Ya anticipan que Lula llamará a centristas
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La línea económica ortodoxa definida desde el debut del nuevo gobierno brasileño ha sido presentada por las autoridades del Partido de los Trabajadores como una transición inevitable hacia un nuevo modelo. Sin embargo, hay buenas razones para creer que ese giro será permanente.
José Guilhon de Albuquerque, uno de los más respetados analistas políticos del país, señaló a Ambito Financiero que «eso es lo mismo que dijo Fernando Henrique Cardoso en 1994 y en 1998. En la actual situación no es posible una política que no sea muy favorable a las inversiones externas».
En la actual administración se presenta una tensión que recorrió también de punta a punta -aunque con menor virulencia- el gobierno de Fernando Henrique Cardoso: la puja entre un ala ortodoxa y otra desarrollista. Y como en aquella oportunidad, la primera logra prevalecer.
La indecisión acerca de una ruptura definitiva con los petistas críticos explica en buena medida el exasperante internismo y la exagerada propensión al debate que muestra el gobierno en temas clave como las reformas previsional y tributaria.
La primera toca los privilegios de los poderosos sindicatos estatales -clave en la Central Unica de Trabajadores, el brazo gremial del PT-; la segunda, las siempre difíciles relaciones presupuestarias entre la Unión, los estados y los municipios.
La cada vez más factible separación de los izquierdistas de la alianza oficialista -que acaso no resulte en la salida de demasiados legisladores- señala un camino muy posible a mediano plazo: la incorporación formal de dirigentes de partidos centristas al gabinete, lo que alterará sustancialmente el carácter del gobierno.
¿Qué encanto encuentra en Lula el centrismo brasileño? Más allá de la línea económica, el hecho de que su carisma e influencia sobre la izquierda y los sindicatos facilite las reformas previsional, tributaria y hasta laboral en el país. Salvando las diferencias, tal como ocurrió con Menem en la Argentina, sólo el líder de un partido con cierto control sobre el movimiento obrero puede imponer reformas tan sensibles.
En el caso de que estas tendencias se consoliden no cambiará sólo la coalición política de Lula, sino también la alianza social que lo encumbró y lo sostiene. La reforma previsional afectará a funcionarios públicos, militares y miembros del Poder Judicial, esto es a amplios sectores de clase media.
En el fondo, lo que Lula está experimentando es una dificultad que no advirtió durante la campaña: que su afán de redistribución no se basa en una acumulación previa de riqueza, por lo que su desafío es doble y más complejo: crecer y repartir a la vez.
A Cardoso se le reconoce, además de importantes logros en materia de salud y educación, el haber abatido la inflación, impuesto mayor racionalidad en el gasto de los estados y los municipios y modernizado la economía mediante la privatización de servicios públicos clave. Pero, ciertamente, no el haber hecho crecer a Brasil.




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