26 de diciembre 2014 - 00:00

Famoso narco en la óptica de un surfer

Benicio del Toro, un actor de lujo para el  narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, pero el guión elige darle el protagonismo al relator, un surfer canadiense un tanto ingenuo.
Benicio del Toro, un actor de lujo para el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, pero el guión elige darle el protagonismo al relator, un surfer canadiense un tanto ingenuo.
"Escobar, paraiso perdido" ("Escobar Paradise lost", Francia, Bélgica, Panamá, España, 2014). Dir.: A. di Stefano. Int.: J. Hutcherson, B. Del Toro, B. Corbet.

El titulo podría referirse a una historia poco optimista sobre una localidad bonaerense que no tiene un intendente de mano dura. Pero no, el Escobar del título es el narco colombiano famoso por sus extravagancias y crueldad para imponer su negocio a niveles inéditos para su época. Pero como Escobar, por más famoso que haya sido, finalmente era colombiano para esta coproducción internacional, la película sigue la estrategia de torcer su biografia como la de alguien demasiado extranjero, tipo Mao TséTung contando su vida, por ejemplo, desde el punto de vista de alguna inglesita que se pusiera de novia con el sobrino del líder chino.

"Escobar: paraíso perdido" no tiene como personaje protagónico al legendario traficante que interpreta Benicio del Toro, sino al bastente menos atractivo surfer canadiense que empieza a salir con la sobrina de esta especie de raro Robin Hood de Medellín que drogaba a los ricos para asesinar a los pobres. De ahí que el punto de mayor interés del film, que seria tener un actor como del Toro encarnando un personaje histórico tan rico, se pierde y desaprovecha casi desde el momento en que en los títulos aparece primero Josh Hutcherson como el novio canadiense de la sobrina del magnate del clorhidrato de extrema pureza.

Dando por sentado que todo el mundo conoce más o menos la biografia de Escobar, o vio la miniserie en "Canal 9", el guión casi soslaya muchos aspectos delirantes, dramáticos y ultraviolentos de la vida del narcotraficante, y se centra en las más bien limitadas experiencias personales del canadiense, que vive en Medellín con su pinta de gringo sin percatarse que hay algunos problemitas de inseguridad, y sin notar que la coca es más barata y de mejor calidad que en Toronto (pese a que en general los surfers que viajan a Colombia suelen tener bastante presente este ultimo ítem). Aunque parezca mentira, eso tiene un lado bueno, y es que cuando el tío de su novia lo percibe como un posible testigo peligroso, de golpe la pelícua arroja unos 40 minutos de excelente clima policial con mucho suspenso y creíble ambientación de época y lugar.

Por eso merece verse, aunque el resto es un liviano intento de film histórico sobre el soberano de la coca, con meloso momentos de film testimonial sobre el flagelo de los criminales bigotudos megalómanos.

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