28 de diciembre 2001 - 00:00

Retrocedimos 25 años

Con la renuncia de De la Rúa no sólo murió su propia presidencia. Y no sólo murió la convertibilidad, sino que murió algo mucho más importante: el capitalismo de rapiña que nos está matando. Hay que reemplazarlo por un verdadero capitalismo competitivo que le sirva al país.

Una de las enseñanzas que han quedado de la crisis reciente es que la teoría de la «buena onda» vacía de contenido cuando se ejercen funciones ejecutivas, es directamente suicida. La caída de un presidente elegido por la ciudadanía, 29 muertos, 4.500 detenidos y centenares de heridos, son el resultado de una bomba atómica de herencia dejada por el menemismo y la incapacidad total de una Alianza para desactivarla. Recordar, por ejemplo, la patética imagen del ex presidente De la Rúa en Olivos en noviembre de 2000 cuando nos salvábamos del default gracias al blindaje con pajaritos cantando detrás de su cabeza y él anunciando «!Qué lindo es dar buenas noticias!».

Así que las cosas hay que hacerlas bien, independientemente de la onda con la que se las haga. Mejor dicho, si se las hace bien, la buena onda llegará sola porque los resultados de las buenas acciones traerán buenos resultados. Pero en esta Argentina en donde la élite gobernante se divide entre ignorantes e inescrupulosos, las cosas se hacen mal (pensando en el país) y luego se las termina vendiendo como si fueran caviar. Entonces, la desilusión de la gente termina siendo doble. Porque las cosas siguen mal y porque sienten, con total razón, que se les mintió de manera descarada.

En el terreno de hacer las cosas bien, sin duda alguna que algo tenía que hacer el presidente Rodríguez Saá con la desesperante eclosión social que heredó. Se podrá discutir si lo está haciendo bien o mal (creo que más mal que bien). Pero era necesario actuar. Por otro lado, luego de una década de irresponsabilidad fiscal, era lógico que algún día la deuda pública fuera «defaulteada». Si no se quería entrar en cesación de pagos, habría que haber sido muy austeros con el gasto público en vez de aumentarlo, sin intereses, en $ 40.000 millones como ocurrió durante la última década.

Ahora bien, una cosa es hacer algo necesario como dar ayuda social cuando se está incendiando el país y defaultear la deuda pública como una lamentable consecuencia de 10 años de disparate fiscal y otra totalmente distinta es que nos mientan desde el poder haciéndonos creer que el nuevo «paradigma» de crecimiento de la Argentina consiste en «reventar» a nuestros acreedores externos para redistribuir ingresos a favor de los pobres, transformar a la Argentina en un gran jardín botánico lleno de árboles al estilo Rodríguez Saá en San Luis y financiar el déficit fiscal resultante con una moneda inconvertible (el Argentino) emitida por un Estado que acaba de defaultear la deuda.

• Rapiña

Si la idea del gobierno es ésa, estamos perdidos, porque sería darle una vuelta de tuerca bien «rancia» al capitalismo de rapiña que venimos experimentando desde hace más de cincuenta años cuando la Argentina eligió el modelo de la Alemania nazi y la Italia fascista para crecer en vez de dedicarse a lo que el mundo libre ganador de la Segunda Guerra Mundial se dedicó: abrirse al comercio con un tipo de cambio realista y ahorrar mucho internamente en base a bajos déficits fiscales.

A este capitalismo corporativo, prebendista, corrupto y demagógico hay que reemplazarlo por un capitalismo verdaderamente competitivo que le sirva a la gente. Si la mayoría de los argentinos vivimos del fruto de nuestro trabajo y del ahorro, un país también lo tiene que hacer y la manera de lograrlo es insertarse en el mundo como Dios manda: comerciando con equilibrio fiscal. Para poder comerciar hay que poner los aranceles para importar todo tipo de bienes, no sólo los bienes de capital, en no más de 1%/2%. O sea, hay que abrir la economía totalmente. Entre la necesidad de mayor apertura y el atraso cambiario récord que acumulamos en nuestra historia, hoy hay que devaluar el peso manteniéndonos dentro de la prohibición de emitir para financiar al fisco (convertibilidad) que se decidió en 1991. Y para ahorrar, hay que tener equilibrio fiscal estricto a nivel de Nación, Provincias y Municipios para lo que hay que eliminar la coparticipación federal de impuestos (entre otras cosas).

Lamentablemente, en el corto plazo, no hay indicios que algo «pinte» para ese lado sino todo lo contrario. El «salvataje» de empresarios dueños de industrias «infantes» desde hace cincuenta años (¿nunca van a aprender a competir?) y gordos sindicalistas a costa de los trabajadores que dicen defender, están a punto de hacerse un «picnic» con los consumidores, los tenedores de la futura nueva moneda (el Argentino) y los depositantes.

• Déficit

Luego del default, nadie nos prestará un «cobre» en el mundo. Con el control de cambios, podemos olvidarnos por un tiempo prudencial de la inversión extranjera directa. Lo que faltaría para «desconectarnos» del mundo por completo sería cerrar más la economía subiendo aranceles de importación para que la UIA viole a nuestros sufridos consumidores. El plan «Argentina árbol» que el gobierno piensa encarar para reactivar la economía, más la caída en la recaudación, más la suspensión de ciertas bajas de gasto pri-mario que estaban original-mente contempladas en el proyecto de presupuesto de Cavallo y a pesar del no pago de la deuda pública pueden hacer que el déficit fiscal (Na ción+Provincias+Municipios) de «caja» de 2002 esté en más de $ 10.000 millones, financiados con el Argentino.

Por otro lado, el gobierno miente cuando dice que no devalúa para no estafar a los depositantes y al mismo tiempo piensa en devolver los depósitos privados en Argentinos, porque entre el déficit fiscal, la devolución de depósitos y la inexistencia de dó-lares, el potencial de emisión (y de licuación) de esta moneda «trucha» es varias veces $ 10.000 millones. La devaluación, como el default, a esta altura del partido no son decisiones de un burócrata sino que son una consecuencia lógica de lo que se hizo durante diez años. La «forma» que le encontremos es un problema de segundo orden pero importante. Desde 1991 muy pocos entendieron en el mundo civilizado cómo era posible que con convertibilidad, la Argentina tuviera año a año, durante una década, un déficit fiscal de más de $ 10.000 millones (medido con decencia). Así nos fue. Hoy se mueren de risa cuando decimos que nunca devaluaremos pero al mismo tiempo fantaseamos en emitir moneda a diestra y siniestra para financiar el déficit fiscal y devolver depósitos.

• Seguro de cambio

Hay que devaluar pero «por derecha» porque sólo así nos podremos ocupar en serio acerca de cómo evitar la estafa a los ahorristas respecto de la cual el gobierno no parece tener demasiado cuidado. Una manera es un seguro de cambio de largo plazo para los deudores en dólares de los bancos administrados por éstos. Otra es comprometiendo al Estado a pagar la diferencia entre la evolución de precios inter-nos y el dólar para aquellos depósitos que se conviertan en certificados de depósitos transferibles, emitidos por el banco depositario a media-no plazo (por ej.: 5 años). Los bancos se quedarían así con un fondeo asegurado que seguiría la evolución de los precios internos, lo que les daría capacidad de rene-gociar la cláusula de ajuste de aquellos deudores con ingresos en pesos y deuda en dólares. La conversión de deudas a pesos indexados sería automática y obligatoria para los préstamos hipotecarios, prendarios y personales hasta cierto monto, pero la conversión (o no) quedaría sujeta a la negociación entre las partes para el resto de las deudas bancarias. Los (congelados) depositantes contarían con un instrumento en dólares y transferible, capaz de ser utilizado para compras de activos, cancelación de deudas o ser vendido por liquidez inmediata en el mercado secundario, si es que no se los desea mantener como una fuente de renta continua.

Nadie puede inventar el círculo cuadrado y menos un país pequeño como el nuestro. Ya está todo inventado. No nos creamos más vivos que el promedio porque esa «viveza» criolla es la que nos ha tornado impresentables en el mundo. Ningún país está condenado ni al éxito ni al fracaso. Todo depende de lo que hagamos y no de la buena o mala onda con la que hagamos nuestras típicas picardías rioplatenses.

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