19 de junio 2009 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El especialista en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko de la película «Wall Street» analiza el comportamiento de la inflación en EE.UU., poniendo énfasis en las alternativas de la Fed para absorber la megaemisión de dólares realizada.

Periodista: Si el temor a la inflación es lo que erizaba la piel de los bonos, los índices de mayo deberían proveer una distensión duradera.

Gordon Gekko: La inflación fue la excusa a mano. No se confunda. Mientras los bonos del Tesoro cayeron (y sus rendimientos treparon con mucho vigor), todo lo contrario ocurrió pari passu con las obligaciones de empresas y municipalidades.

P.: Que se encuentran tan expuestas a la inflación como los papeles del Gobierno central.

G.G.: Así es. El nudo real del problema es la digestión de una emisión enorme de deuda pública.

P.: Tema que no está solucionado.

G.G.: No. Es un embudo que se acentúa con cada subasta. Es fácil notarlo; repare en la altísima volatilidad de los rendimientos alrededor de la fecha de cada licitación. Las tasas se elevan un escalón antes de las subastas y luego se descomprimen. Sistemáticamente.

P.: Sin embargo, las expectativas de inflación, en los últimos meses, repuntaron de la mano de los mejores indicadores financieros y económicos.

G.G.: Eso también es cierto. Regresan a la media de los últimos años. Diría que aún estamos por debajo de la norma. Las expectativas, implícitas en los precios de los títulos del Tesoro, se ubican en un rango entre el 1,5% y el 2% anual para un horizonte de entre 5 y 10 años.

P.: Cuando los índices todavía señalan que lo que manda es la deflación.

G.G.: Digamos, mejor, la caída de precios.

P.: Como más le guste llamarlo.

G.G.: No es lo mismo. Los últimos doce meses a mayo, en los EE.UU., los precios mayoristas cayeron el 5% y al consumidor, el 1,3%. La merma es indiscutible. Y tiene una explicación dominante.

P.: El derrumbe de los precios de alimentos y energía.

G.G.: Fundamentalmente, energía. Tanto a nivel mayorista como minorista, ese crítico renglón declinó el 27%. Lo que hasta julio del año pasado lucía como un proceso de alta inflación (recuerde que el costo de vida en los EE.UU. llegó a subir más del 5%), ahora se presenta como una deflación inédita en medio siglo. Pero, afortunadamente, no es ni lo uno ni lo otro. Y cualquiera puede verlo si quita del medio la volatilidad de los precios directos de la energía y los alimentos.

P.: En ese caso, la deflación desaparece. ¿O me equivoco?

G.G.: Hay presiones deflacionarias, pero el nivel general de precios tiende a subir. Con modestia, pero sube. La inflación mayorista así definida es positiva: el 3%. Sin embargo, en los tres últimos meses su variación fue nula. Los precios de los bienes de capital cayeron, en ese lapso, el 1,5%. Y los de los bienes intermedios se hundieron el 5,6%.

P.: ¿Qué pasa en el plano del consumidor final?

G.G.: La inflación subyacente mide el 1,8% en los doce meses a mayo. Un año atrás, la lectura comparable arrojaba un registro no muy diferente: el 2,3%.

P.: Pese al desborde de las cotizaciones del crudo.

G.G.: Tal cual. En ese entonces, la energía había trepado un 17% en vez de caer, como ahora, un 27%.

P.: La conclusión es que, en materia de precios, la economía de los EE.UU. es más estable de lo que comúnmente se reconoce.

G.G.: Siempre enfatizamos ese punto. Sin ignorar, por supuesto, que los resultados hubieran sido muy distintos si la Fed no hubiese trabajado a destajo después del colapso de Lehman Brothers. Por supuesto, el acceso a una política monetaria muy atenta y flexible es un recurso clave del que goza la economía para absorber los shocks.

P.: ¿También existen presiones deflacionarias en los precios al consumidor?

G.G.: En principio, creo que los resultados del índice sobreestiman la verdadera inflación vigente. Primero, los precios de los autos están cayendo y no subieron el 0,5% en mayo como lo sugieren las estadísticas.

P.: ¿No se captan las descuentos efectivos?

G.G.: Entiendo que es un problema con la serie desestacionalizada por el cambio de modelos. Segundo, se produjo un aumento en la imposición fiscal sobre el tabaco. Que repercute en las mediciones, pero es un fenómeno «por única vez».

P.: No tendrá continuidad.

G.G.: Correcto. Y, tercero, el gasto de alojamiento (una imputación que representa un tercio de la canasta de consumo) difícilmente se haya encarecido el 1% el último año, cuando lo que uno observa es un declive vertical del precio de la vivienda (y también de los alquileres). Hacia adelante, autos y vivienda seguirán ejerciendo presión bajista.

P.: En contrapartida, los precios del crudo se duplicaron en los mercados internacionales. Y si bien no se advirtió su impacto en las cifras de mayo, es más que evidente que el alza ya llegó a los surtidores.

G.G.: Aparecerá en los datos de junio.

P.: ¿Cree que puede volcar el fiel de la balanza, otra vez, hacia el campo pro inflacionario?

G.G.: Tenemos la experiencia de haber convivido con un barril por encima de los 100 dólares. Me imagino que no caerá en saco roto.

P.: Nunca se sabe. Se dice que quien se quema con leche ve una vaca y llora, pero, a juzgar por lo que se observa, esta vez no es verdad.

G.G.: La OPEP recortó la oferta mundial de petróleo, pero la demanda cayó aún más. Sin embargo, desde marzo, las cotizaciones se multiplicaron por dos. Los inventarios suben y, cosa curiosa, los precios también. Hay, por ende, una apuesta muy fuerte a la recuperación global. Se sabe que China aumentó sus compras de materias primas, pero no está nada claro que sea producto de un incremento en la demanda final.

P.: Está claro que todavía no es el caso.

G.G.: Son muchos interrogantes y es temprano para darles una respuesta definitiva. Mientras sea así, considere la espada de las presiones deflacionarias como la que, en verdad, tiene filo.

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