El museo de Eduardo Costantini es una referencia mundial del arte latinoamericano, pese a los vientos en contra de la economía argentina.
Pettoruti. “La canción del pueblo” perteneció al magnate de la prensa Natalio Botana e integra la colección permanente del Malba.
El Malba, un Museo clave para la vida cultural de Buenos Aires, abrió sus puertas hace 17 años con las 230 obras que Eduardo Costantini compró a fines de la década del 90. Para celebrar su aniversario, el jueves se presentará la colección permanente renovada, con un nuevo montaje. El guión, a cargo de la curadora Victoria Giraudo, recupera obras de Khalo, Pettoruti, Tarsila Do Amaral o Portinari, entre tantas que hoy habitan el inconsciente estético del público del Museo y que habían pasado a un segundo plano o permanecieron guardadas durante los últimos años. Las obras cumbre de Latinoamérica vuelven a ser protagonistas y deparan placer al visitante que las reconoce. El Malba es un Museo especializado en arte latinoamericano, condición que determinó desde su fundación la conexión con grandes instituciones del mundo. Nuestra región, tan amplia y diversa que no admite simplificaciones, es motivo permanente de estudio, hay mucho para ver y analizar y artistas de primer nivel que apenas se conocen.
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El recorrido de la colección se abre con el significativo retrato del escritor madrileño Ramón Gómez de la Serna pintado en 1915 por Diego Rivera, una de las estrellas del muralismo mexicano, la primera vanguardia surgida en América que disputa el lugar al expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York. La pintura refleja, sin embargo, la clara influencia del cubismo, movimiento que dejó una huella firme en el arte de esta región, al igual que otras tendencias de Europa. De la Serna frecuentó la vanguardia latinoamericana en España y se radicó finalmente en la Argentina. Esta permanente oscilación entre lo local y lo internacional la señala Borges, cuando dice: "[...] Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esa tradición, mayor que la que pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental".
En la segunda década del siglo XX, Xul Solar recorre Europa y muestra en sus dibujos un estilo inconfundible, mientras Pettoruti participa del futurismo italiano. Ambos reciben al espectador. Un paso más adelante, la exposición incluye al uruguayo Barradas y se sirve de la fotografía de Cóppola para mostrar el contexto urbano de esos años, el vertiginoso avance de la modernidad. Entre las pinturas de Joaquín Torres García se levantan las esculturas de Curatella Manes.
Grandes artistas como Pettoruti con "La canción del pueblo" que perteneció al magnate de la prensa Natalio Botana, adquieren mayor visibilidad en nuevo planteo de Giraudo, quién observa: "Además, quise otorgarle espacio a los conjuntos mejor representados en la colección". Allí están la serie de obras más genuinas de Xul Solar provenientes de la colección Lowestein; las del grupo de arte concreto, con los fundadores de "Arturo" la "Revista de Artes Abstractas"(1944); además de las pinturas de la Nueva Figuración, con el "Bestiario" y el "Rompecabezas" de Jorge de la Vega, junto a las de Noé, Macció y Ernesto Deira.
La muestra está dividida en capítulos y cada uno relata una historia. La búsqueda de la identidad es una constante que atraviesa Latinoamérica de Norte a Sur, desde los artistas que acompañan la Revolución Mexicana hasta aquellos que exploran el paisaje con un estilo inconfundible, como Guttero, Cúneo o Figari. Entretanto, una terraza de Spilimbergo muestra el clima metafísico de Buenos Aires que abrirá paso al surrealismo. Berni fue un adelantado y abandonó su surrealismo temprano conmovido por la crisis de los años 30, la desocupación, la pobreza. Así pintó "Manifestación" y luego la saga de Juanito Laguna. Como un acierto del montaje, uno de los monstruos infernales que pueblan los sueños de la prostituta Ramona Montiel, cuelga del techo acechante.
Casi el final del recorrido se vislumbran las obras cinéticas de los venezolanos Jesús Soto y Cruz Diez, junto a las de Martha Boto, Vardánega y entre otros, Julio Le Parc. Una obra interactiva de Le Parc involucra al espectador sorprendido por los brillos zigzagueantes de "Six cercles en contorsion". En el corredor del primer piso, Berni se encuentra con una artista de la década del 80 que reconoce su influencia, Marcia Schvartz.
El Malba ha vuelto a ser el Malba. Hace alrededor de 20 años, Costantini, un personaje dedicado a las finanzas, pensó que si Latinoamérica se posicionaba como región emergente su importancia repercutiría en la valoración del arte. Los textos en las paredes rinden cuenta del por momentos convulsionado contexto socio político. A pesar todo, el Malba se inauguró en plena crisis y su patrimonio, que hoy pertenece a la Fundación, supera las 600 obras, mientras crece, potente, la actividad de áreas como el cine y la literatura.
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