Hace 5 años China empezó sus inversiones en el mundo con sólo 350 millones de dólares anuales. El año pasado, ya invertía 5.000 millones y para este 2005 espera llegar a 14.000 millones de dólares en doce meses. Firmas chinas fabrican así computadoras y heladeras en el propio Estados Unidos, pantallas de TV en Hungría, poseen inversiones en petróleo en muchas partes del mundo y, especialmente, en Latinoamérica, invierten en Brasil, Venezuela y Chile. Pero hasta China, además de los capitales de Occidente, no tiene planes de inversión en marcha en la Argentina. El atentatorio régimen laboral para producir aquí ahuyenta la idea de radicar empresas, si además se suma ahora inseguridad jurídica para los capitales, ser país en default, tener tarifas congeladas y por tanto la inflación taponada en olla a presión, inclinación del gobierno a estatizar y creerse mejor empresario que los privados, mostrar enormes indemnizaciones por despido, régimen de accidentes de trabajo -reciente aporte de la Corte Suprema oficialista- sin límite. Esto hace que ni los chinos se interesen por invertir en la Argentina. Se da así aquella famosa frase del sindicalista Hugo Moyano sobre las empresas: «Quieren pagar suelditos como si fuéramos asiáticos». Los chinos, asiáticos ellos, tienen hoy 600.000 millones de dólares en reservas y en Hungría -no ya en China- producen a nivel de costo en la medida en que les permite vender en Europa a mitad del precio de sus competidores. Crecen tanto, que dentro de 20 años se calcula que estarán, junto con la India, a la par de Estados Unidos en la cabeza de los países del mundo.
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Nosotros «no somos asiáticos» y será por eso que recién estamos soñando con volver al nivel económico de país de 1998, pero como estamos en 2005 agregamos otros 7 años -si lo logramos- a nuestra cíclica decadencia. Por supuesto, ni los ingresos, ni los placeres, ni los autos de los sindicalistas son modelo 1998.
Soñamos con un boom chino de inversiones que dista hoy de ser tal -como se señala en página central- y que posiblemente se transforme en boom, pero de productos chinos a venderse aquí, destrozando parte de nuestra frágil industria que nunca pudo crecer y consolidarse con tan costosa estructura laboral.
No sólo China no invierte -como nadie lo hace salvo necesidades ineludibles de los que ya están instalados- sino que aquí aspirábamos a que los chinos compraran nuestra deuda con el Fondo Monetario Internacional que es hoy de 14.500 millones de dólares. O sea que pretendíamos -o el gobierno pretendía- que los chinos invirtieran todo el monto mundial de inversiones programadas para este año solamente en la Argentina. Además, ¿quien puede creer que los chinos con este hábil despliegue mundial para asegurarse el futuro si compraban nuestra deuda iban a ser tan ingenuos de cobrarnos menos o igual tasa que el FMI que tiene los más bajos intereses por sus créditos?
Hay adolescencia también en nuestra relación con el exterior. Directamente no entendemos al mundo. Ahora el gobierno sueña con un «4 x 4», o sea la unión de 4 países europeos (tan dispares algunos como Inglaterra, España, Francia y Alemania) con 4 latinoamericanos (más dispares aun como Brasil, Chile, la Argentina y Uruguay) que le habría sugerido el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero al presidente Néstor Kirchner, para oponerse a cualquier acción unilateral de Estados Unidos contra quien el hispano tiene el rencor por el aislamiento a que hoy lo someten los norteamericanos tras retirar las tropas de Irak. ¿Hacer algo antinorteamericano con Tony Blair y Lula da Silva adentro del «4 x 4»? ¿Hacerlo precisamente cuando George W. Bush se empinó abruptamente en el mundo tras lograr el domingo pasado una democracia incipiente pero impensable entre los iraquíes con una elección en la que sólo los norteamericanos creían? El accionar de nuestro gobierno, pasando la Costanera y las Cataratas, sigue siendo muy poco serio.
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