3 de abril 2009 - 00:00

Dolor, con inevitable política, en la despedida de Alfonsín

Una guardia de Granaderos llevó a pulso el féretro con los restos de Raúl Alfonsín hasta el Panteón de los Caídos en la Revolución de 1890 en el cementerio de la Recoleta. Acompañaron el traslado miles de simpatizantes que hasta debieron soportar la lluvia que cayó sobre Buenos Aires.
Una guardia de Granaderos llevó a pulso el féretro con los restos de Raúl Alfonsín hasta el Panteón de los Caídos en la Revolución de 1890 en el cementerio de la Recoleta. Acompañaron el traslado miles de simpatizantes que hasta debieron soportar la lluvia que cayó sobre Buenos Aires.
A las 17.38, el féretro fue depositado en el fondo de la bóveda entre aplausos y el enésimo coreo «Alfonsín, Alfonsín». Fue el saludo último, la postal definitiva de una ceremonia pasional que había comenzado 40 horas atrás, el martes a las 20.30 cuando se informó su muerte.
Un cielo ceniciento, empecinado en soltar cada tanto algunas gotas, aportó coreografía de luto al adiós a Raúl Ricardo Alfonsín que ayer fue sepultado en el Panteón de los Caídos de la Revolución del Parque, en 1890, en el cementerio de la Recoleta.
El fervor y el tumulto que escoltaron el traslado de los restos del ex presidente desde el Congreso nacional se repitieron en la Recoleta, sobrepasaron los controles y obligaron a modificar, a las apuradas, la secuencia y el escenario de los discursos de despedida.
No pudo ser: cuando la cureña todavía surcaba, lenta, la calle Guido, una oleada de militantes y seguidores rompió la valla policial y se instaló frente a la puerta del cementerio donde se había montado una pequeña tarima desde donde se dirían las palabras de adiós.
Eran las 15.35 cuando dobló por Junín el jeep que traía el féretro. A esa hora, la familia y la mayoría de los invitados VIP ya habían ingresado. Otros tuvieron que forcejear: Julio Cobos, uno de los últimos en entrar, llegó arrastrado por sus custodios.
La gente estaba agolpada en la puerta de la Recoleta, ya cerrada, y hasta detonó una orden del jefe de Granaderos de que los uniformados envainen las bayonetas. Una prevención para evitar algún episodio indeseado entre tantos apretujones.
Para entonces, las coronas florales enviadas por Cristina de Kirchner, la Corte Suprema, el vice y el presidente peruano Alan García, que se habían alineado prolijamente en la entrada, a los lados de la puerta, se deshojaban sacudidas por la muchedumbre. 
- Estos de Franja Morada no tienen capacidad de organización -gritaba, buscando culpables del entrevero, una señora mayor, abrazada a dos rosas: una blanca y una roja. 
- Se los pido por mi padre, dejen espacio para que llegue la cureña suplicó, quebrado, «Ricardito» Alfonsín, desde atrás de la reja. 
- Muchachos, hagan lugar. Ordenen esto -irrumpió, micrófono en mano, Enrique «Coti» Nosiglia.
Fue un abracadabra: el caos se ordenó de inmediato, apareció un corredor inimaginable unos segundos antes y los granaderos, que habían lidiado con el tumulto, lograron finalmente mover el féretro y traspasar la puerta, donde los recibió «Ricardito».
Adentro se recuperó el control. Había no más de 200 personas. Nada comparado con afuera, pero más de lo previsto originalmente: el plan A era que sólo participen de la última ceremonia los familiares y un
pequeño grupo de amigos de Alfonsín. Estaba pautado, además, que las palabras de despedida de Antonio Cafiero, del ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti y de Graciela Fernández Meijide se pronuncien desde las escalinatas de entrada al cementerio. No se pudo y todo se mudó al panteón.
Con más calma, la cureña recorrió unos 300 metros hasta la bóveda. Allí, el mausoleo de la familia Huergo sirvió de improvisado escenario donde se amontonaron Cafiero, Cobos -con su esposa-, Sanguinetti, Fernández Meijide, Mario Losada, Daniel Salvador, Leopoldo Moreau, Víctor Martínez y Ricardo Alfonsín.
En un rincón, dos granaderos esperaban su turno para entregarle a la familia el bastón presidencial -lo recibió, compungido, su hijo Ricardo- y para hacer sonar, en clarín, la melodía del adiós.
Espera
Antes, detrás de las vallas, un gran número de personas había esperado ordenadamente y en calma. Cada tanto un aplauso rompía el silencio. Dos o tres veces, un grupo con banderas rojas y blancas estrofeó la marcha radical: la intentona se agotó en el segundo verso.
Tampoco prosperaron los cantitos ochentistas. El célebre de «somos la patota de Alfonsín» se escuchó en mono, desde un rincón, y se apagó rápido. Eduardo Angeloz y Juan Manuel Casella, protagonistas de aquellas aventuras, miraban con nostalgia.
En la otra punta, Anfonio Cafiero -que llegó del brazo de Teresita González Fernández y Moisés Ikonicoff- esperaba su turno. Más tarde, llegaron Mario Losada, Federico Pinedo y Esteban Bullrich. Desde pasado el mediodía, estaba Ricardo Gil Lavedra.
Cuando llegó la oleada, la escasa custodia policial cedió fácil y la organización decidió liberar los pasos. Fueron 10 minutos de sacudones hasta que, con la cureña dentro del cementerio, se recuperó la calma que perduró hasta que, a las 17.38, el féretro con los restos de Raúl Alfonsín descendió hasta la bóveda y se estacionó en el Olimpo radical junto a Hipólito Yrigoyen y Leandro Alem.

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