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El reloj del G-20 ya corre para la región
La grieta abierta por Trump rompe el consenso alcanzado en 2008 que comenzó centrado en asuntos económicos pero se amplió a cuestiones también globales como el medio ambiente, las migraciones, el terrorismo o las epidemias.
La buena noticia es que la actitud de EE.UU. resultó insuficiente para desarmar esta nueva instancia de la gobernanza mundial y, más aún, agrupó al resto, considerando que el G20, como destacó la canciller alemana Angela Merkel, prefirió exponer ese único disenso y reafirmar el consenso de la mayoría. Peor hubiera sido para el futuro del G20 que Trump, directamente, hubiese dejado vacía la silla de Estados Unidos.
Cabe entonces preguntarse por el desempeño de Argentina, Brasil y México, como expresión del bloque en esa cumbre. Si bien existe en las tres capitales un discurso público crecientemente convergente sobre la necesidad de alcanzar una agenda básica común de prioridades para llevar a esa mesa, lo cierto es que, viendo al rengo andar, la presencia de nuestros países en la cumbre pareció reflejar más las necesidades particulares de cada uno según sus circunstancias domésticas.
En aquella cumbre México continuó absorbido por las provocaciones de Trump sobre los desajustes de sus relaciones comerciales y la demonización del flujo de sus inmigrantes hacia el Norte; Brasil volvió a lucir envuelto en una crisis política interna que borró el fuerte protagonismo que supo exhibir desde los inicios del G20; y, por fin, Argentina, se concentró en privilegiar la búsqueda de inversiones para su economía, desmarcada de una estrategia acordada regionalmente.
Desde 2008, toda la región ralentizó su ritmo de crecimiento y experimentó recesiones, como en Brasil y la Argentina, de las que recién parece querer salir. En un mundo multipolar que se mueve más rápido, disperso y nervioso que hace una década, el resultado es que América Latina relativizó su protagonismo en el G20, ante el ascenso de Rusia y, en particular, de China, lista para ser la primera economía mundial.
Pero, buscando un ángulo optimista, esa misma dinámica de transición también puede abrirle a la región nuevos espacios y condiciones de negociación, políticas y económicas, que le permitan recuperar el protagonismo que se le reconoció al crearse el G20 y despejar la falsa idea de que goza de una sobre representación en el grupo.
Sería un error desaprovechar el efecto negativo que provoca la ofensiva estadounidense sobre México, que obligado a revisar su estrategia como potencia latinoamericana puede potenciar la coordinación de sus intereses con Sudamérica, para fortaleza de ambas áreas de influencia. A su vez, la Troika latinoamericana en el G20 debe lograr una estrategia regional consensuada que represente los intereses del resto de los países del sub continente.
Camino al G20-2018 en Buenos Aires, queda claro que América Latina parte de una base mínima, pero la crisis de la gobernanza global nos está abriendo la oportunidad de concretar las metas de una agenda común en esa mesa privilegiada de poder. El reloj ya está corriendo.
(*) Titular de Fundación Embajada Abierta.


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