15 de marzo 2010 - 00:00

Cupones bursátiles

Entre la multiplicación espantosa de delincuentes financieros, que bien pueden ser estatales o privados, y la ineficiencia en los controles de aquellos organismos que deben ejercer el poder de policía, el mundo se ha convertido en una trampa permanente para los que se siguen moviendo con confianza e inocencia. Por otra parte, el bando de los que hacen del desvío y el desfalco su modo de «crecimiento» parece estar ganando la batalla contra las medidas más rigurosas que se vinieron proponiendo y -después- van al rincón olvidado.

Es evidente que en los Estados Unidos se ha vuelto a colocar en primer plano el asunto del sistema de salud, relegando lo que hace un par de semanas invocará Paul Volcker. Sobre proyectos para endurecer esquemas y leyes, dividiendo las funciones de las entidades bancarias y financieras, acotando con ello la generación de descomunales ganancias y de riesgos imposibles de justificar.

La noticia importante, de nuevos casos de desastres que afecten a inversores y ciudadanos, puede provenir desde lo que es una entidad, o funcionarios de un país. Sin ir muy lejos (para qué hacerlo si tenemos ejemplos de sobra), mientras toda la atención se centraba en si iban a rechazar el nombramiento en el Central, explotaba el asunto en la Aduana. Tales las características y los involucrados, resultaría un hecho gravísimo en cualquier país más o menos normal. Aquí no. Interesa a los políticos proseguir con sus pulseadas en el Congreso y al Gobierno tratar de imponer sus designios a como dé lugar, antes que unos y otros le den la dimensión que merece semejante hecho en lo que es el gran portal de entrada y salida de la Nación. De dineros no recaudados y que se esfuman, de vaya a saberse hasta qué tipo de mercaderías y elementos pasaban alegremente.

Toda la gente que constituía «la banda» ha salido bajo fianza. Uno no exagera en nada si imagina que en países como China, hasta podrían ser pasibles -de encontrarse culpables- de literales ejecuciones. Y se cae siempre en lo mismo, en los que ejercen de modo descarado la defensa y aseguran que «en todo el mundo se cometen delitos». Y los que derrumban el concepto con sólo decir: «Sí, pero los castigos no son los mismos». Y seguirán sin serlo, porque se oye hablar de todo, menos de alguna vez encarar y remozar los códigos y aumentar las penas. Y en esto, el periodismo tampoco hace nada.

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