Bueno el motor, mejor la carrocería. Eso sí: flojito de papeles. Como en una agencia de autos, así pareció ayer la venta de Eugenio Zaffaroni en el Senado para saltear la valla que le impide acceder a la Corte Suprema. Lo hizo casi sin esfuerzo -salvo Raúl Baglini y Pablo Walter, el resto de los legisladores huyeron de la misión cuestionadora, disimularon con una actuación su servicio a las demandas de la Casa Rosada a favor del nuevo miembro de la Corte- y en menos de lo que se imaginaba se cerró virtualmente el trámite. Pareció un ejercicio democrático.
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Si uno atiende a lo que dijo Eugenio Zaffaroni ante el flojo tribunal, aceptaría sus confesiones -en materia de omisiones fiscales y previsionales- como las de un ciudadano ante un inspector de la AFIP (sobre todo para el que vivió en el país en los últimos 40 años). Pero, claro, él no se promueve como ciudadano común sino como uno de los 9 integrantes de la Corte Suprema, cargo para el que se supone -al menos en esta nueva etapa de oxigenación ética- se requieren condiciones superiores a la media. Inclusive, hasta resultó bochornoso que se amparara en la ignorancia primaria o le derivase responsabilidad a su contador, método ya iniciático de María Julia Alsogaray, para justificar que no pagó sueldos ni tiene empleados, ocultó cuentas en el exterior y evitó pagar la cuota de jubilación.
Por lo tanto, tal vez Zaffaroni reúne títulos y antecedentes poco objetables en su actividad, no así ciertas actitudes en cuanto a declaraciones juradas. Y no es poco ese agujero, ya que sin importar los montos interesa la concontingente adicto, sean las Madres de Plaza de Mayo, el patético Jorge Yoma -un Mefisto de todas las administraciones- o presuntas figuras incorruptibles, tipo los poderosos económicamente hablando León Arslanian y Ricardo Gil Lavedra, quienes sin apelar a Luis Barrionuevo seguramente hicieron su plata trabajando.
No fueron casuales esas presencias, más bien se constituyeron como una barra intimidante para senadores que habían ido al baño antes de empezar la sesión. Siempre pesan las miradas o las voces. Arslanian, nadie ignora, es íntimo de Eduardo Menem, senador al cual influye, aunque más difundido ha sido su servicio para Eduardo Duhalde y a toda su troupe en el área más sensible y que menos explicaciones puede ofrecer el ex mandatario: la seguridad. Una forma de decirle a los legisladores que responden al bonaerense: este Zaffaroni también es nuestro. Por su parte, Gil Lavedra emite señales afectuosas con el radical-alfonsinismo -es pública su cercanía con el caudillo de Chascomús-, sector que no en vano para sí mismo ha dominado gran parte de la política argentina asociado con el duhaldismo desde el advenimiento democrático. Y, como se sabe, ese matrimonio no contribuyó al bienestar general. Por lo tanto, si esto ha sido así, ¿cuál es la fuente de energía y bondad que le podían brindar a Zaffaroni los letrados Arslanian y Gil Lavedra?
La crónica abunda -ver notas adjuntas- en la parafernalia dispuesta por Zaffaroni para disculpar en público sus inconductas previsionales o tributarias, algunas imposibles de ocultar bajo el extravío habitual de los intelectuales o «el primitivismo que tengo para enfrentar las cuestiones económicas». Fue lamentable exponer y escuchar esas miserias por TV, en directo, cuando tal vez sólo sean contravenciones a digerir frente a organismos especializados y discretos. Pero ése es el método elegido por el gobierno, el mismo poder sin el cual Zaffaroni no podría aspirar a integrar la Corte Suprema. No hay premio sin castigo, tendrá que admitir, aunque el episodio haya sido afrentoso. Triste y sumiso papel también de los senadores, quienes al contrario de lo que hacen con Eduardo Moliné O'Connor, poco interrogaron sobre algunos fallos controversiales del candidato.
Hubo que felicitar, en cambio, al propio Zaffaroni, quien en defensa propia sostuvo que a los magistrados no se los puede juzgar por el tenor de sus sentencias.
Ensalivado, entonces, Zaffaroni va a la Corte como expresión oficialista, aunque se debe advertir que el gobierno ha fracasado tres veces en la maniobra: 1) al inducir un método para despellejar a su aspirante en la plaza popular; 2) al propiciar la engañifa de ofrecer una terna y, luego, despacharse con la encomienda de un solo postulante (el propio Zaffaroni no debió prestarse, por respeto a sí mismo y del futuro cargo, a estas dos prácticas); 3) al imponer «manu militari» a un Zaffaroni con una fuerte opinión pública en contra, porque le cuesta entender los fundamentos que aplicó en sus fallos con sus teorías garantistas (¿anarquistas, de izquierda, de extremo liberalismo?), y debido a una sistemática intoxicación sobre dineros negros, evasiones, cuentas secretas y desvíos fiscales. Ayer no pudo Zaffaroni eludir ese sórdido mundo, real o ficticio, mientras la Casa Rosada se lastimará en su propio ejercicio del poder sin límites.
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