El Colón estrenó una gran “Bella durmiente”

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«La bella durmiente del bosque», ballet en un prólogo y tres actos. Mús.: P. I. Chaikovsky. Coreog.: K. Burnett (sobre el original de M. Petipa). Ballet Estable del Colón. Dir: L. Segni. Orquesta Filarmónica de Bs. As. Dir.: J. L. Orbe. (Teatro Colón, 30 de junio).

Con «La bella durmiente del bosque» («La bella del bosque durmiente» sería una traducción más adecuada del título original del cuento de Perrault), segunda de las tres grandes partituras para la danza de Chaikovsky, el Ballet Estable del Teatro Colón volvió a su escenario natural. Indudablemente se trata de un título que desafía desde todo punto de vista, pero cuya realización acabada es -por las características intrínsecas de esta obra maestra- una certera carta de triunfo, y el atractivo de la propuesta quedó demostrado por el hecho de que la función de estreno fue a sala llena.

La novedad vino de la mano de Karl Burnett, quien creó especialmente para esta compañía una versión basada en el clásico de Marius Petipa. Apenas un par de cambios (anticipados por él mismo en una entrevista de este diario) y su compromiso de fidelidad al espíritu de Petipa le alcanzan a Burnett para crear una versión de gran belleza, que brinda posibilidades de lucimiento en la misma función a todas las figuras de la compañía.

Muy buen desempeño tuvieron los protagonistas invitados, la venezolana Karina González y el estadounidense Connor Walsh. Desde el famoso y difícil «Adagio de la rosa» se pudo apreciar en González gracia y delicadeza, pureza y precisión en sus movimientos (menos logrado que su técnica fue su desempeño actoral, ya que en ciertos momentos se la advirtió tensa y escindida del personaje de Aurora). Solvente en sus piruetas, sus saltos «en manège» y en todas las instancias dramáticas de su Príncipe Florimund, Walsh brindó una performance deliciosa.

En líneas generales todo el cuerpo de baile y solistas cumplieron con creces. Del encantador sexteto feérico del prólogo cabe destacar a Karina Olmedo, Silvina Perillo, Silvina Vaccarelli y Carla Vincelli, quien además se lució en el «Vals de las guirnaldas» junto a Luciana Barrirero. Por su parte, Natalia Pelayo fue una refinada Condesa en el segundo acto y un memorable Rubí en el tercero; en este acto sobresalieron también las duplas integradas por Perillo (Diamante) y Federico Fernández (Su Caballero), y Karina Olmedo (Princesa Florisse) y Juan Pablo Ledo (Pájaro Azul).

La realización escénica, a cargo de Roberto Oswald, Aníbal Lápiz y Christian Prego, resultó bella y lograda. Un párrafo aparte merecen la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires (impecable en todo momento), su director Javier Logioia Orbe (experto en el complejo arte de coordinar foso y escena) y su concertino, Pablo Saraví, que hizo de sus solos de violín momentos antológicos de un espectáculo para disfrutar con los ojos pero también con los oídos.

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