La mesa está servida, pero el invitado principal, la recuperación de la economía, como el Godot de Beckett, todavía no dijo presente. Se sabe, los festejos comenzaron en marzo, de la mano de los primeros atisbos de una primavera fuera de agenda. En EE.UU., desafiando viento y marea, las ventas minoristas treparon en enero y febrero con vigor inesperado. Otros «verdes retoños» irrumpieron después en frentes diversos alentando las expectativas de mejoría. El consumo privado -más de dos terceras partes de la demanda agregada en los EE.UU.-aumentó un 1,5% en el primer trimestre. Y nadie duda de que hacia donde dirija sus pasos, más tarde o más temprano, por su gran peso específico, virará la economía. Pero, si se lo observa en detalle, el consumidor amaga y no sostiene un mayor gasto. Tampoco apresura una definición contundente; de momento, prefiere ahorrar todo el aumento de su ingreso disponible (que recibe, a pesar de la recesión, como cortesía del estímulo fiscal y los estabilizadores automáticos).
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En las Bolsas y otros mercados de activos de riesgo el verano ya está instalado a pleno. Las 500 acciones del índice Standard & Poor's se inflaron un 42% desde los valores mínimos de marzo pero, aun así, corren con rezago frente a la pujanza de otras plazas internacionales. Una cesta balanceada de materias primas escaló un 30%; gracias a la OPEP, el petróleo fue más lejos y ya duplicó sus precios. La suba es compacta: el 84% de los papeles del S&P 500 cotiza por encima de su promedio de las últimas cincuenta ruedas. Y confirma un claro patrón cíclico. La fortaleza es evidente en áreas como las materias primas y energía, la tecnología, las compañías pequeñas y, desde ya, los mercados emergentes. Un sector clave, las acciones financieras, también participa del avance. Y si, en los últimos tiempos, moderó sus ínfulas, se debe considerar que, desde la difusión de las pruebas de estrés, su oferta creció en más de 65 mil millones de dólares por la súbita flotación de nuevas emisiones.
Como las ventas minoristas de enero y febrero hincharon las velas de la resurrección de las Bolsas, debiera importar saber que allí regresó la calma chicha. Marzo y abril fueron negativos, aunque mayo rompió la racha adversa con un aumento nominal del 0,5%. Pero dos terceras partes de éste obedecieron a los mayores precios de los combustibles. Lo que no puede considerarse promisorio: de persistir el alza, la restricción de presupuesto familiar obligará a recortar el gasto en otros renglones. Cuando se comparan los verdes brotes de enero y febrero con la realidad de mayo, a decir verdad, no se observa progreso. Todo lo contrario. Las ventas nominales del último mes son un 1% menores que las registradas en febrero (y abril-mayo se ubica un 0,7% debajo del promedio del primer trimestre). Para examinar la dinámica profunda del proceso hay que limitarse a los datos que llegan hasta abril. Pero igual se descubren las tendencias. El ingreso personal disponible aumenta, pero el ahorro, sistemáticamente, lo hace en mayor proporción. En principio, la recesión diezma la renta de los hogares, pero la reducción de los impuestos personales es más fuerte y ello mejora el ingreso disponible (aunque en abril su nivel es todavía inferior al de noviembre último). Sin embargo, en la disyuntiva entre gastar más o ahorrar más, prevalece la austeridad. En abril, la renta real disponible aumentó un 1,1% y el consumo cayó un 0,1%. La tasa de ahorro personal se empinó al 5,7% frente al 4,4% del primer trimestre, muy lejos del 0,7% promedio precrisis de 2006-2007. Lo que es alentador para las Bolsas -por ejemplo, la sorpresa de una economía que «sólo» destruyó 345 mil puestos de trabajo el mes pasado- no provoca entusiasmo en los hogares. Lo que las Bolsas pasan por alto -el número de desocupados se duplicó por la crisis (y supera los 14,5 millones)- tortura a los jefes de familia. La conclusión es diáfana: los «verdes retoños» germinan mejor y más rápido en la arcilla maleable de los mercados financieros que en la aridez pedregosa de la economía real.
Tanto es así que los mercados no sólo descuentan la recomposición de la economía, sino también los problemas que acarrearía su empuje brioso. Es un déjà vu que posee agenda propia. Allí desfilan la debilidad inveterada del dólar, la suba de las tasas de interés de largo plazo, la cobertura en materias primas. Cuando Godot arribe, se piensa, traerá la inflación bajo el brazo. El Grupo de los 8, que debiera saber cuán firme es el terreno que pisa, se anticipó y, en su cónclave en Lecce, prometió comenzar a delinear las estrategias para desmontar a tiempo sus políticas de estímulo.
Esperar a Godot requiere paciencia. Pero el rally tenaz que se prodiga desde marzo demuestra que la fe es mucha y, sobre todo, el costo de oportunidad es muy bajo. Lo más arduo ya se obtuvo: revertir las expectativas. Y el cambio de ánimo no es inocuo: ya estabilizó las condiciones financieras y desterró la corrida contra el capital de los bancos. Quizás Godot venga de China y con la tracción de las economías emergentes pueda acoplar su recuperación temprana y tirar del carro de las economías desarrolladas. No se sabe si alcanzará para zafar del atasco. Pero se espera. Y esperar, ya se dijo, cuesta poco. A menos que, de verdad, el G-8 cumpla lo que promete. Lo que sería una imprudencia peor que la que se pretende evitar. No hay que vender la piel del oso antes de haberlo cazado, pero mucho menos azuzarlo sólo porque muestre fatiga.
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