semana (también Pignanelli permanecerá sin integrar personalmente la mesa de trabajo). «¿Usted podría estar la próxima semana aquí?», le preguntó Singh a Lavagna, quien se comprometió a viajar para negociar lo que falte a esa altura para un acuerdo. El problema sigue siendo el mismo: el plan monetario, una incógnita para la que el gobierno no atina a proveer respuesta (ni un fallo de la Corte ni una ley del Congreso, tampoco un bono compulsivo). Le sugirieron al funcionario del Fondo que se establezca un acuerdo ligado a cláusulas gatillo: «Las cuestiones monetarias son mensurables, podemos prever qué es lo que puede suceder con una variable. ¿Por qué no fijamos límites al comportamiento, por ejemplo, de las reservas, a partir de los cuales se revisen los acuerdos que alcanzamos?». Singh se mostró excedido con este método por el cual el convenio sería dinámico, con un sistema de cláusulas gatillo. «Eso hay que hablarlo con Köhler y con (Anne) Krueger», indicó. Es lo que sucederá hoy, cuando Lavagna y Pignanelli visiten a esos funcionarios.
•Ultima puntada
Antes de la reunión con esa pareja decisiva, los argentinos visitarán, introducidos por el embajador Diego Guelar, a Paul O'Neill, el secretario del Tesoro. Es la última puntada de una urdimbre diplomática que llevaron adelante Lavagna y Amadeo en Washington y Eduardo Duhalde desde Buenos Aires (sorprende la prescindencia del canciller Carlos Ruckauf en estas gestiones). Lavagna ilustró a cada uno de sus colegas del G-7 sobre la situación actual de la economía argentina y les dejó material gráfico para demostrar que desde hace tres meses el cuadro es estable. En algunos casos, los más alejados de la crisis -el ministro canadiense John Manley, por ejemplo, que coordina el grupo-lograron sorprender (en este caso, ayudó algún avance en la situación del Scotiabank). Otros funcionarios -españoles, italianos, franceses-se siguieron comportando como abogados defensores de la Argentina, como sucedió a lo largo de toda la crisis.
En cambio, hubo dos países que requirieron una operación especial para que avalen en el seno del Fondo un acuerdo, aunque sea precario. Uno fue Alemania: Duhalde apeló a Fernando Henrique Cardoso para mover a Gerhard Schröder de su posición poco amigable. El brasileño informó el sábado, por teléfono, el éxito alcanzado en su gestión. El otro hueso duro de roer es el Reino Unido. Aquí las tratativas fueron varias, pero hubo una inesperada: la del ex titular del Central, Mario Blejer, quien conversó con el célebre Eddie George, presidente del Banco de Inglaterra. «Habrá un acuerdo, chico, pero acuerdo al fin», decía Blejer a sus amigos anoche, antes de comentar que su familiaridad de George se debe a que en pocos días estará trabajando a sus órdenes en Londres.
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