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Ahora bien, en este marco las ventas de productos industriales ocupan el centro de gravedad del esfuerzo oficial y son las receptoras por excelencia de la ventaja cambiaria. No así las exportaciones tradicionales -productos agropecuarios y combustibles- castigadas con exorbitantes derechos de exportación.
Sin embargo, la economía argentina sigue creciendo obstinadamente en aquellas exportaciones que la distinguieron. Las ventas de productos primarios lideraron en 2007 el crecimiento exportador, con 45% (correspondiendo 23% al alza de los precios internacionales), seguidos por las manufacturas agropecuarias, con 26%. Es así que se destacan las ventas del complejo sojero, de maíz, de trigo, de aceites, de cobre y de carnes.
Bastante más atrás se ubicó el aumento de las exportaciones de productos industriales, en el que un tercio correspondió al sector automotor, gracias al acuerdo del intercambio compensado con Brasil.
Caso aparte es el de los combustibles y energía, que se caen dramáticamente a la vez que las importaciones se disparan al son de la « inexistente» crisis energética. En volumen, estas exportaciones se desplomaron 20% mientras que fue el rubro que más creció de compras al exterior, con 64% (en diciembre, saltaron 131% interanual), casi en oposición.
Con la óptica de este modelo desarrollista, las importaciones deberían estar centradas en los bienes de capital para impulsar la producción. Sin embargo, los productos que más se importan son automotores, teléfonos celulares, y combustibles y energía eléctrica. Los únicos activos orientados a la producción que se destacan son los insumos y bienes de capital para el agro, sector que como se ve sigue liderando el esfuerzo inversor pese al escaso favor oficial que recibe.
Razones para el pobre desempeño comercial no faltan. Las exportaciones han sido desalentadas u obstruidas por las políticas de control de precios y la estrategia kirchnerista de concentrar el esfuerzo recaudador en megaimpuestos sobre quienes ya pagan, eludiendo así una reformulación integral del sistema tributario.
El continuo estímulo de la demanda interna, las limitaciones a la expansión de la oferta -la saturación de la capacidad instalada de varios sectores por falta de inversiones- y la crisis energética impulsan a su vez las importaciones (además de presionar sobre los precios internos). La inflación local, por su parte, abarata los productos extranjeros.
Competitividad poco tiene que ver con ventaja cambiaria. Ningún subsidio -en este caso costeado por consumidores y trabajadores- puede contrarrestar la falta de calidad y la producción ineficiente. Por el contrario, las investigaciones de Porter han mostrado que tanto los aranceles como los subsidios cambiarios desalientan la búsqueda de eficiencia y los esfuerzos por satisfacer al consumidor.
La desvalorización de la moneda nunca puede ser beneficiosa, de la misma manera que nadie moralmente íntegro elevaría un vicio a la condición de virtud. Así como enfermar no conduce a estar sano, desvalorizar la moneda nacional -sostener artificialmente alto el dólar- no puede aumentar la riqueza sino empobrecer aun más.
Si en la moneda desvalorizada residiera el secreto para exportar, ninguna esperanza tendrían países como Suiza o Alemania. Sin embargo, el mundo sigue comprando chocolates suizos y autos alemanes. Las crecientes brechas de riqueza -y participación en el comercio mundial- que nos sacaron Canadá y Australia desde los años '30 se cimentaron en el fortalecimiento de sus propias monedas, y no en devaluaciones orientadas a que los sectores realmente competitivos subsidiasen a ciertos grupos de interés.
Mientras campee en el país esta mentalidad vasalla, que lleva a tolerar como natural que el gobernante de turno disponga a su antojo el valor de la moneda y se interponga en los negocios privados, no se podrá emular a aquellos países. Tampoco pueden ser auspiciosas las perspectivas del comercio exterior mientras se mantenga el insuficiente nivel de inversión, el creciente desequilibrio entre la oferta y la demanda internas, el impacto inflacionario sobre los costos de producción, los controles de precios y el incesante aumento de la presión tributaria para sostener la maraña de subsidios destinados a contener los precios, sobrellevar la situación energética y asegurar el sometimiento de los actores políticos.




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