Chiara Baccanelli aún no tiene 30 años (los cumple en agosto), pero desde hace varios años destaca como una de las personalidades más interesantes en el paisaje de la plástica argentina. Su precocidad (“empecé a pintar en serio a los siete años”, sostiene) y su profesionalismo ya lograron que algunas de sus obras formen parte de colecciones privadas y museos de arte contemporáneo, como el MACC de Italia. Actualmente, crea sus obras en distintos talleres en las ciudades donde reside (Buenos Aires, Miami, Punta del Este y un enclave italiano vecino al Lago di Como, en Italia), con especial atención al dominio de lo abstracto y experimentando con pintura, fotografía, cerámica y escultura.
Chiara Baccanelli: “El color y las formas son mi lenguaje”
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Hace pocos días inauguró una muestra individual en la galería Isabel Anchorena (Libertad 1389), que puede visitarse hasta el 15 de julio de lunes a viernes de 11:30 a 20, y los sábados de 11:30 a 15 con curaduría de la propia Anchorena
La exposición se titula “Cuore Chiara Colore”, aliteración entre su nombre, el corazón y el color. Comprende veintiséis obras de diferentes técnicas y formatos. “Su obra posee la musicalidad de la ronda de los colores de Gabriela Mistral”, escribió María Paula Zacharías en el catálogo. “El color estalla desde una única mancha que abarca todo el lienzo, con trazos gruesos y expresivos. La artista utiliza óleo en brochas de ferretería y óleo en barra, creando ocasionalmente pequeñas islas flotantes que contienen y reverberan el huracán”.
En diálogo con este diario, la propia artista hace hincapié en la materialidad de su instrumento (el óleo de barra citado, al igual que las brochas), “sin los cuales”, sostiene, “el resultado sería completamente distinto. Llegué a esos instrumentos y a esos materiales después de una larga experimentación, y encontré que con ellos hallaba en el lienzo las formas que me proponía, que había concebido imaginariamente antes de empezar, o que ellos me llevaban a encontrar esas formas, esos colores”.
Sobre el corazón señala que es un símbolo que tiene un significado especial: “tal vez sea al que más se ha recurrido en la poesía, en el arte en general, y ya esté gastado, pero yo le encuentro siempre una nueva fuerza de energía e inspiración creativa. Al repasar imágenes antiguas, cuadernos, libros y anotaciones, siempre encuentro ese corazón dibujado o marcado, como un adhesivo o un tatuaje. En lugar de ocultarlo, he decidido darle luz”. Le hacemos notar, en este caso, que Umberto Eco decía algo similar sobre otro símbolo eterno, y “gastado”, de las metáforas, como es la rosa, y que justamente por eso llamó a su novela “El nombre de la rosa”, porque no hay mejor forma de encontrar nuevos significados que en significados que parecen agotados. “El simbolismo del corazón”, agrega “ha intrigado a la humanidad a lo largo de los siglos. En la India, China y Japón, desde tiempos remotos se considera al corazón como la fuente del amor y como un centro de energía, en paralelo al concepto de los chakras”.
Además de las pinturas, la exposición incluye tres esculturas en forma de corazón, “Estas obras”, señala Baccanelli, “invitan a reflexionar sobre los ciclos de reciclaje y renacimiento en nuestras propias vidas. Y cada color representa una sensación, una energía distinta”.
Sobre sus influencias, o referentes, menciona en todos los casos a artistas contemporáneos: “Willem DeKooning, Cy Twombly, Joan Mitchell, Georg Baselitz y Georgia O’Keefe. Sus pinturas me conmueven, me transmiten profundidad y emociones positivas”.
Fue invitada a participar del programa de residencia artística de la Fondazione MACC Calasetta en Sardeña, Italia, donde estuvo dos meses viviendo en la isla, estableciendo un vínculo íntimo con su pueblo, su gente y costumbres. Este fue un momento de inmersión en el espacio y la naturaleza, reflejado en su trabajo artístico. Algunas de las obras creadas durante este período forman parte de la colección del Museo MACC.




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