No hay lugar para la queja, mucho menos percibirlo como una crítica agresiva y tendenciosa, cuando dos tipos de reclamos oficiales se dan de frente en un breve lapso. Hablamos de lo bursátil, de sociedades cotizantes y de qué modo van las que están en el ojo de la tormenta (mientras las de «capital cerrado», muchas de ellas más grandes y con mayores utilidades, se matan de risa viendo qué les sucede a las que tienen la desafortunada presencia dentro de la Bolsa). Acerca del giro dado y de manera completa, arranca con todo el ambiente que se formó en torno de Siderar y las exigencias de directores representantes de las tenencias heredadas de los Fondos Pensión -en arcas de la ANSES- ejerciendo presión para que la compañía distribuyera dividendos en efectivo. Con apoyo incondicional de la CNV, que buscó encuadres muy difíciles de sostener, después de tensa situación se arribó a que la compañía concediera esos deseos. Se podía entender de algún modo la presión, para que la entidad oficial capturara ingresos importantes en efectivo. Esto era un caso: a cuenta de mayor cantidad, con tal premisa en todas las compañías donde se poseyeran porcentuales. Y desde allí apareció la reglamentación de CNV, acerca de que los directorios tenían que dar «un destino cierto» a sumas acumuladas.
De pronto, son los casos que se ven ahora, el objetivo varió radicalmente. Y la presión que se ejerce, de modo amplio y manifiesto, es que las sociedades no repartan dividendos. Y que destinen todos los fondos a «inversiones». Lo que saltea limpiamente el paso intermedio, que sería: que no distribuyan las sumas acumuladas, pero que puedan constituir «reservas voluntarias». Este aspecto lo hemos sostenido desde nuestra columna. En épocas duras, de incertidumbres serias sobre la economía global, el camino más sensato es que las empresas estén guarecidas, con importantes fondos propios. Aptos para poder atravesar cualquier período de magros resultados, sin verse en problemas o endeudamientos aventurados (no sólo con préstamos, las Obligaciones Negociables -que se emiten con entusiasmo- también son deuda exigible). Pero tratar de obligar a utilizarse en «inversión» cuando existen temores de todo tipo y de futura demanda, escapa a visión apropiada (al menos, la nuestra). Un giro completo, del repartir al invertir, en menos de un año, implica variantes de política que -cuanto menos- dan para el asombro. Pensamos (sin ofender).
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