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Esto, justamente, era lo que proclamaba el Premio Nobel Paul Krugman -en artículo aparecido en diario Clarín- y denominando como «Recorte de pelo» a los acreedores, «quienes tendrán que aceptar recibir menos...».
Y en otro párrafo afirma que: «Un razonamiento económico fantasioso llevó a sostener que bajando el gasto se iba a crear empleo». Es sabido que el afamado economista resultó uno de los más entusiastas defensores de lo hecho en Estados Unidos, en cuanto a inundarlo todo de dólares y eludir todo tipo de ajuste, en pro de fogonear el consumo. Pues bien, habría que preguntarle a Krugman si tal maravillosa receta dio resultados en aumentar el empleo. Y la respuesta es sencilla: un «No», en mayúsculas.
Y se puede agregar un aspecto, que ahora suele olvidarse. Los europeos cometieron el pecado de participar del frenesí norteamericano (en los nuevos «años locos» que precedieron a la crisis). Pero, el jolgorio explotó en Estados Unidos, para contaminar a todos.
Lo que puede verse en el escenario es la contradicción permanente, la enorme ausencia de verdaderos líderes y «pilotos de tormentas». Sumado a la falta de brillantes en los economistas que analizan y lanzan ideas, rápidamente fracasadas. A tal punto que se tienen que seguir basando en Keynes, o resucitando y desempolvando a Marx (donde se registran récords de venta de «El Capital»).
El mundo avanza en lo tecnológico y en la liviandad de gobiernos transgrediendo límites razonables (con tal de entusiasmar a las masas). Y atrasa, terriblemente, en poder encontrarle los antídotos a los desfases y los desvíos.
Apenas un par de disquisiciones, que pueden servir para entender el zafarrancho de volatilidades y carencia de rumbos que, en algún punto, también debían alcanzar a los mercados. Ser hoy inversor, participante, pasa a ser un «trabajo insalubre».


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