22 de febrero 2019 - 00:01

El metro de París desde las entrañas

Un viaje en la cabina del tren da otra perspectiva de una de las redes de subterráneos más antiguas y extensas del mundo. En la superficie, la historia y el arte se funden en una mezcla que quita el aliento.

Recorrer París es un sueño, una amalgama perfecta entre sentimiento e historia que inunda el pecho. Caminar por sus calles implica que a cada paso uno se subyugue por los mínimos detalles o se obnubile por la belleza de los hitos imperdibles que se despliegan a lo largo de toda la ciudad. Pero, además, hay una París oculta bajo sus calles. Por un lado se despliega a nivel subterráneo el sistema de cloacas iniciado en el siglo XIII y que en la actualidad cuenta con más de 2 mil kilómetros de extensión, y por el otro se extiende el metro con sus 14 líneas y más de 219 kilómetros de vías.

La red de subterráneos operada por el consorcio estatal RATP, cuya filial internacional RATP Dev compite en la licitación por la nueva concesión del subte de Buenos Aires, permite a través de sus más de 300 estaciones agilizar el recorrido para los turistas que tienen poco tiempo y quieren maximizar su estadía en la Ciudad de la Luz.

Invitado por la empresa RATP, tuve la oportunidad de vivir una experiencia desde las propias entrañas del metro al viajar en la cabina del conductor de la línea A del RER (Red Regional Express) entre las estaciones “La Défense” y “Nation” para experimentar el funcionamiento de esta línea semiautomática. Bajo la guía de Sébastien Margerand, gerente de mantenimiento de RATP Dev, un grupo de periodistas llegamos a la estación “Nation” a la espera del tren vacío exclusivo para nosotros. Fantasmal, el tren llegó a la parada solamente con el conductor, un tren de doble piso absolutamente vacío. Subimos e inmediatamente accedí a la cabina junto al conductor. Como línea semiautomática hay tramos en los que el conductor no debe realizar ninguna acción, más que activar el modo autónomo. Increíblemente el tren echa a andar y el túnel se cierne sobre nosotros. En primer plano, las luces se convierten en haces, en ráfagas y el tiempo se hace relativo. Margerand explica el funcionamiento sin conductor, el tren se detiene en medio del túnel porque 30 metros más adelante está detenido otro coche. Una vez que el tren que antecede a nuestra marcha comienza a andar, automáticamente nos movemos. Sincronización perfecta y seguridad total; el error humano se minimiza, el centro de control y el sistema automático hacen la tarea que otrora estaba a cargo del conductor.

Metro

Una vez que llegamos a “La Défense” nos detenemos dentro del túnel. Se abre la puerta y debemos caminar por una pasarela para llegar a la otra cabina que está en la punta opuesta del tren. Caminamos 200 metros en penumbras y otra vez en la cabina para el regreso a “Nation”. Con la hoja de ruta en mano, la expectativa de viajar en la cabina era grande, pero sin dudas el cambio de perspectiva hizo de este paseo una experiencia inolvidable.

En la superficie, mientras tanto, una ciudad cosmopolita ofrece historia (pasada y reciente) y arte por doquier. Por caso, nuestro viaje subterráneo nos llevó a La Défense, moderno barrio de rascacielos conectados por la explanada peatonal, en donde los jardines colgantes y sesenta obras de arte ofrecen un museo al aire libre. Luego pasamos por el emblemático Arco del Triunfo, un ícono del poderío napoléonico y del orgullo francés. En la base, la llama flameante y eterna de Tumba del Soldado Desconocido despierta la voz de aquellos que murieron en el frente francés; la vorágine actual se funde con la conmoción de los cientos de miles que jamás fueron identificados.

Un poco más allá, una combinación nos deposita en la Torre Eiffel. Con sus 129 años parece inmutable. Criticada, amada y odiada, se convirtió en la referencia obligada de París. Sus 300 metros a la distancia la hacen esbelta, pero estar debajo, en la base permite dimensionar su enormidad con sus casi 125 metros de lado. El hierro forjado luce refinado, y su construcción aún hoy resuena como una verdadera hazaña; al cerrar los ojos parece retumbar en los oídos la colocación de los remaches, y esfuerzo de los obreros para concluir la obra.

Subte

Siguiendo el Sena, aparece el Museo del Louvre, una recopilación de obras inagotable que invita a tener paciencia y tiempo para adentrarse en la historia del arte. En la continuidad del recorrido se llega a Notre Dame, la catedral construida en la isla en donde París dio sus primeros pasos. Para católicos y para no creyentes, subyuga, emociona. La luz atraviesa los vitrales góticos y te atrapa, no de forma directa y desbordante, sino tenue y colorida; el interior se vuelve espectral, la paz te acompaña y el tiempo se detiene.

Estos son solo algunos de los puntos imperdibles de París, pero con o sin tiempo, adentrarse en las entrañas del metro permite conectarse con todos los lugares de la capital francesa que la hacen una de las ciudades más visitadas del mundo.

Dejá tu comentario