5 de abril 2002 - 00:00

Rondan los fantasmas del '89

Rondan los fantasmas del 89
Si bien aún es prematuro anticipar que la Argentina se dirige hacia un escenario de inflación acelerada, la escalada de los precios de las últimas semanas traen a la memoria la forma en que se gestaron las hiperinflaciones de julio de 1989 y la de fines de 1990. Es que si hubo un factor capaz de conducir sin escalas a la hiperinflación, fue la pérdida de referencias de los precios; cuando los valores de los productos, siguiendo la tendencia del dólar, se remarcan con la única justificación del 'por las dudas'. Así ocurrió en la hiperinflación anteriores que vivió el país.

De las dramáticas experiencias que ya vivió el país, se pueden extraer algunas lecciones y similitudes con los acontecimientos actuales. Por ejemplo, tanto en la hiper del '89 como en la del '90, el proceso se inició con una fuerte recesión, a lo cual siguió la pérdida de confianza en el gobierno y en la autoridad monetaria que llevó a la escalada del dólar. Con el aumento del tipo de cambio, se perdió la referencia de precios y los valores llegaron a ajustarse en segundos. Este proceso generalmente fue acompañado por emisión monetaria, el aumento de las tarifas de servicios públicos y la indexación salarial, sobre todo en el sector público, lo cual obligaba a potenciar la emisión de moneda para financiar el mayor gasto estatal.

El único componente que a diferencia de aquellos años aún no ha ocurrido, es la indexación salarial
. En cambio, hay aumentos en combustibles lo que repercute en los costos de producción, y la emisión del Banco Central a través de redescuentos a Bancos y para financiar directamente al gobierno asciende a los $ 3.000 millones.

Quienes han estudiado con detenimiento este proceso, explican que la hiperinflación del '89 se incubó durante décadas. Sin embargo, el fenómeno se destapa a fines de 1988, con el quiebre del Plan Primavera lanzado en agosto de ese año por el ministro de Economía, Juan Vital Sourrouille y su equipo. La esencia de este plan era que, ante el impedimento de emitir deuda, el Banco Central vendería dólares en el mercado para financiar su déficit.

•Reclamo

El país atravesaba por esos años una profunda recesión. El producto venía cayendo 2% en 1988 y retrocedió otro 6,8% en 1989. Tanto desde los organismos de crédito (FMI y Banco Mundial) como muchos economistas de la Argentina reclamaban al gobierno un ajuste del gasto público que nunca llegó. También se demoraba la ayuda prometida, de palabra, por estos organismos de crédito. En cambio, desde la entidad central estimaban que tenían los dólares suficientes para evitar desbordes en el tipo de cambio y así lo hicieron notar hasta principio de febrero. Interviniendo en el mercado a través de licitaciones de dólares y captando los pesos necesarios para financiar al gobierno.

Sin embargo, ni el dólar ni los precios lograban contenerse en los niveles pautados por el gobierno. En cambio el Banco Central quemaba reservas en forma lenta, pero creciente: de intervenir con u$s 54 millones en agosto de 1988, pasó a u$s 300 millones en octubre, u$s 430 millones en enero de 1989 y u$s 486 millones sólo en la primera semana de febrero.

A la vez, el gobierno comienza a emitir deuda en forma compulsiva a través
de incremento de encajes y de inmovilizaciones de depósitos. Las tasas de intereses comienzan a escalar, el Estado paga tasas superiores a 100% para conseguir dinero en el mercado, (ayer se pagó 65% por emitir $ 23 millones de LETES) y se toma una decisión que dará el empuje final a los precios: desde el lunes 6 de febrero de 1989 el Banco Central anuncia que no intervendrá más en el mercado. A la entidad monetaria le quedaban pocos dólares y a pesar de que José Luis Machinea (por entonces presidente del BCRA) aseguraba que se venderían todos los dólares necesarios, el equipo económico de Raúl Alfonsín generaba cero confianza en el mercado. Así, cualquier política monetaria únicamente tendría un impacto espontáneo.

Resultado:
con el fin de la intervención, y la emisión desesperada de moneda la corrida cambiaria se acrecienta. La devaluación pasó de 7,86% en enero a 37% en febrero, 77% en marzo y 66% en abril. Es decir, el dólar pasó de valer 17,7 australes en enero de 1989 a 80,5 australes en abril. ¿Y los precios? Perdieron toda referencia y se comenzaron a ajustar por encima de la devaluación, a lo cual se sumaron el aumento descontrolado de las tarifas de servicios públicos y las indexaciones salariales en el sector público. Así, los precios que habían aumentado de 8,9% en enero, crecieron 17% en marzo, 33% en abril y 78% en mayo. Ese mes el dólar sube otro 180% y ya en junio la tasa de inflación prácticamente iguala a la de devaluación: 114% y 116% respectivamente. Ya ese mes los ajustes de precios eran diarios. La gente compraba todo lo que podía para almacenar, y los aumentos se producían en segundos. Entre que se sacaba la mercadería de la góndola y se llegaba a la caja, el precio del producto había sido modificado.

El gobierno intenta frenar la demanda de dólares imponiendo restricciones muy similares a las actuales para retirar efectivo de los bancos. Pero asimismo no logra frenar la demanda de dólares y muchas de las operaciones se hacen con cheques. A la vez, se congelan precios todo el tiempo, aunque con un sector empresarial que poco caso hace a las decisiones del gobierno. Curiosamente, era el actual viceministro de Economía, Jorge Todesca (por entonces secretario de Comercio), el encargado de ejercer el control de precios y de difundir las listas de precios máximos que nunca se llegaron a respetar. Con aumentos de precios sostenidos y vertiginosamente crecientes, la Argentina ya está declaradamente en hiperinflación. Hacia julio del '89 el salario mínimo era de apenas 10 dólares, uno de los niveles más bajos del mundo y aún con indexación de por medio, el poder adquisitivo se había reducido 60% en un año.

El proceso explota en julio cuando los precios baten un récord de 196% superando ampliamente la devaluación del mes que ascendió a 26%. La inflación anual ascendió así a 4.923% mientras que la devaluación superó 10.000%.

Fin de la primera híper:
entre febrero del '89 y julio pasaron tres ministros de Economía y ninguno logra detener la espiral de precios. Alfonsín adelanta el mandato a Carlos Menem (que asume en julio en lugar de octubre) y se aplicó el plan B&B como programa para combatir la inflación. Este plan usó el tipo de cambio como ancla nominal y buscó también hacer un importante ajuste fiscal y reformas estructurales como las privatizaciones. Para controlar la oferta monetaria y bajar el déficit, se reprogramó la deuda interna en forma forzosa. Si bien hubo algunos meses de tranquilidad, la inflación reaparece y a fines de 1990 se da una nueva aceleración de los precios. El resultado de la segunda hiper fue una inflación de 1.344% que le ganó ampliamente a la devaluación que fue de 211%.

En abril de 1991, salió la Ley de Convertibilidad que fija el tipo de Cambio 1 a 1 y puso fin a la inflación... hasta hoy.

Dejá tu comentario

Te puede interesar