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Final feliz: una multitud disfrutó a Plácido Domingo

Desde temprano, gente vestida como de Colón y otra con ropa más «casual» empezaron a poblar las sillas puestas para la ocasión, y los que no habían conseguido entradas, a ubicarse tras las vallas que las protegían. Muchos de ellos vieron compensada la espera presenciando el ensayo de Plácido Domingo y Virginia Tola, que por algo menos de dos horas (de 16.30 a 18.15) hicieron algo más que «calentar la voz» ante un público encantado de ver a un Domingo, manos en los bolsillos, concentrado y relajado a la vez, y por momentos histriónicamente cómplice con la gente.
Una hora antes del comienzo del concierto se vio en las primeras filas, entre otras caras conocidas, al embajador de España, Rafael Estrella; sus pares estadounidense, Vilma Socorro Martínez, y de Gran Bretaña, Shawn Morgan; el modisto Gino Bogani; Gabriela Michetti; Patricia Bullrich; los empresarios Guido Parisier acompañado de su mujer, Mónica; Cristiano Rattazzi; Saúl Rotsztain; Juan Pablo Maglier; Tomas Hess; el diputado porteño y cineasta Julio Raffo; Jorge Estrada Mora; Cristina Khallouf Blaquier, Magdalena Ruiz Guiñazú, y numerosos abonados del Colón, por supuesto. Entre ellos una mujer muy elegante, aunque excesivamente abrigada con su tapado de piel que, entrevistada por el notero de C5N (que transmitió antes y durante el concierto, al igual que TN), aseguró ser abonada «desde hace 72 años, imaginate». Cuando se le pidió que describa su atuendo, al mejor estilo Mirtha Legrand, aclaró que se había puesto un «vestido negro sencillo y unas perlas» como para no desentonar «ni al aire libre, ni después», refiriéndose a la cena de gala que ofrecía la Fundación Beethoven en el hotel Alvear para homenajear al tenor. A propósito de Mirtha Legrand, aunque anunciada repetidamente por el verborrágico notero («ya llega», «está estacionando»), fue la última en llegar.
También amenizó la espera, al menos de los televidentes, la soprano Daniela Tabernig (becaria personal del empresario Carlos Pedro Blaquier), que ensayó algunos fragmentos de arias de ópera, instada por el notero de C5N.
A las 19.30, hizo su aparición el ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, que, como era de esperarse, ignoró el pedido del gremio de ATE a él; a Macri; a Rodríguez Larreta, y al director del Colón, José Pablo García Caffi, de «no concurrir al concierto de la 9 de Julio y no hacer de su realización un acto político». A esa hora, dijo Lombardi que, según los organizadores, ya había 100.000 personas en los alrededores del Obelisco y, naturalmente, insistió con su caballito de batalla: «Buenos Aires es la gran capital cultural del mundo hoy». Mauricio Macri no asistió, porque estaba de viaje.
El concierto
Trece minutos después de lo anunciado («por la cantidad de gente que aún sigue llegando», según dijo un locutor), la orquesta inició el concierto con el Coro de Gitanas y Matadores de «La Traviata», de Verdi. En la incertidumbre rítmica que por momentos se hizo notar, se pudo advertir la poca claridad de la batuta de Eugene Kohn, el director que trajo Domingo para dirigir a la orquesta formada por profesores de la Orquesta Estable del Colón, la Filarmónica de Buenos Aires, la orquesta Sinfónica Nacional y del Teatro Argentino de La Plata. A su término, ingresó al escenario Plácido Domingo acompañado de una sostenida ovación. El tenor abrió con el área del «Cid» de Massenet, uno de los pocos fragmentos para tenor que abordó en la noche, vertida con sentimiento y teatralidad. Si bien no fue indemne al paso del tiempo, la voz del artista mostró su timbre inconfundible, ahora más metálico.
Es imposible dejar de reconocer en Domingo el brillo de la voz de un tenor cuando aborda roles de barítono, como por ejemplo en «Simon Boccanegra» o «Rigoletto».
Para finalizar la primera parte, dirigió con expresión, musicalidad y energía la obertura de «La forza del destino», de Verdi, que, dijo, «soñaba con dirigir en el Colón» el año que viene, cuando cumpla 40 años de su primera actuación allí.
En cuanto a la soprano argentina Virginia Tola, ya con sus tres primeras arias (de óperas de Charpentier, Cilea y Verdi), cautivó al público por su caudal, su refinamiento y su fresca belleza.
En la segunda parte se dedicó casi por entero a canciones de zarzuelas, boleros y tangos como «Mi Buenos Aires querido» y «El día que me quieras», para delirio de la multitud.


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