Celso Amorim, el canciller brasileño, debió ayer dedicarse largamente a explicar detalles de la composición de los gobiernos árabes. Por ejemplo, que hay cancilleres que son príncipes y ministros que tienen una jerarquía casi sobrenatural.
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Esfuerzos de este ex cineasta para disimular lo que la prensa brasileña observa: que la cumbre árabe-sudamericana es un fracaso. Un experto argentino lo explicó ayer de modo sencillo: «No hay cumbre posible si no están Siria ni Egipto». En efecto, la representación de la mayoría de los países árabes fue de menor nivel.
Para los temas corrientes de la agenda sudamericana la cumbre puede resultar frustrante. Los intercambios comerciales se resuelven habitualmente en tratativas bilaterales, con lo que hoy sólo cabe esperar un pronunciamiento político. Riesgosa posibilidad: los delegados árabes fueron a Brasilia en busca de un pronunciamiento favorable a su posición en el conflicto con Israel.
Para Amorim, quien se autoimpuso la tarea de oficiar como vocero de toda la región, «es suficiente para el éxito de la reunión con la presencia de los presidentes de Argelia, Irak y la Autoridad Palestina, además de 60 ministros y más de 250 empresarios árabes».
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