8 de mayo 2014 - 00:00

Europa: ¿ha llegado el momento de pasar de la palabra a la acción?

¿Qué truco alumbrará Mario Draghi para calmar a las fieras? La persistente baja inflación es un molesto convidado de piedra que no debería reinar a sus anchas en la zona del euro. Y el BCE -la institución que administra el derecho de admisión- no tendría que haberle franqueado el paso. Mucho menos, permitirle la prolongada estadía. Ya se ha dicho que la inflación no es sólo magra sino, peor, declinante. Y el proceso que arrancó en 2011 perforó a principios del año pasado el umbral del 2% (el BCE procura mantener la estabilidad de precios, definida como una inflación cercana pero inferior al 2%). La política monetaria está en offside. Y a partir de octubre, cuando la inflación cayó por debajo del 1%, se hizo imposible ignorar la infracción de tránsito, el ostensible defecto de velocidad. Que en abril se produjera un ascenso -del 0,5% al 0,7%- no modifica el diagnóstico. Todo el repunte se explica por la desigual incidencia de la Semana Santa.

Si sirve de consuelo se puede consignar que el BCE no es el único banco central que no atina a darle solución al problema. En la lista de colegas en falta figuran la Fed, el Banco de Japón, el Banco de Inglaterra y el Banco de Canadá, entre otros. Pero los riesgos de una inflación demasiada baja no son los mismos en EE.UU. -que goza de una recuperación sólida e ininterrumpida desde 2009- que en una eurozona que emerge a paso titubeante de una doble recesión y una gravísima crisis de deuda soberana. El shock asimétrico de la crisis y la existencia de la moneda común complican sobremanera la situación de los países más castigados. Con bajísima inflación (25 países de la Unión Europea tuvieron lecturas inferiores al 1% en marzo) o literal caída de precios (en 8 de ellos) el cambio de los precios relativos que demanda la recuperación es tarea titánica.

La Francia de Hollande trina porque debe ajustar sus cuentas públicas mientras batalla, en paralelo, con la fortaleza del euro. Congela salarios y jubilaciones, pero quiere que el BCE flexibilice su postura. La OCDE -que nuclea a las economías desarrolladas (y a una que otra más)- también baja línea. Nadie la puede acusar de veleidades políticas, pero lo que pide es lo mismo: nuevas medidas de política monetaria para evitar los riesgos deflacionarios. Y Christine Lagarde, la directora gerente del FMI, ejerce una prédica incesante contra la "lowflation" ("baja inflación") que ha provocado no pocos roces con Fráncfort.

Todos los bancos centrales que afrontan el problema esperan que se corrija solo. Pero, ¿hasta cuándo? A diferencia de un dólar vaporoso, el euro se aprecia y clava un aguijón adicional. Semanas atrás, Mario Draghi afirmó que de persistir la tendencia obligaría a una política de mayor estímulo. Pues bien, los mercados le mojan la oreja. En la última reunión del Consejo Monetario, el italiano señaló la voluntad de sus miembros de emplear todo el arsenal monetario disponible, incluyendo las herramientas no convencionales (a las que el propio Bundesbank, otrora un acérrimo opositor, les dio el visto bueno).

¿Llegó el momento de abandonar el uso exclusivo de la palabra y pasar a la acción? El QT (Quantity of Talk) podría abrirle paso a las alternativas que ha barajado Fráncfort abiertamente. Ya el año pasado, Draghi reconoció que se estudiaba la posibilidad de aplicar una tasa de interés negativa sobre los depósitos que capta el BCE. En la región el crédito bancario al sector corporativo -otra diferencia con EE.UU.- se contrae. Y la propia hoja de balance del BCE también se reduce (lo que no acontece en ninguno de sus pares). La compra de activos -el QE- o la implementación de un mecanismo de financiación (como fueron los pases de largo plazo o LTRO) podría revertir ambas dinámicas. ¿Lo hará Draghi hoy? Nadie lo piensa. Quizás después de las elecciones parlamentarias europeas. Lo que no debe descartarse es que saque algún truco de la galera. Un golpe de efecto que calme a las fieras (a las de afuera, sin alterar a las de adentro del BCE). Y en ese sentido será mucho más fácil ponerle un techo al euro que un piso a la desinflación.

Dejá tu comentario