9 de marzo 2004 - 00:00

Tomarse tiempo para huir del fantasma de Alfonsín

El final de la jornada lo ilustró un ministro del padrón pingüino con un dicho étnico: «Mucho grito y poco pelo decía un ciego, y estaba esquilando un chancho». Esto se traduce: «No se engañen, este hombre nunca rompe, pero juega a raya de cal». Con un umbral mayor de tecnicismo, el principal experto en presupuesto y hacienda que tiene el peronismo sintetizó, al ingresar anoche en la Capital Federal por el Acceso Norte: «El gobierno va a cantar 33 con un 4 de copas, es decir, lo mismo que en diciembre, usar los 30 días que siguen al vencimiento para pagar sin que haya penalidad alguna». ¿Para qué? Para reforzar la cohesión interna, del país, dentro y fuera del gobierno, que es la razón por la cual el gobierno hace todo lo que hace, más allá de que sea bueno o malo.

La obsesión de la jornada fue, en efecto, cómo explotar al máximo una tensión que la letra fría de las posiciones de la administración Kirchner y la cúpula del FMI no confirmaban. El principal negociador que tenía el Presidente ayer en Washington lo ficcionalizó con acierto: «Estaba todo bien, se fue Horst Köhler y se llevó todos los acuerdos verbales que teníamos».

«Cada vez que había una crisis -recordó-, Köhler levantaba el teléfono, hablaba con Kirchner y llegaban a algún acuerdo. Al margen de las anécdotas se tenían confianza, se creían lo que se decían. Si Köhler decía 'voy a recomendar la aprobación', Néstor le creía y pagaba sin esperar a que el board formalizara la aprobación.»

El viernes, la odiosa Anne Krueger habló largamente con Roberto Lavagna y retrotrajo todo a lo escrito del testamento Köhler. No negó lo que éste había concedido, pero no reconoció ningún acuerdo que no estuviera dicho expresamente en la carpeta que dejó a su sucesora. Eso alimentó la voracidad del gobierno por manipular las imágenes en favor de la acumulación de fuerza. Mucho grito y poca lana. Desde ese viernes hasta anoche lo que el gobierno tejió con los funcionarios del FMI fueron dos ingredientes casi novelescos del acuerdo:

1) Cómo poner por escrito la única diferencia que existía entre las dos partes, es decir, expresar el «reconocimiento» de privilegios al Comité Global de bonistas. El gobierno argentino siempre estuvo dispuesto a reconocerles chapa, pero sin dejar afuera a los demás clubes de acreedores. «Son 21. ¿Por qué privilegiar a éste? -se quejaba el hombre de Washington-¿Por qué tienen abogados con amigos en el FMI y quieren ponerse a la cabeza de los que van a cobrar? Estar en esa posición es hacer diferencias descomunales en abogados que cobran sus honorarios por hora trabajada.»

2) Cuál debe ser la coreografía del cierre del acuerdo. El gobierno, a través de Kirchner, decía ayer que «ya está todo dicho, está todo muy claro». Se refería a cómo habían sido los gestos en la era Köhler, un llamado por teléfono personal anunciando que recomendaría la aprobación. Pero Krueger tiene otro estilo, más allá de que nunca podría admitir como válidos y sin negociarlos ella misma esos acuerdos verbales de Köhler. En ese estilo figura, por ejemplo, no trabajar los fines de semana. Por eso fue inencontrable hasta ayer desde la charla con Lavagna del viernes. Todos los viernes la Sra. Krueger sale de su oficina arrastrando una valija de mano con rueditas, se sube a un auto y desaparece hacia un santuario secreto que nadie conoce. No responde llamados, no lleva celular, no recoge ni contesta mails. Los lunes por la mañana ingresa, como ayer, en su despacho con la misma valija y recién se entera de qué pasó durante el fin de semana. Curioso que se desentienda en esas 48 horas para las cuales trabaja el gobierno argentino.

Este último punto se llevó ayer todos los afanes de los negociadores en Buenos Aires y Washington. Si no iba a haber llamado de Krueger -como hubiera hecho Köhler-, que hubiera un cruce de mensajes hasta que el Presidente entendiese -lo hizo a la noche, cuando leyó en Olivos con su esposa Cristina, Alberto Fernández, Roberto Lavagna (no participa de todas las reuniones para usarlo como el negociador blando, el que ofrece pagar ya) y Carlos Zanini- la última comunicación de Washington, que el FMI producía la «señal».

• Drama principal

En esa reunión en Casa de Gobierno brotó el principal drama del Presidente: cómo evitar que el anuncio de un acuerdo con el FMI fuera para él lo que fue Semana Santa para Raúl Alfonsín. Es decir, que el deseo de festejar una solución frágil termine llevándose puesto a su gobierno. Enojado porque Luis Zamora lo comparase con el ex presidente radical, Kirchner se atosigó en las últimas horas de encuestas que guiasen su pulso.

Una, emitida por el «Canal 9», decía que 80% del público apoya que no vaya una sola moneda al FMI. Otra, atribuida a Mora y Araujo, decía lo contrario, que 70% del público apoya relaciones buenas con el organismo y que menos de 10% de la popular respalda un cachetazo al Fondo. El peor de los infiernos para una administración que se deja conducir por los humores que detectan sus sondeos.

El final de la jornada se alivió con el informe de Washington sobre que el gobierno Bush sigue apoyando a la Argentina en un contexto internacional cada vez más crítico hacia Buenos Aires. De ahí la confianza del gobierno en la contrarréplica que partió anoche a Washington. El gobierno lo sabe porque varios funcionarios y legisladores amigos recorrieron la semana pasada el espinel de los embajadores de países europeos y las señales fueron desalentadoras. Puede la Argentina tener suerte esta vez, pero en setiembre deberá sobreactuar «la buena fe» si quiere aprobar la nueva revisión del programa.

Por eso se instruyó a los funcionarios que no modifiquen su agenda. El presidente del Banco Central, Alfonso Prat-Gay, tiene citado para hoy a las 9 al directorio de la entidad para aprobar el giro de los fondos al FMI, previa señal de Olivos. «Si no hay pago, nos tomamos un café y nos vamos», bromeó el director del Central con mejor humor. Prat-Gay llega hoy de Basilea con los puños llenos de reproches y los comunicará antes al Presidente y después a los directores del Central.

Media hora más tarde, Lavagna tiene cita con un grupo de senadores peronistas para hablar de agenda legislativa, como si nada pasase, como si todo estuviera dicho, y claro.

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