22 de agosto 2012 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La visión positiva sobre Europa no se apaga, mantiene viva la luz de la esperanza. ¿Qué hay detrás de la versión de que el BCE les pondrá un techo a las tasas de interés? Con Gordon Gekko, nuestro hombre de incógnito en los mercados internacionales, desgranamos el tema hasta llegar al meollo del pacto implícito entre el BCE y los gobiernos de Europa.

Periodista: El «europtimismo» cotiza alto. No da señales de perder vigencia.

Gordon Gekko: Así parece.

P.: Si el BCE se anima a ponerles un techo a las tasas españolas e italianas sería un cambio trascendental.

G.G.: Habrá que ver a qué plazo. Pero, sí, sería una muestra de compromiso, de confianza de los europeos en sí mismos y en su proyecto de integración; una señal que estaba faltando y que no se podría obviar.

P.: ¿Usted ya lo da por hecho?

G.G.: Usted lo planteó, no yo.

P.: Pero no lo objetó.

G.G.: Las palabras de Mario Draghi, el mandamás del BCE, instalaron el tema. Nobleza obliga: Draghi no dijo que el banco central se abocaría a igualar las tasas de interés de todos los países de la eurozona, pero sí que la existencia de una prima de riesgo asociada a la ruptura del euro era inadmisible. Entiendo que las tasas de interés no se igualarán; serán distintas entre los países porque el riesgo crediticio no es uniforme. Pero la brecha debería recortarse sustancialmente en el tramo corto.

P.: ¿Y ve factible que la idea avance?

G.G.: Sí, claro. Se advierte un acuerdo político detrás bastante importante. Después de todo, Draghi y Merkel están empujando la misma iniciativa.

P.: ¿Cree que hubo, o hay, una negociación formal?

G.G.: Desconozco la forma como se gestó el acuerdo. El BCE es independiente y los gobiernos no tienen gran interés en ser vistos inmiscuyendo sus narices en la institución. Así que a todos les conviene mostrar la coincidencia como un fruto de naturaleza espontánea. Pero Draghi no se tiró a la pileta sin saber que había agua suficiente. Recuerde que el Bundesbank salió con los tapones de punta al día siguiente, como era de esperar. Y un par de horas después usted tenía a mano un comunicado conjunto de Merkel y Hollande apoyando la moción. Sin ese respaldo a tiempo, Draghi la hubiera pasado muy mal.

P.: Era un motín a bordo del BCE.

G.G.: La única desavenencia que quedó en los registros fue la de Jens Weidmann, el presidente del Bundesbank. Draghi consiguió arrastrar a los demás miembros del Consejo Monetario.

P.: ¿Es posible que no todos ellos estén muy de acuerdo con la iniciativa de intervenir comprando deuda de corto plazo?

G.G.: Habría que pensar que surgirán discrepancias cuando se quiera definir el detalle de la intervención. El presidente del banco central belga, por caso, se pronunció en contra de la compra de obligaciones de los países. ¿Cómo se compatibiliza con su posición «no negativa» en la votación? Me gustaría saberlo.

P.: Quizás lo que se logre consensuar sea una variante bastante lavada de intervención.

G.G.: Una solución de compromiso. Seguro. Supongo que eso se está ventilando entre bambalinas. Fíjese cómo se instaló el debate en Alemania.

P.: El Bundesbank aprovechó su informe mensual para ratificar su oposición a toda compra de deuda soberana.

G.G.: Pero el otro representante alemán en el BCE, Jeorg Asmussen, también hizo oír su voz favorable en los medios. Y Merkel, indirectamente, porque éste es un tema interno del BCE, avala la movida.

P.: Es importante ganar la consideración de la opinión pública en Alemania.

G.G.: La prueba está servida. Hay una vieja guardia del Bundesbank que hace causa común con Weidmann. Cuenta con el instituto IFO, también muy influyente. Y por otro lado uno observa una oleada revisionista de la política monetaria (de los tiempos de Karl Otto Poehl y Hans Tietmeyer) que trata de mostrar que las decisiones no siempre se ajustaron al canon ortodoxo que se quiere vender. Y no se olvide de Grecia, que es otro tema que se debe resolver pronto, en el que Merkel también tendrá que conceder, al que hay que encontrarle la vuelta para no pagar un alto costo político interno.

P.: Y también está pendiente el fallo del Tribunal Federal Constitucional, que tiene que pronunciarse sobre el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), el segundo fondo europeo de rescate.

G.G.: Correcto. No debe ser fácil moverse en esa maraña. Por eso la señal de Merkel -al apoyar a Draghi- ha sido muy fuerte.

P.: En dos semanas se reúne otra vez el BCE. ¿Piensa que estarán listos los planes concretos de intervención?

G.G.: La reunión es el día 6 de septiembre, el fallo del tribunal constitucional está previsto para el 12. Si el BCE va a comprar deuda, aunque sólo sea de corto plazo, se sentirá más cómodo si los gobiernos tienen montado el muro cortafuegos prometido. Si el Tribunal Constitucional alemán le dice no al MEDE, tendremos un serio problema. Quizás el BCE quiera pisar sobre terreno firme. En ese caso, no sorprendería que dilate definiciones clave.

P.: Si el Tribunal Constitucional le baja la persiana al MEDE, Europa estará en el horno. Y sólo contará con el BCE para apagar el fuego.

G.G.: De acuerdo, pero acá hay una transacción tácita y cabe pensar que los gobiernos deberán cumplir su parte. Número uno, la irreversibilidad del euro. Esto es, la promesa de no tirar a nadie por la ventana. Caso contrario, el BCE quedará pegado con las compras de deuda.

P.: ¿Usted piensa que ha sido así? ¿Que los gobiernos se comprometen frente al BCE a no expulsar, por ejemplo, a Grecia?

G.G.: Nos daremos cuenta cuando el BCE defina qué deuda compra. Quizá Grecia sea la excepción (como se hizo antes de lanzar los pases a tres años). Pero no debería ser el caso si uno lo toma a Draghi al pie de la letra.

P.: ¿Piensa que hay otra condición?

G.G.: Si el BCE no va a intervenir a menos que los países pidan un rescate formal, lo lógico es que Europa comprometa los recursos fiscales necesarios. Por eso no se puede caer el MEDE. España sola sería demasiado grande como para no provocar un zafarrancho.

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