Existirá el mundo, o será sólo un asiento «trucho» en la contabilidad inflada de un gigantesco conglomerado empresario? La sucesión de escándalos contables da para hacerse esa pregunta. El primer caso resonante de falseo de libros fue el de Enron, holding energético que tenía hasta un estadio de béisbol a su nombre en Houston; pareció por entonces una «mosca blanca»: ¿quién podía pensar que un megagrupo como ése podría «negrear», «truchar» o cualquiera de los demás verbos acuñados en la Argentina para designar maniobras non sanctas con la contabilidad? «Puede hacerlo una tornería en un suburbio, pero no un grupo como Enron», se aventuraba entonces. Pero pronto el asombro siguió con Royal Ahold, que intentaba competir con Carrefour y Wal-Mart por el primer lugar entre las mayores cadenas minoristas del planeta. De nuevo, «se sabe que el almacén del barrio vende en negro, pero ¿un grupo holandés, con negocios en todo el mundo y de apariencia sólida 'inflando' utilidades por u$s 1.300 millones? Impensable...», se decía. A fines del año pasado, Parmalat, se descubrió, había «inventado» activos por cerca de u$s 13.000 millones, casi diez veces el asiento «trucho» de Ahold. Ahora despunta el «caso Adecco», un nombre mucho menos familiar para los argentinos que los de Enron -que estuvo en la Argentina operando concesiones de agua corriente-, Ahold -actualmente en proceso de venderle su controlada Disco a Francisco de Narváez-y Parmalat -cuyos productos están en todas las góndolas del país, aunque lejos de los primeros lugares en facturación-, pero que factura el doble que su más inmediato perseguidor en el negocio del empleo temporario. ¿Cuántos más escándalos contables se avecinan? Lo que podría parecer casi una humorada no lo es para quienes tienen (o tenían) acciones de cualquiera de esas empresas: las pérdidas para esos ahorristas o inversores son monumentales, y hasta se acercan a las provocadas por el «default» de algún país emergente de América del Sur. ¿Qué hay detrás de estos libros falseados? Sin dudas, la necesidad de disfrazar administraciones ineficientes, ruinosas o directamente delictivas, para no espantar a posibles inversores y porque los gerentes cobran bonuses en función de las utilidades que obtienen sus empresas. Maniobras que serían irrealizables sin la complicidad -voluntaria o no de las firmas de auditoría que refrendaron esos balances «truchos»: los escándalos Enron y Ahold le costaron la vida a la firma Arthur Andersen, y esa consultora podría tener que ver también con el naciente «caso Adecco». Por complicidad o por una imperdonable falta de profesionalismo, los auditores contribuyeron a estas estafas a la buena fe pública. S.D.
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